Grace recorre su casa con un manojo de llaves. Abre una puerta, comprueba que la anterior esté cerrada y vigila que ninguna cortina deje pasar la luz. Sus hijos padecen una enfermedad que les impide exponerse al sol y toda la vida doméstica está organizada alrededor de su protección. En Los otros, estrenada en 2001, Alejandro Amenábar convierte ese cuidado en una rutina angustiosa: la madre debe anticipar cualquier peligro y hacer cumplir unas reglas de las que, según cree, depende la supervivencia de los niños.
Veinticinco años después, la película conserva una lectura especialmente incómoda sobre la maternidad. Grace, interpretada por Nicole Kidman, está sola en una mansión de Jersey en 1945, esperando a un marido que no regresa de la guerra. Tiene autoridad sobre sus hijos y sobre el servicio, pero su existencia transcurre dentro de los límites de la casa. Su posición social le permite emplear a otras personas; no la protege del aislamiento ni de la desesperación.

Desde una perspectiva feminista, interesa observar cómo se representa esa responsabilidad. Grace debe educar, cuidar, conservar el orden y mantener la esperanza. La película apenas le concede una identidad ajena a esas obligaciones. Su deseo de recuperar al marido expresa también la necesidad de que alguien vuelva a compartir con ella una vida que se ha hecho insoportable. La guerra termina oficialmente, pero sus consecuencias continúan dentro del hogar.
Nicole Kidman construye al personaje mediante una disciplina física que parece a punto de quebrarse. La rigidez de sus movimientos, las órdenes y los cambios de voz muestran el esfuerzo por sostener su autoridad. Grace puede resultar intimidante, injusta y cruel. Su sufrimiento convive con el poder que ejerce sobre quienes dependen de ella. Esa contradicción permite analizarla sin reducirla a una madre abnegada ni a una mujer desequilibrada cuya conducta no requiere más explicación.
La relación con Anne, su hija, concentra buena parte del conflicto. La niña cuestiona lo que su madre le cuenta, contradice sus interpretaciones y sostiene que ve a personas cuya presencia Grace niega. La disputa afecta a quién tiene derecho a explicar la realidad. Para la madre, aceptar la versión de Anne supone admitir que su conocimiento es insuficiente y que las normas con las que organiza la casa han dejado de servir.
La educación religiosa refuerza esa autoridad. Grace recurre al castigo y a unas certezas que transmite como incuestionables. Anne pregunta, protesta y busca respuestas propias. Una lectura de género puede detenerse en esa niña que aprende a desconfiar de la explicación recibida, incluso cuando hacerlo tiene consecuencias. La película concede espacio a su resistencia y convierte su palabra en una amenaza para el orden familiar.
La señora Mills, interpretada por Fionnula Flanagan, introduce otra forma de autoridad femenina. Como empleada, ocupa una posición subordinada; sin embargo, comprende aspectos de la casa que Grace desconoce. Su calma altera la jerarquía entre ambas. La propietaria da las órdenes, pero necesita un conocimiento que posee otra mujer. La relación permite observar también las diferencias de clase entre quienes administran el hogar y quienes trabajan en él.

El desenlace obliga a revisar todo lo anterior, aunque no vamos a hacer el gran spoiler. La protección obsesiva que organiza el relato sucede después del daño definitivo. Analizar su aislamiento ayuda a comprender la tragedia que plantea la película, pero no justifica la violencia ni convierte a los niños en figuras secundarias del sufrimiento materno. Anne y Nicholas tienen miedo, necesidades y una experiencia propia que la madre intenta negar.
El cine ha recurrido con frecuencia a madres peligrosas para producir terror, y Grace participa de esa tradición. Al mismo tiempo, la película permite observar las condiciones de su encierro y el derrumbe de una identidad construida alrededor del cuidado. Su dolor merece atención; sus actos exigen responsabilidad. El horror persiste porque ambas cosas pertenecen a la misma mujer, dentro de una casa de la que ya ninguno de ellos puede salir.

