La transformación comienza meses antes de que suene el primer acorde. Empieza con la notificación frenética de un grupo de WhatsApp, el encaje imposible de los días de vacaciones y la carrera por reservar alojamiento antes de que los precios alcancen la estratosfera. Para cuando uno está de pie en un campo polvoriento, pendiente de la batería externa y calculando a qué escenario toca correr, la fantasía de una escapada despreocupada ya ha chocado con una realidad mucho más prosaica. Ir a un festival se ha convertido en una prueba de planificación, resistencia física y presupuesto.
Hubo una época en que el festival de música se vendía como descanso absoluto de la rutina. Tiendas de campaña, grupos, carretera, barro si había mala suerte y esa camaradería algo imprevisible de los fines de semana largos. La promesa era sencilla: evasión. En España, citas como Benicàssim o Sónar ayudaron a fijar en los noventa una idea de festival ligada al descubrimiento, a la música internacional, a la electrónica y a cierta sensación de estar entrando en un territorio propio. Para muchos jóvenes, aquello funcionaba como rito de paso: canciones compartidas, primeras escapadas y una independencia adulta ensayada durante tres días.
El festival tenía algo de ceremonia colectiva. Ahí encaja la vieja idea de efervescencia colectiva de Émile Durkheim: esa energía que aparece cuando un grupo se reúne, se contagia y se reconoce en un mismo gesto. En un concierto, esa sensación puede durar apenas una canción. En un festival, se alarga durante jornadas enteras. La gente no va solo por los artistas. Va también para formar parte de un “nosotros” provisional, sudoroso y algo delirante.
Esa fantasía de libertad convive ahora con una industria mucho más grande. En 2025, la música en vivo en España alcanzó una facturación récord de 807,2 millones de euros por venta de entradas, un 11,24% más que el año anterior, según la Asociación de Promotores Musicales. El directo atraviesa un momento de enorme fortaleza comercial, pero el público nota esa expansión en el bolsillo. Entradas, alojamiento, transporte, comida, bebida, recargas de pulsera, taxis de madrugada. La experiencia completa rara vez se parece al precio inicial del abono.
España es ya una potencia festivalera. Un informe citado por El País situaba al país como el tercero de Europa con más festivales en 2025, por detrás de Alemania y del Reino Unido, con más de 1.000 eventos. La cifra impresiona, pero también explica parte del cansancio. Cuando todo es festival, el festival deja de parecer excepcional. Los carteles se repiten, las marcas ocupan cada hueco y la música corre el riesgo de convertirse en una parte más de una maquinaria de ocio cada vez más codificada.

A esa sensación contribuyen algunas prácticas que el público ya mira con menos paciencia. Las pulseras cashless, presentadas como avance cómodo y moderno, han generado denuncias cuando se han impuesto como único método de pago o cuando han cobrado gastos por devolver el saldo no consumido. FACUA ha señalado varios casos en los últimos años, y el festival Brava Madrid acabó sancionado con 96.000 euros por irregularidades relacionadas con este sistema, una multa confirmada por la justicia madrileña.
También está el cuerpo. El festival de verano exige mucho más de lo que prometen sus campañas. Horas de pie, calor, polvo, ruido, colas, comida rápida, poco sueño y desplazamientos interminables. Lo que en redes aparece como una sucesión de vídeos eufóricos suele incluir también pies destrozados, ronquera, cansancio acumulado y una resaca emocional que llega cuando todavía queda volver a casa.
La pregunta, entonces, parece obvia. Si los festivales son caros, incómodos y agotadores, ¿por qué seguimos yendo?
Parte de la respuesta está en el FOMO, el miedo a quedarse fuera. El festival se ha convertido en un acontecimiento que no solo se vive, sino que también se documenta. La pulsera, el vídeo del estribillo, la foto con gafas de sol, la historia subida a las tres de la mañana y el mensaje posterior de “qué fuerte lo de anoche” forman parte de la experiencia. No estar allí puede parecer quedar fuera de un archivo emocional compartido. El concierto ya no termina cuando se apagan los focos. Continúa en el móvil de quienes fueron y en la pequeña punzada de quienes lo vieron desde casa.
Pero reducirlo todo a Instagram sería injusto. El festival sigue reteniendo algo que las plataformas no pueden imitar del todo. Estar rodeado de miles de desconocidos cantando la misma canción produce una forma de presencia difícil de sustituir. No tiene la comodidad del streaming, ni la limpieza del videoclip, ni la intimidad de escuchar un disco con auriculares. Tiene otra cosa: roce, espera, cansancio, desorden y una intensidad compartida que llega precisamente porque cuesta.
Incluso en un contexto económico difícil, la música en vivo resiste mejor que otros consumos. Un informe de AEG sobre el Reino Unido señalaba que solo el 22% de los encuestados recortaría el gasto en entretenimiento en vivo si tuviera que ajustar su presupuesto, por debajo de otras categorías como comer fuera o productos de lujo.

Ahí está la paradoja. El festival agota porque ya no es una escapada sencilla, pero seguimos volviendo porque conserva una promesa de comunidad. Durante unos días, todo se organiza alrededor de una lógica elemental: encontrar a tus amigos, llegar al escenario, pedir algo de beber, perder la voz, volver a encontrarte. Puede parecer poco, pero en una vida cada vez más mediada por pantallas y horarios, esa coreografía colectiva tiene un poder evidente.
También por eso crece el interés por formatos más pequeños, festivales de escala más humana, citas ligadas al territorio o programaciones que no buscan competir solo por el cabeza de cartel más caro. El público empieza a pedir algo más que nombres grandes. Quiere sombra, buen sonido, baños suficientes, transporte razonable, precios menos abusivos y una experiencia que no lo trate como ganado. La comodidad, durante años vista como enemiga de la autenticidad festivalera, empieza a ser una condición de supervivencia.
El futuro del festival quizá dependa de esa corrección. Menos épica del sufrimiento y más cuidado real del público. Menos activación de marca y más atención a la música. Menos colas absurdas y más respeto por un asistente que ya paga bastante antes incluso de llegar al recinto. La industria ha demostrado que sabe crecer. Ahora tiene que demostrar que sabe cuidar.
Quizá el festival contemporáneo ya no sea una simple escapada, pero sigue siendo una ceremonia colectiva difícil de reemplazar. Volvemos con los oídos zumbando, el sueño desordenado y un cansancio que dura varios días, pero también con alguna canción clavada en el cuerpo. Seguimos pagando demasiado, esperando demasiado y prometiendo que el año que viene seremos más sensatos. Luego aparecen las entradas early bird y el grupo de WhatsApp vuelve a despertarse.
El ritual no está muriendo. Solo se ha vuelto más caro, más incómodo y más consciente de sus propias contradicciones. Seguimos yendo porque, durante los tres minutos de una canción, todavía parece posible sentir que el verano tenía que parecerse a eso.

