Jacinto Benavente, escritor: “La felicidad no existe en esta vida, lo único que existe son los momentos felices”

Jacinto Benavente fue el primer dramaturgo español en ganar el Nobel y hoy sus obras casi no se representan

Jacinto Benavente - Cultura
El dramaturgo fotografiado en 1928.
Wikipedia

Jacinto Benavente tiene una de esas biografías que resultan difíciles de ordenar. Premio Nobel de Literatura en 1922 y autor de más de 170 obras, fue durante décadas el dramaturgo más celebrado de España, el hombre que llenaba teatros y cuyo nombre aparecía en boca de todo el mundo. Hoy sus obras casi no se representan, muchas calles y plazas de España llevan su nombre y poca gente ha leído una línea de lo que escribió. Esa paradoja entre el reconocimiento institucional y el olvido real dice algo interesante sobre cómo funciona la memoria literaria, y también sobre la propia obra de Benavente, que dedicó buena parte de su carrera a observar exactamente ese tipo de ironías.

Entre las muchas frases que dejó escritas, hay una que circula con más insistencia que las demás y que resume una manera de entender la existencia que atraviesa toda su obra: «La felicidad no existe en la vida. Sólo existen momentos felices». No es una frase consoladora ni pretende serlo. Es el tipo de afirmación que solo puede escribir alguien que ha vivido suficiente para saber que la felicidad sostenida es una expectativa que la realidad nunca termina de cumplir.

El hijo del médico que quería hacer teatro

Jacinto Benavente nació el 12 de agosto de 1866 en Madrid, tercer hijo de Mariano Benavente, médico pediatra, y de Venancia Martínez. Su padre era aficionado al teatro y la biblioteca familiar fue el primer escenario donde el joven Jacinto descubrió los libros que marcarían su vocación. La expectativa familiar era que estudiara una carrera respetable, así que comenzó Derecho en la Universidad Central de Madrid. Lo que cambió los planes fue la muerte de su padre en 1885: la herencia que recibió le dio la independencia económica necesaria para abandonar los estudios y hacer lo que quería.

Lo que siguió fue un periodo de viajes por Francia, Alemania y Rusia, una etapa como empresario de circo —algunos biógrafos sugieren que fue porque se enamoró de una trapecista inglesa apodada «la Bella Geraldine», aunque él siempre lo negó— y una formación teatral autodidacta que lo llevó a conocer de primera mano la renovación escénica que se producía en Europa. Cuando volvió a Madrid estaba listo para hacer algo distinto.

El hombre que cambió el teatro español

Con su primera obra estrenada, El nido ajeno (1894), Benavente abrió un nuevo periodo en la dramaturgia española. El teatro que dominaba la escena en ese momento era el de José Echegaray, melodramático y efectista. Benavente llegó con algo radicalmente distinto: diálogos naturales, personajes psicológicamente creíbles, ironía social y una mirada sobre la burguesía que no moralizaba sino que observaba. El resultado fue un teatro que el público reconocía como real, con sus hipocresías y contradicciones intactas.

Su obra considerada cumbre por muchos críticos es Los intereses creados (1907), una comedia donde dos vagabundos llegan a un pueblo corrupto y utilizan la codicia de sus habitantes para abrirse paso. La trama funciona como una disección de los mecanismos del poder y de la manera en que los intereses económicos condicionan cualquier relación humana. Es también, sin que Benavente lo explicitara, una reflexión sobre la felicidad que no puede comprarse pero que todo el mundo trata de comprar.

Lo que dice la frase y lo que no dice

La distinción que establece Benavente entre la felicidad como estado y los momentos felices como experiencia concreta no es únicamente filosófica. Tiene una aplicación práctica que cambia el modo en que se vive el día a día. Quien persigue la felicidad como una condición permanente vive en un déficit constante: siempre le falta algo para llegar al estado que ha idealizado. Quien reconoce que la felicidad se manifiesta en momentos puntuales puede, en cambio, identificarlos cuando ocurren y valorarlos sin necesidad de que duren.

Es una diferencia sutil pero con consecuencias reales. Y viene de alguien que, paradójicamente, conoció tanto los momentos de éxito más absoluto como los de mayor oscuridad. Benavente acompañó a Franco en la tribuna de algunos desfiles militares y sufrió sin embargo la censura durante la posguerra, cuando sus obras se estrenaban sin mencionar su nombre. Fue germanófilo durante la Primera Guerra Mundial, apoyó la dictadura de Primo de Rivera, defendió la revolución soviética en una obra de 1933 y escribió con fascismo sin pudor en las décadas siguientes. Una trayectoria política tan errática e incoherente solo puede explicarse desde alguien que privilegiaba la supervivencia sobre la coherencia.

El Nobel que nadie lee

En 1922 recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer dramaturgo español en obtener este galardón. Un siglo después, su estela había desaparecido casi por completo, hasta el punto de que tan solo el Teatro Español conmemoró la efeméride con cuatro lecturas dramatizadas. Hay pocas figuras en la historia de la literatura española que ilustren mejor la diferencia entre el reconocimiento institucional y la pervivencia real de una obra.

Murió en Madrid el 14 de julio de 1954, a los 87 años, después de haber escrito 172 obras. La frase sobre los momentos felices no es la que figura en los libros de texto ni la que le dio el Nobel. Es simplemente la que más gente ha subrayado. Quizá porque describe algo que todos reconocen como verdadero en cuanto lo leen, sin necesidad de haberlo visto nunca representado sobre un escenario.

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