Nora Navas (Barcelona, 1975) ha desempeñado papeles de muy distinto peso en algunos de los títulos más relevantes de nuestro cine, televisión y teatro. Su consagración llegó en 2010 con Pa negre (Pan negro), de Agustí Villaronga, por la que ganó el Goya a la mejor interpretación femenina protagonista. Le siguieron películas como Miel de naranjas (2012), El ciudadano ilustre (2016), Dolor y gloria (2019), de Pedro Almodóvar, La vampira de Barcelona (2020), Libertad (2021), de Clara Roquet, por la que obtuvo el Goya a la mejor actriz de reparto, o Mi amiga Eva (2025). También ha aparecido en series como Pulseras rojas (2011), La catedral del mar (2018), Las del hockey (2019), La Mesías (2023) o Yo, adicto (2024).
Ahora presenta Femenino, singular, un drama social que sigue a Nayeli, una joven mexicana que trabaja como empleada de hogar para una familia barcelonesa. Navas interpreta a Andrea, la madre de esa familia, demasiado absorbida por sus obligaciones como para encargarse plenamente de la crianza de su hijo pequeño, que parece reconocer cada vez más a Nayeli como figura materna.
Después de conversar con su director, Xavi Puebla, y con su protagonista, Vico Escorcia, Artículo14 habla ahora con Nora Navas, quien también fue vicepresidenta segunda de la Academia de Cine entre 2016 y 2022.

Andrea podría haberse convertido fácilmente en la típica patrona cruel, pero la película toma una decisión mucho más incómoda: durante buena parte del metraje vemos que aprecia a Nayeli e incluso cree que la trata bien. ¿Te interesó precisamente huir de la caricatura?
Claro. A mí, como actriz, siempre me interesa huir de la caricatura, de un solo trazo, porque creo que nadie tiene uno solo. Sí que hay personajes que están más al servicio del protagonista, pero para mí no hay personajes pequeños. Aunque sea una aparición corta o un personaje secundario, cuando lo encarno, cuando lo habito, es una persona que tiene muchas capas. Tiene un hijo, un trabajo, un marido, un privilegio y también un dolor. Intento buscarle la máxima humanidad posible. Yo también quería entrar, como actriz, en esa crítica a una sociedad burguesa que enseguida dice: “Tú formas parte de la familia”, pero a la mínima te está echando. O no le hace un contrato a la persona migrante o la trata de esa manera tan burguesa de “eres de la familia, pero sírveme y haz las cosas bien”. Eso existe y está bien retratarlo, pero tampoco hace falta subrayarlo hasta convertir al personaje en el malo de la película. Para mí eso no tiene ningún interés, ni como espectadora ni como actriz. Más allá de la historia de Nayeli, era importante saber cuál era la historia de Andrea. Es una mujer que también es, en cierto modo, víctima de la sociedad. Una mujer sosteniendo un privilegio, que casi no puede ver a su hijo porque también tiene que trabajar y, por tanto, necesita a alguien que lo cuide y puede pagarlo.
Evidentemente, su situación no es la de Nayeli. Además, tiene un marido que, bueno, se sospecha en la película, aunque no se dice del todo, que medio la engaña. Esa es una de las cosas que más me gustan de la película: que no todo se explica. Andrea también arrastra cierta soledad y el peso de esas formas tan horribles de la burguesía, que también pueden convertirse en una especie de esclavitud. Y cuando encuentra a una mujer maravillosa que cuida de su hijo y lo hace suyo, ella se lo agradece muchísimo. Yo siempre he sido partidaria de querer mucho a las personas que cuidan, de no entrar en los celos. Lo bonito está en ese arco. Al principio realmente siente a Nayeli como parte de la familia y le agradece que cuide de su hijo y sostenga esa casa. Pero cuando empieza a intuir que ella también está entrando en cierta paranoia, confundiendo cuál es su lugar, Andrea pone unos límites. Entonces, dentro del personaje, intenté encontrar todos esos colores: el dolor, la soberbia, el privilegio. Que esté todo y que sea el espectador quien opine, no la actriz.
¿Necesitas encontrar algo que comprender o querer en un personaje para poder interpretarlo? ¿Podrías interpretar a alguien por quien no sintieras ninguna empatía?
Es casi imposible que no. Yo no podría interpretar a un personaje si me dirigiera un fascista o un nazi, si la mirada del director fuera horrible o el discurso de la película fuera horrible. Ahí no podría entrar. Pero con un personaje sí, porque en un personaje estamos plasmando la vida tal como es. En la vida hay luces y sombras. Hay personajes asquerosos que podemos juzgar desde la moralidad, pero creo que toda la maldad, incluso la del personaje más horrible que podamos imaginar, nace de un dolor. De una carencia, de unas circunstancias; llámale constelación familiar, neurosis, patología, lo que sea. Ahí está mi disfrute como actriz. Poder ser una hija de puta, pero entender cuál es su dolor y por qué acaba haciendo eso. Por ejemplo, con La vampira de Barcelona. A aquella mujer le pusieron la etiqueta de la Vampira del Raval y la sigue llevando. Yo la llamo Enriqueta. Fue víctima de su época, un chivo expiatorio de una sociedad enferma de principios de siglo, con mucha prostitución infantil. Era una mujer pobre y enferma en un contexto que hay que entender. Eso es lo bonito, lo que te da capas para interpretar. A mí me encanta hacer personajes que estén muy lejos de mí. Y como me considero muy buena persona, interpretar a cabronas me encanta, porque puedo entenderlas emocional y psicológicamente.
Andrea está escrita de una manera bastante opaca: muchas veces no sabemos exactamente qué piensa y eres tú quien tiene que hacernos leerla. ¿Cómo tomas esas microdecisiones con el rostro y el cuerpo para que sintamos cosas contradictorias hacia ella?
Bueno, esto es la actuación. Me pasa también con Mi amiga Eva: es el personaje con el que más salgo y con el que menos hablo. Creo que se trata de habitar los personajes. Un personaje no es lo que dice. Es cómo mira, lo que siente. Ahí está el cine, en que al espectador le lleguen las contradicciones incluso sin escuchar ninguna palabra. Como seres humanos, muchas veces estamos diciendo una cosa, pensando otra y sintiendo otra diferente. Si tú estás habitando de verdad esa circunstancia, actuando y sintiéndola en ese momento, lo bonito es que la cámara lo capte y puedan trascender muchas más cosas que las que se dicen. A mí me interesa mucho más lo que se dice sin palabras que lo que se dice con palabras. A veces un guion llega con todo muy escrito porque no existe la película y el guionista y el director necesitan explicarse mucho para que haya una trama. Pero cuando llega el actor, puedes decir: “Hostia, esto no hace falta”. Entrar en una habitación y mirar a alguien de arriba a abajo ya puede marcar una clase social. O un despecho. Y si haces ese gesto muy pequeño, además de marcar una clase social o un despecho, puedes introducir timidez o cualquier otra cosa. Ahí está todo el trabajo gestual.

Una de las cosas que más me gustó de Femenino singular es que plantea cuestiones sociales muy claras, pero se resiste a decirnos qué tenemos que pensar sobre cada personaje. ¿Como actriz te gusta ese espacio de ambigüedad o necesitas tener respuestas que el espectador nunca llega a conocer?
Claro. Cada espectador entenderá una cosa distinta según dónde esté él mismo. Hay algo evidente que le llegará a todo el mundo, pero tú captarás determinados detalles que a lo mejor otro espectador no percibe porque no está en ese momento de conciencia o en ese lugar. A mí lo que me gusta es entender mucho al personaje. Poder habitarlo. A veces incluso intento aportar más de lo que me dice el director. Intento que Nora desaparezca un poco y entender cómo es realmente esa mujer, cómo es Andrea. Yo conozco a muchas Andreas. Hay personajes más lejanos y otros más cercanos, y a Andrea la conozco por las circunstancias, por esta ciudad en la que vivimos, que es una ciudad muy burguesa. Vivimos desde el privilegio y hay gente que trabaja en nuestras casas. Siempre intento poner un poquito más de lo que aparece en el guion, si se puede. A veces leo guiones y pienso: “No, aquí ya no hay nada más para rascar”. También te tengo que decir. Pero intento hacer personas de carne y hueso. Creo que el trabajo no es psicológico, porque cuando es únicamente psicológico te quedas con cuatro elementos: A, B, C y D. Cuando el trabajo es emocional, en cambio, es particular. Si el trabajo del actor es emocional, siempre surgirán cosas únicas que no aparecerían con otro actor.
Llevas cerca de treinta años trabajando. ¿Cómo aprendes a desprenderte de una interpretación que, una vez montada, ya pertenece también al director, al montador y, más tarde, al público?
Yo soy bastante desapegada. Lo que más me gusta es el proceso de búsqueda. También en el teatro. Después, ya me olvido un poco. Mi vida pasa por otros lugares y no le doy más importancia que esa. Soy muy buena alumna. Intento estar al servicio de la película, como decía Carmen Maura: “Lo que diga mi señorito”. Trabajo mucho en casa, me lo curro, y lo que más me gusta es la investigación. También tengo mucha intuición como actriz, esa sensación de decir: “Hostia, es que este personaje me resuena así”. Después vienen muchísimos pasos. Ahora estoy rodando en el Delta con Marcel Barrena. Llegas allí y hay todo un equipo, un espacio, un director de fotografía… Yo, por ejemplo, nunca miro el combo. A partir del momento en que pongo mi cuerpo y mi alma al servicio de la película, ya pienso que después entrará un montador, vendrán otros procesos y la obra dejará de ser mía. Me desapego bastante. Quizás en las primeras películas o la primera vez que vi Pa negre, sentía más angustia. Ahora, si no me gusta, pues otra cosa, mariposa. No le doy muchísima importancia al resultado desde ese lugar. Le doy más importancia a mi compromiso como actriz mientras lo estoy haciendo. A que sea de verdad. Para mí es muy importante la verdad. Jugar con la verdad, no ser farsante, aunque esta sea una profesión de farsantes.

