Hay confesiones que solo llegan con la distancia que da haber vivido noventa y un años. María Galiana, la actriz que millones de españoles reconocen como doña Herminia en Cuéntame cómo pasó, ha hablado en distintas ocasiones de algo que durante mucho tiempo no se permitió ni a sí misma formular con claridad: su infancia no fue feliz. No hay drama ni rencor en cómo lo cuenta. Hay, simplemente, la honestidad de quien ha tenido tiempo de mirar atrás sin necesidad de adornar nada.
Una infancia sin consciencia de infelicidad
Fue en una entrevista en Espejo Público, coincidiendo con su regreso a las tablas con 89 años, cuando Galiana puso en palabras algo que había tardado décadas en formular. «Ya de vieja estoy pensando que mi infancia no fue feliz pero no tengo consciencia de que no lo fuera», explicó la actriz. Era una niña de colegio, de las que no podían apuntarse a un viaje al extranjero si la familia no llegaba. Una infancia modesta, sin grandes privaciones evidentes, pero tampoco con la calidez que hoy se espera de cualquier hogar.
Su padre, recuerda, se preocupó siempre de que ella se formara. La llevaba a los sitios necesarios para estudiar, hacía lo que tenía que hacer. Pero cariñoso no lo recuerda. Y de su madre tampoco guarda ese tipo de memoria. «Mi abuela era seca y no daba un beso. Esa educación me hizo dura y seca», resumió Galiana sobre el ambiente familiar en el que creció.
Sin rencor hacia sus padres
Lo llamativo de cómo Galiana relata todo esto es la ausencia total de reproche. Define a su madre como «una mujer muy sufrida, muy buena gente», aunque reconoce que vivía su vida de forma independiente a las circunstancias que la rodeaban. «No recuerdo que fueran generosos, pero no les guardo rencor ni nada», zanjó la actriz, consciente de que la educación afectiva de la posguerra era simplemente otra cosa, regida por otros códigos.
Tampoco recuerda haber sido consciente, de niña, de las dificultades materiales que pudiera atravesar su familia. «En mi familia vivíamos relativamente bien cuando era niña, pero era la posguerra, momentos duros», matizó. Como en tantos hogares de aquella España, en casa de los Galiana convivían varias generaciones bajo un mismo techo: sus padres, su abuela y una tía, todos compartiendo la crianza de la única hija del matrimonio.
La maternidad, el papel más difícil de su vida
Si la infancia le enseñó una forma de relacionarse con el afecto, la maternidad le exigió algo completamente distinto. María Galiana tuvo cinco hijos —dos chicas y tres chicos— durante su matrimonio de 44 años con Rafael González Sandino, fallecido en 2008. Ella misma ha definido la maternidad como el papel más complicado que ha tenido que interpretar nunca, más exigente que cualquier personaje sobre un escenario o delante de una cámara.
Con sus hijos mantiene relaciones bien distintas entre sí. «De las chicas, una es muy cariñosa y cuando va a verme, me besa al llegar y al despedirse. La otra es muy despegada pero se puede contar con ella absolutamente», contó la actriz, que se reconoce a sí misma en esa segunda forma de querer: «Yo soy así también porque conmigo se puede contar para todo». Con sus nietos, ha admitido, tiene una relación incluso más estrecha que con sus propios hijos, aunque ve poco a toda su familia en general porque, dice, es muy independiente y se mete en «muchos berenjenales».
La pérdida que no la rompió
El golpe más duro de su vida como madre llegó con la muerte de uno de sus hijos, un bebé que falleció por muerte súbita. Fue un batacazo tremendo, en sus propias palabras, pero no le dejó un trauma que la paralizara frente a la maternidad. Siguió adelante. En parte, según contó ella misma, porque en el momento de la pérdida ya estaba embarazada del siguiente hijo: tener un bebé en camino le impidió desmoronarse del todo.
Es esa misma dureza, la que ella misma atribuye a su educación de posguerra, la que le permitió sobreponerse sin quedarse atrapada en el dolor. Una dureza que contrasta, y mucho, con la imagen que el público tiene de ella: la mujer sonriente y cercana, con las patas de gallo de quien se ha reído mucho, capaz de dar vida a la entrañable doña Herminia. Nadie diría, viéndola en pantalla, que detrás de esa calidez hay una infancia que ella misma describe sin afecto y una vida marcada por pérdidas que pocas personas habrían superado con la misma entereza.

