Pregúntale a cualquiera por su objetivo vital y, tarde o temprano, aparecerá alguna versión de la misma frase: encontrarse a sí mismo. Es uno de los mandatos más repetidos de la cultura contemporánea, tan asumido que casi nadie se detiene a cuestionarlo. Michel Foucault sí lo hizo, y lo que encontró al hacerlo fue una idea que sigue siendo incómoda más de cuarenta años después de formularla: «Quizás hoy en día el objetivo no es descubrir lo que somos, sino rechazarlo».
La frase aparece en El sujeto y el poder, un ensayo de 1982 que el filósofo francés escribió hacia el final de su vida, cuando ya había dedicado décadas a estudiar cómo las sociedades modernas construyen a sus ciudadanos. No es una boutade ni una provocación gratuita. Es la conclusión de un pensador que llevaba toda su carrera observando cómo se fabrica la identidad, y que terminó sospechando que el proceso tenía mucho menos de descubrimiento personal de lo que se nos quiere hacer creer.
Lo que de verdad significa «encontrarse a uno mismo»
La idea de que cada persona tiene una esencia interior esperando a ser descubierta suena liberadora. En la práctica, según Foucault, funciona de manera bastante distinta. Lo que llamamos identidad no es tanto algo que llevamos dentro como algo que la sociedad va depositando sobre nosotros: normas sobre cómo vestir, cómo hablar, qué sentir y cuándo sentirlo, qué deseos son aceptables y cuáles no. Buscar la «verdadera naturaleza» de uno mismo, siguiendo ese razonamiento, puede acabar siendo simplemente el proceso de aceptar con más convencimiento un molde que ya estaba ahí antes de que naciéramos.
De ahí el giro que propone el filósofo: si la identidad que creemos encontrar es en realidad la que la sociedad ha fabricado para nosotros, el verdadero acto de libertad no consiste en aceptarla, sino en negarse a ella. Rechazar lo que se supone que somos abre, paradójicamente, mucho más espacio para descubrir algo genuino que aceptar de buen grado la etiqueta recibida.
Una idea que viene de muy lejos en su pensamiento
Esta tesis no surge de la nada. Foucault llevaba desde los años sesenta construyendo una obra entera alrededor de una pregunta incómoda: ¿quién decide qué es normal y qué no lo es? En libros como Historia de la locura en la época clásica o Vigilar y castigar, analizó cómo instituciones como los hospitales psiquiátricos o las prisiones no se limitan a tratar o castigar, sino que producen activamente categorías de personas: el loco, el delincuente, el desviado. Esas categorías no estaban esperando a ser descubiertas en la naturaleza humana. Fueron inventadas, con fechas y autores concretos, para organizar el poder de una manera determinada.
Aplicar esa misma lógica a la identidad personal fue, en cierto modo, el paso lógico siguiente. Si el poder fabrica al loco y al delincuente, también puede estar fabricando al «yo verdadero» que cada cual cree estar buscando. Y si eso es así, la tarea más honesta no es encontrarlo, sino sospechar de él.
El filósofo que cambió de opinión sin pedir perdón
Quienes siguieron de cerca la trayectoria de Foucault señalaron en su momento algo que a él nunca le pareció un problema: cambiaba de postura con frecuencia. Lo que para sus críticos era inconsistencia, para él era el resultado natural de seguir pensando en lugar de quedarse instalado en una conclusión cómoda. Esa misma actitud atraviesa la idea del rechazo de la identidad: no es una respuesta cerrada, sino una invitación a seguir cuestionando.
En el último volumen de su Historia de la sexualidad, publicado el mismo año de su muerte, Foucault llegó incluso más lejos al defender una ética individual en la que cada persona pudiera construir sus propios códigos de conducta, en vez de adoptar los que la sociedad le entrega ya hechos. Es la misma idea formulada de otra manera: la libertad no está en encontrar quién eres, sino en decidir activamente quién quieres llegar a ser, al margen de cualquier molde previo.
Por qué esta idea sigue incomodando hoy
Vivimos rodeados de mensajes que insisten en lo contrario: tests de personalidad, etiquetas identitarias, contenidos que prometen ayudarte a «encontrar tu verdadero yo». La propuesta de Foucault sigue siendo radical precisamente porque va a contracorriente de toda esa industria. No ofrece consuelo ni una respuesta fácil que llevarse a casa. Ofrece, en cambio, una pregunta que cuarenta años después sigue sin respuesta cómoda: ¿y si lo que llamamos nuestra esencia no fuera más que la versión más pulida de aquello que nos han enseñado a ser?

