Rosalía lleva meses recorriendo el mundo con la gira de LUX. Europa quedó atrás, ahora actúa en Estados Unidos y en las próximas semanas viajará a Latinoamérica. Los escenarios siguen llenándose, las entradas vuelan y las críticas coinciden en señalar que atraviesa uno de los momentos más sólidos de su carrera. Sin embargo, mientras el público contempla el brillo del espectáculo, la artista continúa utilizando un espacio mucho más silencioso para contar la otra cara de esa vida: su boletín personal en Substack.
Su última publicación, titulada “The Tour Life”, es probablemente la más confesional hasta la fecha. No habla de música, ni de producción, ni del éxito de los conciertos. Habla del coste emocional de vivir permanentemente de paso.
“Estoy de tour. He estado en Europa, ahora estoy en USA y pronto estaré en Latinoamérica (si Dios quiere). Llegados a este punto creo que debo estar en el ecuador del tour y curiosamente cada vez me da por hablar más en el escenario”, escribe. Explica que durante un concierto en Nueva York comenzó a improvisar una reflexión sobre “esta vida loca” y que, días después, sintió la necesidad de desarrollarla por escrito. La conclusión llega muy pronto: “La vida nómada no es para cualquiera”.
El precio de no tener un lugar fijo
Rosalía describe la gira como una existencia marcada por el movimiento permanente. Una forma de vida que, asegura, exige un grado de desprendimiento que pocas veces se explica cuando se habla del éxito de los grandes artistas.
“Hay que ser valiente para ser nómada”, escribe. Y desarrolla esa idea con una definición que trasciende la experiencia de los músicos: vivir “con la casa a cuestas”, cambiando continuamente de ciudad, lejos de la familia, de los amigos y de todo aquello que recuerda quién es uno.

La cantante identifica precisamente ahí la mayor renuncia. “Casa u hogar no es solo refugio; puede ser el eje simbólico que te sostiene. Casa puede ser tu persona o tu clan, puede ser un olor, cuatro paredes o tu ciudad”.
La reflexión conecta con una constante que ha ido apareciendo en las distintas publicaciones que Rosalía comparte desde que abrió su Substack: la necesidad de explicar qué ocurre cuando desaparecen las cámaras y termina el concierto.
En entregas anteriores ha escrito sobre los ensayos, el proceso creativo, la vulnerabilidad que acompaña al trabajo artístico y la importancia de proteger ciertos espacios de intimidad. Ahora amplía esa mirada hacia uno de los aspectos menos visibles de cualquier gira internacional: la imposibilidad de sentirse verdaderamente en casa.
Construir un hogar… para abandonarlo horas después
Uno de los pasajes más literarios del texto llega cuando describe el ritual que repite en cada hotel. La cantante explica que intenta convertir cada habitación en un espacio propio. Coloca dibujos de personas queridas sobre la mesilla, ordena cuidadosamente la ropa en el armario, mueve las lámparas “hasta dar con la buena luz”, deja libros junto a la cama —aunque sabe que probablemente no tendrá tiempo de leerlos— e incluso esconde “la figurita decorativa de mierda” que encuentra en algunos hoteles porque no soporta verla.
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Son pequeños gestos domésticos que terminan construyendo una ilusión de estabilidad. “Aún me sorprende la soberbia con la que a veces puedes caminar y observar estos espacios como si fueran tuyos”, reconoce. “Como si por un segundo te creyeras tu propia mentira de que esa habitación de hotel te pertenece”.
A continuación convierte esa sensación en una especie de poema repetitivo, porque esa, explica, es exactamente la rutina de cualquier gira: dedicar tiempo y cariño a un lugar del que habrá que marcharse apenas unas horas después:
“Construir tu casa y destruirla.
Construirla y destruirla.
Construirla y destruirla.”
El miedo a quedarse sin raíces
Rosalía no idealiza esa forma de vida. Tampoco la dramatiza. La describe con una mezcla de fascinación y cansancio. Reconoce que comprende perfectamente por qué tantos músicos hablan mal de las giras o terminan recurriendo a “cualquier anestésico para sobrellevarlas”. “La tour life no es una broma”, resume.
La artista catalana admite que cada despedida deja un pequeño duelo. A veces llora. Otras veces, dice, se limita a disociar. En los mejores días consigue pronunciar un sencillo “adiós” antes de cerrar la puerta del hotel mientras se pregunta si volverá alguna vez a entrar en esa habitación.
“Hoy en Las Vegas, mañana Los Ángeles, pasado en San Diego…”. El texto concluye con una reflexión que resume el conflicto permanente entre movimiento y pertenencia. “Cada vez que tengo amor por un lugar también tengo razones para no querer irme”, escribe. Y añade la confesión más íntima de toda la publicación: “Me da miedo no tener raíces en ningún lugar”.

Un diario paralelo a la gira
Lejos de utilizar Substack como una herramienta promocional, Rosalía parece haber encontrado en esta plataforma un espacio donde construir un relato paralelo al de los conciertos. Mientras LUX continúa llenando estadios y consolidando su dimensión internacional, sus textos muestran una artista mucho más interesada en hablar del desarraigo, la creación o la identidad que en celebrar cifras de asistencia.
La última frase de “The Tour Life” resume también el sentido de ese diario íntimo. Pese al miedo a perder las raíces, Rosalía concluye que hay algo que permanece intacto: “Sé que en el fondo llevo todo lo que importa dentro de mí y hay cosas que nunca podré perder porque soy y siempre seré un archivo de todo aquello que he amado”.

