El regreso de Torrente al cine español ha reabierto un viejo debate que nunca termina de apagarse: hasta qué punto sigue habiendo espacio para un humor deliberadamente soez, provocador y políticamente incorrecto en una industria cada vez más vigilada por el clima cultural y la polarización ideológica.
En ese ruido ha irrumpido Juan del Val, que participa con un cameo en Torrente Presidente y que ha defendido públicamente tanto el fenómeno comercial de la película como la desconcertante reacción que, a su juicio, ha provocado en parte del comentario público. Según explicó en La Roca, lo que más le divierte no es solo el éxito del filme, sino la sensación de descoloque que estaría generando en quienes no saben muy bien cómo leerlo.
La sexta entrega de la saga, dirigida y protagonizada por Santiago Segura, llegó a los cines el pasado viernes 13 de marzo sin pases previos para la crítica, sin tráiler convencional y con una campaña basada casi por completo en el secreto y la expectación. El resultado fue un arranque explosivo: unos 2,4 millones de euros en su primer día y 6,9 millones en su primer fin de semana. Eso la convirtió en el cuarto mejor estreno del cine español
Ese dato ayuda a entender por qué el debate alrededor de la película ya no gira solo en torno a su humor, sino también a su capacidad para seguir conectando con una parte enorme del público más de una década después de la anterior entrega.
Juan del Val y el desconcierto ante Torrente
En ese contexto, Juan del Val se ha convertido en una de las voces más comentadas de los últimos días. El colaborador televisivo y escritor, que aparece en la película, comentó en televisión que le hace gracia comprobar cómo una parte del debate cultural parece no encontrar una postura clara ante Torrente Presidente.
Según relató, percibe un cierto desconcierto en quienes intentan decidir si la película debe gustarles o no en función de su lectura ideológica, en lugar de reaccionar de forma más directa ante su humor o su planteamiento satírico.

La intervención de Juan del Val no fue una defensa ingenua del personaje. Al contrario, asumió que Torrente sigue siendo objetivamente soez y que ese tipo de humor puede hacer gracia o no, pero sostuvo que precisamente ahí reside la esencia del personaje y de la saga.
Su tesis venía a ser que parte del malestar no nace solo del contenido de la película, sino de la imposibilidad de encajarla con comodidad en los marcos ideológicos más previsibles. Y eso, para él, explica buena parte del ruido que acompaña a esta entrega.
Un fenómeno comercial que vuelve a romper el tablero
El caso de Juan del Val conecta además con otra evidencia: Torrente Presidente no ha regresado como un simple gesto nostálgico, sino como un fenómeno comercial de primer nivel. El filme ha irrumpido con cifras que lo sitúan entre los mejores estrenos españoles de la historia reciente, impulsado por una estrategia de misterio poco habitual y por la fuerza de una marca que parecía dormida pero no agotada.
El País subrayó que la película se estrenó en más de mil pantallas y logró una media por copia muy alta, confirmando que la saga conserva un tirón extraordinario.

Ese éxito también ha alimentado la conversación sobre el lugar que ocupa Torrente en la cultura popular española. Lo que para unos sigue siendo una caricatura grosera de lo peor del país, para otros funciona como una sátira hiperbólica que precisamente se ríe de esa España más zafia, ultra y desacomplejada.
Ahí encaja el comentario de Jordi Évole, también presente en la película, cuando defendió que el filme carga de forma especialmente dura contra la ultraderecha a través del partido ficticio Nox. Esa lectura ayuda a entender por qué Juan del Val habla de confusión: la película incomoda a unos por su tono y sorprende a otros por la dirección de algunas de sus bromas.
La batalla cultural alrededor del personaje
La discusión de fondo no gira solo en torno a si Torrente sigue haciendo gracia. Lo que realmente está en juego es qué tipo de humor tolera hoy el ecosistema mediático español y quién decide desde qué códigos debe interpretarse. En ese terreno, Juan del Val ha verbalizado con claridad una idea que seguramente comparten muchos espectadores: hay películas que se convierten en campo de batalla antes incluso de ser vistas, y Torrente Presidente parece haber entrado de lleno en esa categoría.

La propia promoción de Santiago Segura ha ido en esa dirección. En sus últimas entrevistas, el cineasta ha criticado el uso inflacionario de etiquetas como “nazi” o “fascista” para desacreditar cualquier postura incómoda, y ha defendido la posibilidad de satirizar a derecha e izquierda sin que eso convierta automáticamente una obra en un manifiesto político.
En ese marco, las palabras de Juan del Val funcionan casi como una prolongación de esa misma tesis: el problema no es que Torrente sea incorrecto, sino que sigue obligando a muchos a posicionarse ante un humor que no cabe con facilidad en ninguna casilla cómoda.
