Cada año, con motivo del Día del Orgullo LGTBIQ+, el fútbol vuelve a poner sobre la mesa una realidad que sigue siendo difícil de pasar por alto. Mientras en el fútbol femenino cada vez es más frecuente ver a jugadoras compartiendo con naturalidad a sus parejas, celebrando bodas, anunciando la llegada de un hijo o mostrando su vida personal sin que eso desvíe la atención de su rendimiento deportivo, en el fútbol masculino la situación es muy distinta. En las grandes ligas continúa sin haber referentes abiertamente homosexuales en activo, un contraste que no responde a casos aislados, sino a una diferencia que se mantiene desde hace años y que refleja dos realidades muy distintas dentro del mismo deporte.
Una realidad ya normalizada
Si hay algo que caracteriza al fútbol femenino actual es la naturalidad con la que muchas de sus protagonistas muestran su vida personal. Uno de los ejemplos más conocidos es el de Mapi León, referente del FC Barcelona, e Ingrid Engen, que el verano pasado inició una nueva etapa en el Olympique de Lyon. Su relación lleva años siendo pública y ambas comparten con frecuencia imágenes de sus viajes, celebraciones y momentos cotidianos, convirtiéndose en una de las parejas más reconocibles del fútbol internacional.

Esa misma normalidad también quedó reflejada hace apenas unos días en la boda de Shei García, defensa del Real Madrid. La celebración reunió a numerosas futbolistas de la Liga F Moeve y de la selección española, entre ellas Alba Redondo, que asistió junto a su mujer, Cristina Monleón. Una imagen que hace no tanto tiempo habría acaparado titulares y que hoy forma parte de la absoluta normalidad dentro del fútbol femenino.

En las últimas semanas también ha sido noticia Lola Gallardo, histórica portera del Atlético de Madrid, tras anunciar que será madre junto a su esposa. Una noticia que fue recibida con felicitaciones por parte de clubes, compañeras y aficionados, reflejando el cambio que ha experimentado este deporte en los últimos años.
La lista de referentes continúa con Teresa Abelleira, centrocampista del Real Madrid, que mantiene una relación con Patricia Curbelo; Irene Paredes, capitana de la selección española, casada con Lucía Ybarra y madre de dos hijos; y Sandra Paños, exguardameta del FC Barcelona, que también ha compartido su vida sentimental sin convertirla en un asunto extraordinario.
Más que casos aislados, todas ellas representan una realidad cada vez más consolidada: en el fútbol femenino, la orientación sexual o la vida en pareja han dejado de ser noticia para convertirse simplemente en una parte más de la vida de las futbolistas.
Referentes por toda Europa
Lo que ocurre en España no es una excepción. En las principales ligas del mundo, numerosas futbolistas han convertido la visibilidad en algo cotidiano, demostrando que la orientación sexual no condiciona su carrera ni su papel dentro del equipo.
En Inglaterra, por ejemplo, Millie Turner y Lisa Naalsund, ambas jugadoras del Manchester United, mantienen una relación que comparten con naturalidad a través de sus redes sociales. Durante años, otro de los grandes referentes fue la pareja formada por Beth Mead y Vivianne Miedema, futbolistas del Manchester City, dos de las jugadoras más influyentes del panorama internacional.
También forman parte de esa generación de referentes Pernille Harder y Magdalena Eriksson, compañeras en el Bayern de Múnich y una de las parejas más consolidadas y conocidas del fútbol europeo, especialmente por su implicación en iniciativas relacionadas con la igualdad y la inclusión.
A ellas se suman Sam Kerr, una de las grandes figuras del Gotham City, y Kristie Mewis, centrocampista del West Ham United, que recientemente dieron la bienvenida a su primer hijo, así como Jess Carter y Ann-Katrin Berger, cuya historia ha sido un ejemplo de apoyo mutuo durante el tratamiento contra el cáncer que superó la guardameta alemana.

La lista continúa con Lena Oberdorf, centrocampista del Bayern de Múnich, que mantiene una relación con la internacional polaca Natalia Padilla, y con Christiane Endler, portera del Olympique de Lyon, que también ha compartido públicamente su vida sentimental y contrajo matrimonio recientemente.
Todos estos casos muestran que la naturalidad con la que las futbolistas viven sus relaciones personales no es una realidad exclusiva de España. Se trata de un fenómeno cada vez más extendido en el fútbol femenino internacional, donde compartir quién eres y con quién compartes tu vida ha dejado de ser una excepción para convertirse en algo completamente habitual.
¿Qué ocurre en el fútbol masculino?
Es precisamente al comparar ambas realidades cuando aparece la mayor diferencia.
Mientras el fútbol femenino cuenta con decenas de jugadoras que viven su orientación sexual con total naturalidad, en la élite masculina apenas existen referentes visibles. Basta con recorrer las principales competiciones europeas (LaLiga, la Premier League, la Bundesliga, la Serie A o la Ligue 1) para comprobar que no hay prácticamente ningún futbolista en activo que haya hecho pública su homosexualidad.
Esto no significa que nunca haya ocurrido. A lo largo de los años ha habido jugadores que decidieron compartir esa parte de su vida, aunque la mayoría lo hizo una vez finalizada su carrera profesional. Uno de los casos más conocidos es el del exinternacional alemán Thomas Hitzlsperger, que hizo pública su orientación sexual meses después de anunciar su retirada. También han existido ejemplos en categorías inferiores o en ligas con menor repercusión mediática.
Sin embargo, en el fútbol masculino de máxima élite el silencio continúa siendo la norma, una diferencia que contrasta de forma evidente con la realidad que vive desde hace años el fútbol femenino.
El peso de los estereotipos
La gran pregunta es inevitable: ¿por qué existe un contraste tan marcado entre el fútbol femenino y el masculino?
La respuesta, según coinciden numerosos especialistas y organizaciones que trabajan por la diversidad en el deporte, no pasa por una mayor presencia de personas LGTBIQ+ en una modalidad u otra, sino por el contexto en el que se desarrolla cada una. Todo apunta a que la diferencia reside, sobre todo, en el nivel de aceptación y en la seguridad que perciben quienes forman parte de ese entorno.
Durante décadas, el fútbol masculino ha estado condicionado por una concepción muy tradicional de la masculinidad. En ese escenario, hacer pública la orientación sexual puede suponer una exposición añadida, alimentada por el temor a los insultos desde la grada, la repercusión mediática, las posibles consecuencias comerciales o la incertidumbre sobre la reacción de aficionados, compañeros y clubes.
En el fútbol femenino, por el contrario, la cultura que se ha construido en los últimos años ha favorecido una mayor normalización. Es habitual ver a las parejas de las jugadoras en las gradas, acompañándolas en las celebraciones o formando parte de los momentos más importantes de sus carreras, sin que ello eclipse lo realmente relevante: su rendimiento sobre el terreno de juego.
Eso no significa que la homofobia haya desaparecido. Las propias futbolistas han denunciado en numerosas ocasiones episodios de discriminación y mensajes de odio. Sin embargo, el ambiente general es considerablemente más abierto e inclusivo, lo que ha permitido que muchas deportistas puedan mostrarse tal y como son con mucha más naturalidad que en el fútbol masculino.

