Con diez años, Pablo Picasso pintaba como un maestro del Renacimiento. Con veinticinco había descartado todo lo que sabía para empezar de cero. Esa decisión, que a cualquier otro artista le habría costado la carrera, fue precisamente la que definió la suya. Picasso no buscaba perfeccionar lo que ya dominaba. Buscaba recuperar algo que los pintores académicos habían perdido por el camino: la manera en que un niño mira las cosas antes de que nadie le enseñe cómo deben verse.
De ahí viene la frase que sigue circulando décadas después de su muerte: «Cada niño es un artista, el problema es cómo seguir siendo artista una vez se crece». No es una reflexión nostálgica sobre la infancia. Es la descripción de un problema técnico que Picasso dedicó toda su carrera a resolver, con resultados que cambiaron de manera permanente la historia del arte occidental.
El prodigio que decidió desaprender
Nació en Málaga en 1881 y su talento fue evidente desde antes de que pudiera considerarse excepcional. Su padre, José Ruiz Blasco, era también pintor y profesor, y reconoció en su hijo una capacidad que estaba muy por encima de lo que él mismo podría haber enseñado. Cuenta la leyenda familiar que José le entregó sus pinceles el día que vio los cuadros del joven Pablo y comprendió que ya no tenía nada más que enseñarle.
Pero Picasso no se quedó satisfecho con esa maestría. Tras instalarse en Barcelona en 1895 y frecuentar el ambiente bohemio del bar Els Quatre Gats, donde se reunía la vanguardia catalana, comenzó un proceso deliberado de alejamiento de la técnica académica. La pregunta que lo guiaba no era cómo pintar mejor, sino cómo pintar de otro modo: con la libertad de alguien que todavía no sabe que hay reglas.
El periodo azul, el circo y la gran ruptura

Entre 1901 y 1904, Picasso atravesó lo que los historiadores del arte llaman su periodo azul: lienzos fríos, figuras melancólicas, escenas de marginalidad y soledad. Fue un momento de repliegue que siguió al suicidio de su amigo Carles Casagemas y que produjo algunas de sus obras más reconocibles fuera de la etapa cubista. Poco después, el color volvió con tonos cálidos y la atención se desplazó hacia el mundo del circo, los acróbatas y los arlequines de su llamado periodo rosa.
Ninguna de las dos etapas preparaba exactamente para lo que vino en 1907. Les demoiselles d’Avignon es una de esas obras que dividen la historia del arte en un antes y un después. Las cinco figuras del cuadro ignoraban la perspectiva tradicional con una determinación casi agresiva: rostros vistos simultáneamente de frente y de perfil, cuerpos descompuestos en planos que no respetan ninguna de las convenciones que el arte europeo había construido desde el Renacimiento. El cubismo había empezado.
Guernica: cuando el arte se volvió urgente

Picasso vivía en París cuando en abril de 1937 la aviación alemana bombardeó Guernica, una población civil vasca. La noticia llegó mientras él preparaba una obra para el pabellón español de la Exposición Universal de París. Cambió de planes y en pocas semanas produjo el mural más famoso del siglo XX.
El Guernica no ilustra el bombardeo. No hay aviones, ni fuego, ni uniformes. Hay un caballo que grita, un toro indiferente, una madre con su hijo muerto, un soldado hecho pedazos y una bombilla que ilumina la escena con una frialdad de interrogatorio. La ausencia de color refuerza la sensación de pesadilla, y la escala del cuadro, más de tres metros de alto y casi ocho de ancho, impone una presencia física que ninguna reproducción puede transmitir del todo. Estuvo en el MoMA de Nueva York durante décadas, hasta que en 1981 llegó al Museo Reina Sofía de Madrid, donde sigue colgado.
Cincuenta mil obras y una pregunta sin resolver
Picasso produjo a lo largo de su vida alrededor de cincuenta mil obras entre pinturas, esculturas, grabados, cerámicas y dibujos. La cifra no refleja solo productividad, sino una forma de trabajar en la que el proceso importaba tanto como el resultado. En sus últimas décadas exploró la cerámica y la escultura en hierro con la misma curiosidad que había puesto en el cubismo o en el collage. Siguió trabajando hasta pocos meses antes de morir en Mougins, Francia, en 1973, a los 91 años.
La pregunta que formuló sobre los niños y el arte sigue sin una respuesta práctica satisfactoria. Picasso la resolvió a su manera, que fue la única que funcionó para él: renunciando sistemáticamente a lo que ya dominaba para seguir buscando algo que no podía definir todavía. El resultado está repartido en museos de todo el mundo y en una influencia sobre el arte contemporáneo que todavía no ha terminado de medirse.

