Cuando pensamos en Robin Hood, la mayoría de nosotros imaginamos en primer lugar a Errol Flynn, a Kevin Costner o a un zorro de dibujos animados, protagonistas de una aventura desenfadada, un blockbuster de acción y una fantasía de Disney respectivamente. Tanto ellos como casi todas las demás encarnaciones de quien sin duda es uno de los mitos más célebres de la tradición occidental han interpretado la versión del personaje que robaba a los ricos para dar a los pobres, y que durante más de medio milenio ha sido considerado un un héroe inequívoco para la cultura popular. Inspirándose en una balada del siglo XVII que también sirvió parcialmente de base para el magnífico drama romántico Robin y Marian (1976), en cambio, La muerte de Robin Hood ofrece una reinterpretación rotundamente sombría que elimina cualquier rastro de heroísmo de su protagonista. Este Robin es un asesino maniático y lo sabe; es plenamente consciente de que, tarde o temprano, alguno de los enemigos que se ha creado a lo largo de los años acabará reclamando su venganza, y se siente lo bastante viejo y cansado como para aceptar esa posibilidad, aunque no piensa facilitarla.
Antes de que la película alcance la media hora de metraje, su personaje titular ya ha matado a dos niños de forma brutal e impasible; la primera demostración de su legendaria puntería con el arco consiste en una flecha que acaba incrustada en la parte posterior del cráneo de un muchacho que intenta huir de él. De hecho, el rasgo más llamativo de La muerte de Robin Hood es la violencia extrema que despliega en su primer acto: cráneos son penetrados por hojas de acero, cuerpos forcejean y se despedazan en el barro, antorchas llameantes golpean rostros. En cualquier caso, tras empeñarse en ofrecer muestras de brutalidad deliberadamente desagradables, la película cambia de registro de forma repentina para adoptar un tono mucho más íntimo y contemplativo. A partir de ese momento, se convierte en una reflexión sobre la posibilidad de absolución para quienes han causado un dolor inenarrable, y sobre la necesidad de romper el ciclo de violencia incluso en un mundo donde prácticamente todo se basa en ella.

Para ello, Sarnoski orquesta una dolorosa sucesión de encuentros conciliadores entre personajes marcados, cada uno a su manera, por las heridas del pasado y en busca de algún tipo de sanación. Robin se enfrenta a su pasado a través de la amistad que entabla con un leproso cubierto de vendajes que parece conocerlo, y a su futuro mediante el sentimiento de responsabilidad que empieza a desarrollar hacia una niña recién convertida en huérfana, el afecto que nace entre él y una madre superiora y la irrupción en su vida de un joven que tiene sobrados motivos para querer vengarse de él. Y, entretanto, el arquero emprende una búsqueda interior para rescatar su alma de la mentira en la que ha vivido, un proceso que la película narra más a través de los diálogos y la observación que mediante acontecimientos. Resulta inevitable compararla con Logan (2017); al fin y al cabo, ambas películas están protagonizadas por Hugh Jackman en la piel de un héroe legendario al final de su vida, marcado por cicatrices físicas y morales, que vuelve a recurrir a la violencia para proteger a una niña. Pero, aunque las dos sostienen que una vida entregada a la violencia es trágica tanto para los héroes como para los villanos, Logan era principalmente una película de acción. La muerte de Robin Hood, en cambio, funciona a la manera de una lenta marcha hacia la tumba.
A lo largo de su aún breve carrera como director, Sarnoski ha demostrado una clara inclinación por los relatos oscuros. Su primer largometraje, la excelente intriga Pig (2021), convertía a Nicolas Cage en un ermitaño hosco y maltrecho que se veía obligado a regresar al inquietante submundo gastronómico de Portland del que había logrado escapar. Su siguiente trabajo, la superproducción Un lugar tranquilo: Día 1 (2024) -precuela de Un lugar tranquilo (2018)-, era una historia sorprendentemente delicada sobre una mujer enfrentada a la mortalidad con el fin del mundo como telón de fondo. Por sorprendente que parezca, La muerte de Robin Hood casi consigue que esas dos predecesoras parezcan alegres. Es una obra que exhibe su desolación como si fuera una insignia de honor, y que en última instancia se ahoga en su propia melancolía en lugar de dejar que el dolor envuelva al espectador. Exhibe una belleza visual indudable, pero también contagia una rotunda sensación de inmovilidad: sus cuidadísimas composiciones enfatizan su pétrea solemnidad y entretanto, sus temas se exponen de forma explícita en una sucesión de diálogos que no llegan a establecer vínculos humanos verdaderamente profundos entre los personajes.
El contraste entre el intrépido aventurero vestido de verde que presentan las versiones clásicas de Robin Hood y el despojo humano que Jackman encarna aquí resulta llamativo, y esa desmitificación de la leyenda merece admiración por su rigor, su minuciosa atención al detalle histórico y atmosférico y su preocupación por examinar cómo las historias se cuentan y se reescriben con el paso del tiempo. Sin embargo, este Robin Hood en todo momento es un personaje esquivo e inescrutable y, por tanto, en última instancia la justicia —o injusticia— de su muerte despierta un interés más bien limitado.

