En el verano de 1921, cuando el Ejército español se desmoronaba en el Rif y Melilla vivía los días más críticos de su historia reciente, una mujer granadina sostenía un pequeño puesto avanzado en mitad del caos. Se llamaba Juana Martínez López, era madre de una familia numerosa, y había dejado su tierra para regentar una cantina en El Batel, uno de los enclaves más expuestos del sector oriental del Protectorado.
No tenía rango, ni instrucción militar, pero su nombre quedó grabado en los testimonios del Expediente Picasso, la investigación que trató de esclarecer el desastre.
La cantinera que no retrocedió
Cuando las posiciones españolas comenzaron a caer una tras otra y la retirada se convirtió en una huida desesperada, Juana permaneció en su puesto. Los soldados que pasaban por El Batel la recordaron como una figura firme en medio del derrumbe: atendía a heridos, repartía agua, limpiaba heridas improvisando vendas con lo que tenía a mano. Y cuando ya no quedaba nadie más, cubrió la retirada de los últimos hombres con el fusil que llevaba para proteger a su hijo, según declararon varios supervivientes.

La escena que describió ante la comisión investigadora es una de las más crudas del expediente: soldados exhaustos, sin agua ni comida, tratando de alcanzar Monte Arruit mientras los francotiradores rifeños los abatían desde las lomas. Juana avanzó con ellos, sin abandonar a los heridos, hasta llegar a la posición sitiada. Allí asistió al teniente coronel Fernando Primo de Rivera, herido por la metralla de una granada. Los médicos le amputaron un brazo en un intento desesperado por salvarle la vida. Murió días después. Juana estuvo a su lado.
Final del asedio
Tras la capitulación pactada de Monte Arruit, Juana vivió uno de los episodios más oscuros del desastre. Las tropas rendidas fueron atacadas de nuevo en su marcha hacia Atalayón. Muchos soldados fueron asesinados sin posibilidad de defenderse. La cantinera fue capturada y trasladada a la casa de un caíd local, donde permaneció retenida junto a otros españoles hasta que se negoció su liberación.

En su regreso a Melilla, según relataron quienes la acompañaron, quedó marcada por la visión del camino: un reguero de cadáveres abandonados en la carretera, testimonio mudo del colapso militar.
Murió años después y está enterrada en el cementerio de la Purísima Concepción de Melilla, no lejos del Panteón de los Héroes. Su nombre nunca llegó a figurar allí.
Las telefonistas civiles
Mientras Juana resistía en El Batel y Monte Arruit, en Melilla un grupo de mujeres mantenía en pie la única red que no colapsó: la comunicación. Eran telefonistas civiles, empleadas de Telégrafos o contratadas por el Estado Mayor. Operaban las centralitas que enlazaban cuarteles, hospitales, almacenes de intendencia y posiciones avanzadas donde el servicio telefónico funcionó con regularidad gracias al personal femenino. No hay nombres, ni historias personales, pero esa línea bastaba para entender su papel.
Trabajaban rodeadas de cables, con el ruido del puerto entrando por las ventanas, conectando y reconectando mientras Melilla temblaba. Transmitieron avisos de retirada, solicitudes de refuerzos, llegada de heridos y órdenes urgentes entre mandos dispersos.
Su invisibilidad fue administrativa: eran civiles, no militares; personal auxiliar, no tropa. La burocracia no sabía dónde colocarlas y simplemente no las colocó en ninguna parte.

Las mujeres que escribieron para sostener la vida
Mientras unas sostenían el frente y otras las comunicaciones, miles de mujeres en la Península escribían cartas para saber si sus hijos, maridos o hermanos seguían vivos. Cartas de madres, esposas y hermanas que preguntaban con una dignidad enorme: “¿Está vivo mi hijo?” “¿Puedo empezar el duelo?”
La historiadora Carmen Marchante ha rescatado muchas de ellas en Correspondencia de Annual. Son documentos que no aparecen en los partes militares, pero que revelan la dimensión humana del desastre. Los soldados describieron cómo esas líneas escritas a mano eran lo único que les permitía seguir adelante.
Sin ellas, Melilla habría caído antes y la historia de Annual sería aún más incompleta. Porque mientras el frente se derrumbaba, ellas sostuvieron lo que quedaba en pie.

