Opinión

Abuelas

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Nos cuenta un equipo de investigadores de la Universidad de Viena, de esa manera seca, evocadora y poética en la que lo suelen hacer quienes trabajan con datos y hechos que hace treinta mil años una mujer vivió en lo que hoy es el suroeste de Francia, en Isturitz. De esa mujer lo desconocemos casi todo, su nombre, si tuvo hijos, si su pueblo la consideraba hermosa, si conoció el amor o si, incluso para sus parámetros, murió joven. Qué hacía durante el día y en qué ocupaba sus noches. Pero aún así, sus huesos han conservado un tesoro invisible, propio de ella y ajeno a ella, al mismo tiempo, una historia de viajes, encuentros y parentescos que rectifica gran parte de lo que creíamos sobre nuestros antepasados.

Esa mujer, viejísima abuela, nos ha descubierto que su ADN combinaba linajes de Europa occidental con otros procedentes del centro y el este del continente, y da fe con ello de que aquellas poblaciones se relacionaban entre sí mucho antes de que las fronteras y los mapas delimitaran las patrias. Tanto las mujeres que viajaron como las que permanecieron en su tierra de origen transmitieron esos vínculos genéticos de generación en generación.

Si nos centramos en los linajes maternos, ese extraordinario azar de la continuidad de la vida transmitida de madre a hija reconstruye cómo hemos imaginado la prehistoria. Hace tiempo que cuestionamos la imagen casi paródica de un hombre que empuña una lanza de sílex y una mujer tras él que recoge bayas o permanece en la cueva. Los dibujos escolares distribuían las tareas con una homogeneidad que los arqueólogos ya han desmentido.

A miles de kilómetros y treinta mil años de distancia, Santiaga Sánchez Porcel, otra excepción en un mundo tipificado, cuida sus quinientas ovejas en Vélez-Rubio, Almería. La niña que abandonó los estudios a los catorce años recibe hoy a investigadores universitarios que se interesan por sus técnicas de regeneración agrícola.

La pastora que durante siglos se asomaba en poemas y cuentos, en églogas y romances, era es una muchacha idealizada con las uñas limpias a la que cortejaba un pastor melancólico que, para colmo, resultaba ser poeta. En los cuentos de hadas, Griselda guarda el rebaño mientras espera que un príncipe descubra que bajo sus pobres vestidos se esconde una princesa. Cuánto sabía aquella muchacha del terreno, del agua, de los animales, de las estaciones, de las enfermedades, del frío, de los sabañones, de la supervivencia.

A Santiaga no se le cae la corona, ni los anillos, por llevar ropa de trabajo. Su conocimiento y su experiencia la convierten en la protagonista de este cuento. Aquella mujer prehistórica, aquella abuela cuyas abuelas, a su vez, viajaron de aquí para allá, ya es una figura central de la historia. La larga espera de Santiaga por el reconocimiento formal, la aún más larga de la mujer de Isturitz nos recuerdan que el pasado no está sellado, y que la historia de la humanidad cambia cuando aprendemos un poco más, cuando preguntamos algo más, cuando indagamos en nuevas pruebas, cuando nos parece extraño que siempre los mismos se lleven la gloria.