La historia económica mundial se ha contado durante siglos como una sucesión de hombres construyendo imperios, levantando mercados y liderando revoluciones industriales mientras las mujeres permanecían en un segundo plano doméstico. La historiadora británica Victoria Bateman quiere dinamitar precisamente esa narrativa. En Económica. Una historia global de mujeres, riqueza y poder, publicado en España por Ático de los Libros, sostiene una tesis contundente: las mujeres no solo participaron en la construcción de la prosperidad mundial, sino que limitar sus derechos ha sido históricamente “el primer paso hacia el colapso económico y social”.
“El relato de que los hombres construyen y mantienen la civilización es profundamente peligroso”, advierte Bateman. La autora responde así a la creciente influencia de figuras de la llamada “manosfera”, como Justin Waller, que difunden en redes sociales discursos reaccionarios sobre masculinidad, poder y subordinación femenina ante millones de jóvenes.
Bateman considera que esas ideas no son simples provocaciones culturales, sino discursos con consecuencias políticas reales. “Si creemos que las grandes civilizaciones fueron construidas exclusivamente por hombres, entonces parece que quitar derechos a las mujeres no tendría consecuencias para el progreso”, explica. Su libro intenta precisamente demostrar lo contrario: que las sociedades prosperan cuando las mujeres participan plenamente en la vida económica y empiezan a deteriorarse cuando se las expulsa del poder, del trabajo o de la autonomía.
La investigación recorre miles de años de historia global y desmonta una imagen muy concreta de la mujer tradicional confinada al hogar. Para Bateman, esa idea de la ama de casa dedicada exclusivamente a los cuidados es una construcción relativamente reciente, consolidada sobre todo durante la época victoriana. Antes de eso, las mujeres trabajaban, comerciaban, gestionaban patrimonio y sostenían sectores enteros de la economía.
El libro comienza en la Edad de Piedra, donde hallazgos arqueológicos recientes en Perú han demostrado que alrededor del 40 % de quienes cazaban grandes presas eran mujeres. Más adelante aparecen figuras como Julia Félix, poderosa propietaria inmobiliaria en Pompeya, o Jadiya, comerciante de caravanas y primera esposa de Mahoma, cuyo patrimonio fue fundamental para el nacimiento y expansión del islam.

La autora rescata también historias de mujeres prácticamente expulsadas de los relatos oficiales del capitalismo y del comercio internacional. Entre ellas figura Ching Shih, que pasó de trabajar en un burdel flotante a liderar una de las flotas comerciales y militares más poderosas del mar de la China Meridional, o Madam Tinubu, figura central del comercio en África Occidental durante el siglo XIX.
Una de las tesis más provocadoras del ensayo aparece al analizar el origen del capitalismo occidental. Frente a teorías clásicas como la de Max Weber y la ética protestante, Bateman sostiene que la clave estuvo en la libertad económica femenina. Mientras en buena parte de Asia y Oriente Medio se consolidaban sistemas de matrimonio infantil y fuerte dependencia doméstica, las mujeres del noroeste europeo empezaron a incorporarse al trabajo asalariado y a retrasar el matrimonio.
Ese cambio alteró profundamente la economía. Las familias se hicieron más pequeñas, la población creció más lentamente y la escasez relativa de mano de obra elevó los salarios. Según Bateman, esa presión económica favoreció la innovación tecnológica y ayudó a desencadenar la Revolución Industrial. “La diferencia entre Oriente y Occidente no estaba tanto en los hombres como en las libertades de las mujeres”, sostiene.

La autora establece además una relación directa entre misoginia y decadencia política. En el libro analiza cómo grandes imperios comenzaron a restringir la autonomía femenina precisamente en sus momentos de mayor riqueza y consolidación. Ocurrió en la Roma imperial, cuando las mujeres fueron expulsadas de determinadas actividades económicas y reducidas a funciones reproductivas. También en China, donde prácticas como el vendado de pies limitaron físicamente la movilidad femenina mientras el país perdía dinamismo frente a Occidente.
El ensayo conecta continuamente pasado y presente. Bateman observa con preocupación el auge contemporáneo de movimientos antifeministas y advierte sobre los riesgos que plantea la inteligencia artificial para las mujeres. Si las nuevas tecnologías reducen el valor económico del conocimiento y de determinados trabajos intelectuales, teme que resurjan modelos sociales donde el cuerpo femenino vuelva a entenderse principalmente como herramienta reproductiva.
La economista vincula esa amenaza con el crecimiento de discursos reaccionarios sobre género, maternidad y masculinidad que circulan hoy en internet. Frente a ellos, Económica funciona como una reivindicación histórica y política de la independencia femenina. No desde la abstracción ideológica, sino desde los datos económicos, la arqueología y la historia comparada. Bateman resume así la idea central de su investigación: “No es posible construir una civilización próspera y pacífica mientras las mujeres no tengan los mismos derechos y libertades que los hombres”.

