“Mi carrera nunca fue un camino de rosas”, confiesa Ana Pérez (Sevilla,1997). Lo dice alguien que ha sido seis veces campeona de España de gimnasia artística, que ha acudido a los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro (2016) y Paris (2024), a seis campeonatos del mundo y a siete europeos. La misma que ha pasado diez veces por el quirófano -ha llegado a tener dos placas en el empeine y once tornillos- y que siempre sacó fuerzas de flaqueza para volver a un gimnasio vestida con su maillot. Han pasado 22 años desde que, siendo muy niña, la sevillana les dijo a sus padres que quería probar con un deporte que acababa de ver por primera vez. “Aquello me encantó, les pedí que me apuntaran, y desde entonces no he sido capaz de salir del gimnasio hasta ahora”, espeta.
Se va sin hacer ruido. Nada raro. Tampoco lo hizo a lo largo de toda su carrera deportiva pese a que sus éxitos apenas tuvieron eco en los medios de comunicación. “Era el momento de cerrar una etapa de mi vida y de comenzar otra”, se reafirma. Ha sido una decisión “muy meditada” a lo largo de los últimos meses “y también creo que muy acertada”. La parte positiva es que ha puesto punto y final también a todo lo que supone dejar de sufrir. “Gracias a Dios, desde que no entreno apenas tengo a dolores salvo en mi rodilla izquierda que me sigue dando guerra”. Ese dolor ha sido, sin duda, la principal razón de su adiós a la gimnasia, que no la única, “aunque, por suerte, de todo lo demás estoy bastante bien”.
Para entender mejor la carrera de obstáculos en forma de lesiones que ha tenido que sortear Ana Pérez durante más de dos décadas basta con remontarse a enero de 2021. “Fue cuando me rompí los dos pies”, recuerda. Un año antes, por motivo de la pandemia”, la cita olímpica de Tokio se había retrasado hasta el 8 de agosto de 2021. Tenía ocho meses por delante para tratar de recuperarse y una voluntad de hierro que le hacía soñar en lo imposible. Todo se torció desde el primer momento. La ingresaron en un hospital y estuvo tres días sola en la habitación porque coincidió con la tormenta “Filomena” y Madrid estaba colapsada por la nieve. Apenas se podía circular por la ciudad y el tráfico estaba muy restringido.
Ya fuera del hospital, permaneció un mes tumbada en una cama con los dos pies escayolados, “y cuando me pusieron la primera bota ortopédica comencé a bajar al gimnasio”. Entonces, solo faltaban siete meses para que se encendiera la llama olímpica. Mientras tanto, ansiaba encontrar cualquier cosa que le sirviera de motivación. “Lo único que quería es seguir en la cama porque, sinceramente, no me apetecía nada levantarme”. Era consciente de que “prácticamente” estaba clasificada para la cita olímpica y que, ni aun así, encontraba algo que le levantara el ánimo. “Entonces me agarré como un clavo ardiendo a la idea de recuperarme y decidí volver al gimnasio e ir retomando poco a poco mis entrenamientos, pero obviamente, sabiendo que era imposible ir a Tokio”, añade.
En mayo habla con su familia y les comenta que va a parar hasta septiembre. Ir a Japón se había convertido a esas alturas de 2021 en una quimera. “Necesitaba resetear”, reitera. Cumplió su promesa, y después del verano hizo una nueva intentona. Uno de los pies se resentía. Tuvo que consultar con un médico que le aconsejó que se sometiera a una nueva cirugía. “Al principio no quise operarme porque nadie me garantizaba que pudiera regresar a la competición en buenas condiciones”, asegura. Y rechazó el quirófano. Lo que ocurre es que después de las fiestas navideñas notó que su pie no mejoraba, así que tuvo que dar su brazo a torcer. Solo quedaban dos años para recuperarse y competir en condiciones en los Juegos Olímpicos de París. “Finalmente pude volver a entrenar, pero ya fue un camino muy duro el que tuve que recorrer durante más de dos años”, subraya.
La sevillana admite con cierta resignación que casi toda su carrera estuvo marcada por los continuos parones en forma de lesiones. Ya con siete años se rompió el brazo, y de esa fractura se derivaron otras dos porque el hueso no había terminado de soldarse. “Es que ya era un poco cabra loca por aquella época y me ponía a entrenar cuando aún seguía lesionada”, se justifica. Ese gen competitivo fue lo que le hizo estar presente en los Juegos Olímpicos de París. Arrastraba desde más de un año antes una lesión de rodilla, y pese a todo, consiguió la clasificación “cogida con pinzas y con mucho miedo de romperme antes de competir”. No logró colarse en las finales de aparatos ni del concurso completo en una competición donde la norteamericana Simone Biles se llevó tres de los cinco oros a los que aspiraba.
La dichosa rodilla izquierda le siguió llevando por el camino de la amargura durante mucho tiempo. Se volvió a operar y el dolor persistía. Su adiós a la gimnasia estaba cada día más cerca. “Al final la rodilla no respondió como pensábamos y que era absurdo seguir intentándolo porque era poner mi cuerpo en riesgo”, sostiene. Lo dice con mucha pena y algo de resignación. Pena porque lo que más le fastidia es que a su edad es cuando se adquiere un mayor nivel mental gracias al paso de los años “lo que te hace entender muchas cosas que antes no entendías porque eres más joven”. Y resignación “porque cuando tu cabeza está en el momento más dulce, el cuerpo no termina de acompañar”. Como ella misma reconoce: “al final, es ley de vida, y todos tenemos que pasar por eso”.
Aquella lesión de rodilla fue el primer aviso serio. “Me di cuenta de que el deporte se empezaba a acabar para mí”. Cualquier deportista es consciente de que algún día le llegará la hora de su despedida “aunque siempre lo veamos como algo muy lejano”. Ana Pérez trabajó mucho este aspecto con su psicóloga. Fue un proceso “lento” que aprovechó para ir formándose. “He ido buscando una transición para que cuando llegase el momento de cerrar una etapa no saliera del mundo del deporte con una mano delante y otra detrás sin tener otras cosas que hacer”, explica. Por eso se matriculó hace unos años en periodismo y cuando acabe la carrera le gustaría dedicarse a escribir sobre la gimnasia artística. “No hay nadie especializado en el tema y creo que es un punto fuerte que puedo explotar”, arguye.
Para llegar hasta donde lo hizo, todo se resume en una sola palabra: sacrificio. “Estamos hablando de un deporte al que necesitas dedicar muchas horas y hacer muchas repeticiones”. La sevillana entrenaba seis horas y media al día salvo los domingos y los jueves por la tarde. Llevar bien los estudios no parecía sencillo, si bien, según ella, “basta con organizarse bien y sacar tiempo de donde no lo hay”. Ese sacrificio no siempre tiene recompensa. “La gimnasia es a veces injusta porque te lo juegas todo en muy poco tiempo que puede ser minuto y medio, y eso en el ejercicio que más dura”. Todo lo contrario de lo que ocurre en el fútbol, donde se tiene más tiempo para enderezar el rumbo cuando las cosas se tuercen al principio ya que “si un equipo marca a los veinte minutos luego tienes otros setenta para tratar de igualar las cosas”.
La gimnasta andaluza siempre ha tenido la suerte de contar con el respaldo incondicional de sus padres “que me han apoyado mucho y siempre me han sabido escuchar”. Recuerda que después de cumplir su primer año en Madrid becada por la Federación la vida en el Centro de Alto Rendimiento (CAR) todo comenzó a hacérsele muy cuesta arriba en lo académico y en lo personal. Con 17 años echaba de menos a su familia. No fue la única vez que estuvo a punto de arrojar la toalla “lo que pasa es que al final siempre encontraba un objetivo nuevo por el que luchar”. Eso sí, nunca le faltó motivación para seguir adelante. “Esas cosas tienen que salir de uno mismo y nadie te puede ayudar”. Lo que tenía claro es que no quería retirarse obligada por las lesiones. “La clave -añade – es ir dando pasitos pequeños y marcándote objetivos pequeños para que hagas todo con más ganas y tratando de no desesperarme cuando las cosas no salgan del todo bien”.
Casualidades de la vida, el anuncio de su retirada se produce justo medio siglo después de la exhibición de la rumana Nadia Comaneci en los Juegos Olímpicos de Montreal (1976), al convertirse en la primera gimnasta en obtener un diez. “Todas hemos crecido con la referencia de Nadia y todas nos hemos fijado en ella porque buscábamos la perfección”. Ella, sin embargo, no tiene un referente específico. “Cada gimnasta tiene algo de lo que puedes aprender y es lo que siempre he intentado hacer”. De hecho, la sevillana ya desde cría se iba fijando en la forma de competir de sus rivales y visualizando sus ejercicios “para ir adaptándolos a lo que creo que a mí me podría funcionar”.
Si algo fastidia a un gimnasta que acude a una cita olímpica es no poder desfilar el día la inauguración por el estadio junto a sus compatriotas. Le ocurrió en Rio de Janeiro con Rafa Nadal de abanderado y en Paris con la regatista Tamara Echegoyen y el piragüista Marcus Cooper. Y es que los gimnastas siempre se estrenan al día siguiente. “Es obvio que nos hubiera gustado estar allí, pero vamos a competir, a dar lo mejor de nosotras mismas, y a estar lo más arriba posible en la clasificación”. Se quiera reconocer o no, la ceremonia inaugural cansa mucho a los atletas “y eso puede hacer que no rindas al día siguiente a tu mejor nivel”. Sí tuvo tiempo, en cambio, de fotografiarse en el comedor de la villa olímpica con grandes estrellas de la delegación española como Nadal o Pau Gasol. “Fue algo brutal coincidir con ellos y que siempre fueran tan amables para dejarse fotografiar con todo el mundo”, añade.
Echando la vista atrás, Ana Pérez no acierta a señalar qué le faltó para haber llegado aún más alto. “Es algo que jamás me he planteado”. Es más, se muestra un tanto pragmática. “Las cosas pasan como tienen que pasar y tengo la tranquilidad de que he hecho todo lo que estaba en mi mano con mi equipo técnico, fisios, médicos, psicólogos y nutricionistas, por lo que decir algo a toro pasado no tiene mucho sentido”, asevera. Y es que prefiere quedarse con todo lo bueno que ha vivido y con todo lo que ha aprendido y no darle vueltas a la cabeza. En lo que no piensa tanto una bética hasta la médula como ella es en ponerse la camiseta de su equipo para jugar al fútbol. “Es un deporte que me encanta solo verlo, pero ni me he plateado jugar porque el simple hecho de que me den un balonazo me da mucho miedo”, añade.
Para el recuerdo la anécdota que le ocurrió junto a sus compañeras de la selección durante los mundiales de gimnasia artística celebrados en Doha en 2018. Una de las componentes de la expedición, a la que no llega a identificar, descubrió que no había llevado el maillot con el que iba a competir el grupo. “Comprobamos que se lo había dejado en Madrid después de buscarlo todas como locas por el hotel y tuvimos que salir con uno diferente porque en el ejercicio por equipos es obligatorio que todas vayan iguales”, subraya. Es de las que cuenta el pecado, pero no el pecador.

