La construcción de la Sagrada Familia ha convertido el perfil de Barcelona en una imagen reconocible en todo el mundo. Pero no todos contemplan su crecimiento como la culminación lógica del proyecto de Antoni Gaudí. La historiadora y crítica de arte María del Mar Arnús sostiene que continuar el templo después de la muerte del arquitecto fue una decisión profundamente equivocada.
“La continuación de la ‘Sagrada Mentira’ ha sido un error garrafal”, afirma en una entrevista concedida a El País. La declaración llega después de la inauguración de la Torre de Jesucristo y recupera un debate que acompaña desde hace décadas a la basílica: hasta qué punto el edificio actual sigue siendo realmente una obra de Gaudí.
La posición de María del Mar Arnús no nace de una reacción reciente. La historiadora ha criticado anteriormente la reconstrucción o finalización de edificios inacabados cuando las intervenciones posteriores sustituyen la visión del autor original por interpretaciones contemporáneas.
La “Sagrada Mentira” y el legado incompleto de Gaudí

Gaudí dedicó las últimas décadas de su vida a la Sagrada Familia, pero murió en 1926 sin verla terminada. Después, la destrucción parcial de planos, maquetas y documentación durante la Guerra Civil complicó todavía más cualquier intento de reproducir con absoluta fidelidad sus intenciones.
Quienes defienden la continuidad de las obras sostienen que existe suficiente material para desarrollar las líneas generales del proyecto. También recuerdan que el templo fue concebido desde su origen como una construcción colectiva, financiada mediante donativos y destinada a extenderse durante generaciones.
Para sus críticos, en cambio, la distancia entre el edificio concebido por Gaudí y las decisiones tomadas después de su muerte resulta demasiado grande. Cada nueva torre, fachada o elemento escultórico incorpora necesariamente criterios técnicos y estéticos pertenecientes a otra época.
En ese contexto se entiende la expresión utilizada por María del Mar Arnús. Al llamar al templo “Sagrada Mentira”, cuestiona la idea de que todo lo construido durante las últimas décadas pueda presentarse sin matices como una creación directa del arquitecto catalán.
La Cripta de la Colonia Güell, el otro gran reproche
La historiadora relaciona la continuación de la Sagrada Familia con otro episodio que considera especialmente desafortunado: la intervención sobre la Cripta de la Colonia Güell, situada en Santa Coloma de Cervelló.
Arnús define este edificio como “la mejor obra de Gaudí” y asegura que se ha terminado “de una forma irreversible”. La cripta posee una importancia excepcional porque funcionó como un laboratorio arquitectónico. Allí, Gaudí ensayó columnas inclinadas, formas geométricas complejas y soluciones estructurales que después trasladaría a la Sagrada Familia.
El proyecto original contemplaba una iglesia de mayores dimensiones, pero solo llegó a construirse la parte inferior. Esa condición inacabada no impidió que el edificio adquiriera valor por sí mismo. La cripta está incluida en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco y constituye una de las expresiones más experimentales de Gaudí.
La crítica de María del Mar Arnús apunta a un problema fundamental de la restauración: intervenir no siempre significa conservar. Añadir elementos, completar estructuras o reinterpretar proyectos inconclusos puede modificar para siempre la lectura histórica de una obra.
Cuatro décadas observando el arte catalán

Las palabras de María del Mar Arnús coinciden con la publicación de La fiebre del arte, un volumen editado por Anagrama que reúne textos periodísticos escritos entre 1982 y 2026. El libro recorre más de cuarenta años de transformaciones culturales en Barcelona a través de críticas, ensayos, entrevistas y perfiles.
La autora contempla ese periodo con pesimismo. En la entrevista asegura que el panorama artístico catalán “ha ido a peor” y lamenta la ausencia de figuras comparables a Antoni Tàpies o Jordi Benito, aunque recuerda que artistas como Antoni Llena y Perejaume continúan activos.
Cuando debe elegir una sola aportación catalana a la historia del arte, se queda con Joan Miró. Si se le pregunta por una obra indeseable, responde con contundencia: la del escultor Josep Maria Subirachs, responsable de la fachada de la Pasión de la Sagrada Familia.
Sus respuestas dibujan una concepción del arte poco dispuesta a aceptar consensos cómodos. Arnús prefiere la parte original de la Fundación Miró, considera el fútbol socialmente sobrevalorado y rechaza cualquier trabajo autoritario. Su libro favorito como origen de su vocación lectora fue La importancia de vivir, de Lin Yutang, mientras que Pedro Páramo, de Juan Rulfo, la condujo hacia la escritura.
El debate entre terminar una obra y conservar su ausencia
La discusión sobre la Sagrada Familia no enfrenta únicamente a partidarios y detractores de su estética. Plantea una cuestión más profunda: qué debe hacerse con una obra maestra cuando su creador desaparece antes de completarla.
Terminarla puede acercarla a la función para la que fue concebida, pero también corre el riesgo de convertir una interpretación posterior en una falsa certeza histórica. Dejarla inacabada preservaría, en cambio, la frontera entre lo realizado por el autor y aquello que solo pudo imaginar.
María del Mar Arnús tiene clara su respuesta. Para ella, la Sagrada Familia debería haberse conservado como el gran fragmento que dejó Gaudí, sin intentar cerrar desde el presente una arquitectura que pertenecía a otra mente y a otro tiempo.
La basílica seguirá creciendo y transformando Barcelona. Pero la advertencia de la historiadora obliga a mirar sus torres con una pregunta incómoda: cuánto queda en ellas del edificio de Gaudí y cuánto pertenece ya a quienes decidieron hablar en su nombre.

