El Rif: una guerra sin mujeres en el frente pero sostenida por ellas en la retaguardia

Melilla se sostuvo sobre manos femeninas en hospitales, hogares e incluso en las corresponsalías pero no aparecen en el Expediente Picasso

Carmen Burgo, corresponsal en la guerra del Rif quien firmaba sus artículos como Colombine.
Cruz Roja/ Genesis

La Guerra del Rif fue, durante décadas, un relato contado en masculino. En los partes militares, en los mapas, en los informes, en las memorias de campaña, en el propio Expediente Picasso, solo aparecen hombres: jefes, oficiales, soldados, camelleros, intérpretes, regulares, policías indígenas. La guerra se dibuja como una sucesión de posiciones –Igueriben, Izumar, Talilit, Sidi Dris– y de columnas que avanzan y retroceden por un territorio abrupto, seco, quebrado. Pero basta mirar alrededor de esos documentos para descubrir la otra mitad de la historia: la guerra que no se libró en las lomas, sino en los patios, en los pozos, en los hospitales, en los muelles, en las cocinas. La guerra que sostuvieron las mujeres.

El Rif fue un conflicto largo, irregular, lleno de avances rápidos y retrocesos brutales. Y en medio de ese paisaje, en julio de 1921, estalló Annual: la derrota que desnudó todas las grietas del sistema militar español. Annual no fue la guerra entera, pero sí su herida más profunda. Allí se derrumbó una línea de posiciones construida para la paz, no para la guerra; allí se agotó el agua antes que la munición; allí se rompió la cadena de abastecimiento; allí murieron miles de hombres en un territorio que nunca había sido consolidado. Y, sin embargo, mientras el frente se deshacía, la retaguardia femenina absorbía el golpe sin aparecer en ningún documento oficial.

Rif. 1909. Dos jinetes acompañan un carruaje médico tirado por mulas en un cuadro de Ferrer-Dalmau.

En Melilla, la ciudad que recibía el eco inmediato de la derrota, la guerra tenía otro rostro. Los hospitales improvisados se llenaron en cuestión de horas. Las enfermeras -voluntarias, religiosas, profesionales enviadas por la reina Victoria Eugenia y que quedaron reflejadas en películas y series como Tiempo de guerra– trabajaban sin descanso en salas saturadas, con material insuficiente, con camillas que no daban abasto, con soldados que llegaban descalzos, deshidratados, delirantes. La prensa de la época describe a mujeres que cocinaban para miles, que lavaban ropa militar día y noche, que recogían cadáveres en depósitos improvisados, que hacían colas interminables para enviar paquetes a sus hijos, que sostenían la moral de una ciudad que temía que la guerra llegara a sus calles. La serie Tiempos de guerra exagera romances, pero acierta en lo esencial: Melilla se sostuvo sobre manos femeninas.

El ritmo de la retaguardia

En las cabilas rifeñas, la retaguardia tenía otro ritmo, pero la misma lógica. Mientras los hombres combatían o se unían a la harka, las mujeres mantenían la vida cotidiana: cultivaban, cuidaban el ganado, transportaban agua, alimentaban a los camelleros que abastecían a los españoles, negociaban la supervivencia de sus familias en un territorio donde cada día podía cambiar la lealtad de una aldea. La guerra no se libraba solo en las alturas sino que se libraba en los pozos, en los mercados, en los patios donde las mujeres sostenían la economía doméstica que permitía que los hombres combatieran.

Y, sin embargo, en las más de mil páginas del Expediente Picasso, no aparece una sola mujer. No hay enfermeras, ni aguadoras, ni lavanderas, ni madres, ni viudas, ni niñas. No porque no estuvieran, sino porque el sistema militar no las veía. El informe disecciona con precisión quirúrgica la caída de Igueriben, la retirada de Annual, la falta de aljibes, la precariedad de las aguadas, la imposibilidad de sostener posiciones aisladas, la ausencia de reservas, la dispersión de fuerzas, la temeridad de los avances. Pero no menciona a quienes sostenían la vida mientras todo eso ocurría. La ausencia femenina en el documento no es un olvido: es un síntoma. La guerra se contaba desde el frente; la vida se sostenía detrás.

Enfermeras en la Retaguardia que prestaban servicio en los hospitales de Melilla y recibían a los soldados en la guerra del Rif.
Cruz Roja.

Annual, en ese sentido, es también un espejo. La columna que debía abastecer el campamento dependía de camiones que no podían subir pendientes del doce por ciento, de mulas que se despeñaban en barrancos, de convoyes de camellos contratados a precios exorbitantes, de caminos encajonados entre laderas dominadas por el enemigo. Pero detrás de esa cadena logística había otra, silenciosa, invisible, femenina: mujeres que preparaban comida para los transportes, que lavaban la ropa de los soldados, que atendían a los heridos que regresaban, que mantenían la vida en Melilla y en las cabilas. Cuando la columna se rompió, cuando el agua dejó de llegar, cuando Igueriben cayó por sed, cuando Annual se desmoronó, ellas fueron las primeras en recibir el impacto.

También hubo mujeres que contaron la guerra. Las primeras corresponsales españolas –Carmen de Burgos, Consuelo González Ramos, Teresa de Escoriaza- cubrieron la vida en Melilla, la moral de la población, el caos en los hospitales, la angustia de las familias, la dimensión social del conflicto. Ellas narraron lo que los partes militares no registraban: la guerra que se vivía en las calles, no en las posiciones. En concreto, Escoriaza ejercía la corresponsalía que hoy se conoce, iba al campo de batalla e informaba desde el lugar de los hechos tratando de humanizar el relato y describir el sufrimiento. Llegó a viajar en camiones, en burro, a caballo y sus ojos vieron el horror como el “camión de los muertos” donde identificó una mano debajo de la lona con de un camión con muertos en descomposición. En muchos casos sus firmas iban con pseudónimo, pero hay quien dice que no era un intento de ocultarse por ser mujer sino porque era lo que se llevaba en la época.

La Guerra del Rif fue una guerra sin mujeres en el frente. Pero fue una guerra imposible sin ellas en la retaguardia. Su ausencia en los documentos militares no borra su presencia en la historia: la ilumina. Porque allí donde los informes hablan de aguadas, caminos, convoyes y posiciones, había mujeres sosteniendo la vida cotidiana que permitía que la guerra continuara. Y cuando el sistema militar se derrumbó en Annual, ellas fueron las únicas que no pudieron retirarse.

Un siglo después, quizá la forma más justa de recordar aquella guerra sea reconocer el verdadero sostén de un territorio que nunca llegó a ser seguro. La historia militar no las nombró, pero la historia humana no puede olvidarlas.

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