Resulta fascinante observar a Leila Slimani caminando por el Museo del Prado como quien entra en una novela ajena y termina encontrándose a sí misma. La autora marroquí, nacida en Rabat en 1981, Premio Goncourt por Canción dulce y convertida en una de las voces literarias más influyentes de Europa gracias a su trilogía sobre la colonización y la identidad marroquí, lleva semanas instalada en Madrid dentro de la Residencia Literaria Internacional Escribir el Prado, impulsada por la Fundación Loewe. La propuesta parecía sencilla: invitarla a explorar las colecciones, talleres y archivos del museo para inspirar una futura creación literaria. El resultado ha sido mucho más complejo. Leila Slimani no solo ha leído los cuadros; los ha utilizado para hablar del deseo femenino, de las guerras, de la violencia, del amor, de Marruecos, de España y de la manera en que las mujeres han sido históricamente castigadas por querer demasiado.
Durante la conferencia que ofreció en el Prado, la escritora fue encadenando ideas, recuerdos y asociaciones libres como si estuviera escribiendo en voz alta. Habló del arte como quien habla de un cuerpo vivo. “Miro los cuadros como miro las novelas”, explicó. “Busco escenas, huecos, esos lugares donde ocurre el conflicto”. Para ella, contemplar arte no tiene nada que ver con una experiencia académica o distante. Al contrario. “Cuanto más ves y más vulnerable te sientes, más gana la emoción. Y la emoción lo cambia todo: depende de cuánto has dormido, de si tienes resaca, de la noche que hayas pasado en Madrid”.

Leila Slimani recordó que la primera vez que entró en un museo occidental tenía 18 años. Hasta entonces, en Marruecos, solo había visto cuadros reproducidos en libros. “No sabía cómo tenía que comportarme delante de una pintura. Pensaba: ‘Esto es horrible, pero estamos en un museo, así que supongo que todo aquí es importante’”. Con el tiempo comprendió algo que ahora repite constantemente: el arte no debe intimidar. “Eso no puede quitarte ni tu libertad, ni tu educación, ni tu emoción. Tienes que usar tu emoción delante del arte”.
La residencia no le ha permitido únicamente recorrer las salas del museo. Ha conocido almacenes, restauradores, trabajadores, vigilantes y visitantes. Y, paradójicamente, dice que lo que permanecerá en ella no serán solo las pinturas, sino las personas que las rodean. “Todo el mundo aquí ama el Prado. Lo defienden, lo protegen, tienen un cuadro favorito. Es maravilloso compartir algo así”. En tiempos de precariedad cultural y polarización, Slimani percibe el museo como una especie de refugio colectivo. “No sé cómo definirlo. Es como una burbuja irreal. Pero al mismo tiempo me ha dado muchísimo optimismo. Si esto existe, entonces hay esperanza”.
Muchas de esas reflexiones terminaron inevitablemente conectando con la colonización y con la historia de Marruecos. Frente al cuadro La recuperación de Bahía de Todos los Santos, Slimani habló de la guerra como una tragedia, pero también como una fuerza que mezcla cuerpos, culturas y destinos. “Soy hija de la guerra y del imperialismo”, dijo. “Sin la guerra mis padres no se habrían movido. Sin la colonización tampoco”.

Le interesa especialmente pensar aquello que normalmente queda fuera del relato moral más evidente. “Todos sabemos que la guerra es horrible. Pero ¿qué más?”. Le obsesiona cómo los conflictos transforman radicalmente la percepción humana y generan encuentros imposibles: etnias que se mezclan, lenguas nuevas, matrimonios, enfermedades, migraciones, niños nacidos de esos choques históricos. Citó incluso el Manifiesto antropófago de Oswald de Andrade y esa idea radical de devorar culturalmente al colonizador para transformar el dolor en otra cosa.
Ese desplazamiento aparece constantemente en su literatura. Slimani explicó que necesita alejarse de su propia historia para entenderla. “Es como un cuadro: si estás demasiado cerca no puedes verlo”. Por eso sus novelas atraviesan territorios aparentemente lejanos. Lee a William Faulkner para comprender Marruecos. Leyó a Fiódor Dostoievski a los 16 años y creyó que aquellas descripciones de miseria y ciudad hablaban de Rabat. “La mejor forma de entenderte es entender a los otros”, afirmó. “El otro no es lo contrario de ti mismo, sino tu mejor reflejo”.
La conversación derivó después hacia el diálogo entre artistas y hacia la idea de que el Prado funciona como una conversación permanente entre muertos y vivos. “No hablamos suficiente de cuánto nos necesitamos los artistas unos a otros”, dijo. “El Prado tiene que ver con eso: conversaciones entre artistas. Aunque no estén vivos, seguimos escuchando cómo dialogan”. Le fascina pensar en generaciones enteras de pintores enfrentándose a Diego Velázquez o a Francisco de Goya como quien discute con un contemporáneo.

Precisamente al entrar en la sala de Goya sintió algo físico. “Podías percibir su sufrimiento”, explicó. “Era un hombre desesperado. No quería vivir, se emborrachaba, sufrió muchísimo… y todo eso está ahí”. Slimani defendió que algunos artistas sacrifican literalmente su vida por la creación. “Cuando tienes una obra, un lugar donde poner todo eso, ya no necesitas otra identidad”.
El deseo y el amor aparecieron enseguida como otra de las grandes obsesiones de su obra. Delante del Marte de Velázquez habló del cuerpo masculino, de la dominación y del miedo femenino aprendido desde la infancia. “Como mujer criada en Marruecos, todo estaba unido: el deseo, el miedo a quedarme embarazada, la violencia, el peligro”. Para Slimani, el conflicto forma parte inevitable de las relaciones humanas. “No me gusta estar con gente con la que coincido en todo. Todo el mundo parece tener miedo al conflicto, miedo a ofender o ser ofendido”.
Recordó incluso cómo sus padres convertían las discusiones domésticas en una especie de representación sensual. “Hacían teatro cuando discutían”. Por eso insiste en que amor, deseo y dominación mantienen una relación mucho más compleja de lo que solemos admitir. “El deseo no es moral”, afirmó. “No tiene que ser juzgado”. Y entonces, entre risas, soltó una de las frases más comentadas de la conferencia: “El Marte de Velázquez parece un actor porno de 1700. Hay muchas cosas en su cara después de una noche de sexo”.

Esa misma complejidad aparece en su definición del amor. Slimani distingue radicalmente entre enamoramiento y amor verdadero. “El amor no es un sentimiento. Es una acción. Es esfuerzo, tiempo, paciencia, sufrimiento, dificultad”. Se burló de los cuentos clásicos y de la idea del “príncipe azul”. “Todos terminan con ‘se casaron y tuvieron hijos’. Eso es horroroso. El verdadero problema empieza después”. Frente al romanticismo idealizado, reivindicó una idea más cotidiana y menos estética del vínculo. “Comprar el pollo y cocinar el pollo cuando estás enfadada. Esa es mi definición del amor”.
Uno de los momentos más intensos de la charla llegó cuando habló de la locura femenina en la literatura y la pintura. Citó a Anna Karenina y cómo las heroínas que desean demasiado suelen terminar castigadas, suicidadas o destruidas. Delante de Doña Juana la Loca, Slimani habló de la histeria como una herramienta histórica para silenciar mujeres. “Es demasiado emocional, demasiado intensa, demasiado histérica…”. Para ella, los ojos de Juana no hablan de locura, sino de abandono y soledad.
Reconoció además que en su propia familia existe un miedo profundo a ser consideradas “locas”. Y ahí apareció uno de los recuerdos más personales de toda la conferencia: la noche en que su madre y su tía, borrachas después de una pelea familiar, vieron juntas una copia pirata de Mujeres al borde de un ataque de nervios. “Mi madre dijo: ‘Esas somos nosotras’”. Cuando su padre regresó y las vio riendo y bebiendo, les gritó: “Sois patéticas”. Slimani entendió entonces algo decisivo. “Yo quería escribir para demostrar que no, que no era patético. Que era libre, alegre, vivo”. Realmente, “la locura se ha utilizado históricamente para deshacerse de las mujeres”,

La autora habló también de su ensayo Sexo y mentiras, nacido de años de conversaciones clandestinas con mujeres marroquíes sobre deseo y sexualidad. “En Marruecos puedes ir a la cárcel por tener sexo fuera del matrimonio”, recordó. “Pero todo el mundo sabe que esas cosas ocurren”. Según Slimani, las prohibiciones afectan sobre todo a quienes tienen menos dinero y menos poder. “Controlar el cuerpo de los pobres siempre es más fácil”.
Durante años escuchó la misma respuesta: “Esas mujeres no existen”. “No existe la homosexualidad, no existe el aborto… pero claro que existen”. Para ella, negar ciertas realidades es una manera de evitar mirarlas. “La gente no quiere un espejo para verse. Prefiere romper el espejo”.
El final de la conferencia terminó regresando a España y Marruecos, a las dos orillas que atraviesan toda su vida. Contó que su padre, nacido en Tetuán, se sentía profundamente español. Cogía barcos hacia la Península sin visados ni fronteras traumáticas. “Para mí la separación entre Marruecos y España es algo muy duro y muy triste”. Recordó el Café Hafa de Tánger, lleno de jóvenes mirando hacia España en silencio. “Siempre me preguntaba si habría alguien al otro lado mirándonos también a nosotros”.

Frente al Hércules pintado por Francisco de Zurbarán, Slimani confesó sentir cierta contradicción. “No me gusta la idea de separar”. Su obsesión, dijo, es pensar cómo construir puentes reales entre ambos países. “Pero tiene que hacerse desde los dos lados. No puede ser solo desde el sur hacia el norte”. Y entonces imaginó una última escena, sencilla y hermosa: “Quizá debería existir un café en España donde la gente pudiera sentarse también a mirarnos a nosotros”.
