JUEGOS OLÍMPICOS

Montreal 1976, cuando la presencia de atletas españolas no llegaba al 10% en unos Juegos Olímpicos

Once mujeres cargaron sobre sus hombros el peso de representar a todo el deporte femenino español en una época llena de obstáculos

Hace justo medio siglo la presencia de atletas españolas en los Juegos Olímpicos de Montreal fue puramente testimonial. Durante mucho tiempo la participación de las mujeres en algunas disciplinas deportivas en la época franquista o estaba vetada o, simplemente, no era bien vista. No es extraño, por tanto, que un año después de la muerte del dictador acudiera a la cita olímpica un número equivalente a la de jugadoras de un equipo de fútbol, es decir, un total de once. La paridad estaba muy lejos de cumplirse hace 50 años. Las chicas solo representaron el 10 por ciento de la delegación española repartidas en las competiciones de atletismo, natación -incluidos los saltos de trampolín- y gimnasia artística. Faltaba casi otro medio siglo para que en París se produjera ese equilibrio real de cuotas por condición de género, y otros 16 años para que una española se subiera al pódium. La hazaña tiene nombre y apellido: Miriam Blasco, la judoca vallisoletana que obtuvo un oro en los Juegos Olímpicos de Barcelona (1992).

Por ver el vaso medio lleno, se puede aportar un dato un tanto engañoso. Y es que, si se compara la presencia de mujeres en Montreal con la de cuatro años antes en Múnich (María José Sánchez en gimnasia artística, Aurora Chamorro y Nieves Panadell en natación, Carmen Belén Núñez en salto y María Teresa Romero en tiro con arco), resulta que porcentualmente la cifra se dobló en la ciudad canadiense, puesto que se pasó de 4,1 por ciento en 1972 a un 10 por ciento en 1976. La comparativa respecto a anteriores eventos deportivos similares resulta un tanto irregular. En Roma (1960) se repitieron los mismos números que en Montreal, mientras que en Tokio (1964) se redujo a seis mujeres y en México (1968) tan solo a dos. Por tanto, en Canadá se restablecía una tendencia al alza.

El nombre de la corredora de 800 y 1.500 metros Carmen Valero forma ya parte de la historia más reciente del atletismo español. Junto a ella también estuvieron en Montreal las gimnastas María Jesús Alegre, María Jesús Fuster, Teresa Mas o las nadadoras Begoña Pérez, Carmen Bravo, María Jesús Llabrés, Gloria Callen y María Pellicer, así como las saltadoras de trampolín Carlota Ullrich y Ana María Martínez Sagi. Todas partían en condiciones desfavorables respecto a sus rivales en medios o infraestructuras para tener una preparación física adecuada. No es extraño que el nivel de las atletas de la Europa del Este o de las grandes potencias occidentales como Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia fuera inalcanzable para unas chicas que trataban de competir a base de corazón.

La atleta española, Ana María Martínez Sagi
EFE

Por contextualizar un poco cómo estaba el deporte femenino en España a principios de la década de los setenta, basta recordar la película “Pioneras, solo querían jugar” de Marta Díaz de Lope Díaz. La cinta refleja lo que ocurrió en 1970 en el madrileño campo de Boetticher cuando un grupo de mujeres trató de disputar un partido de fútbol ante un público repleto de machirulos que las insultaban y que hoy no tendrían cabida en ningún estadio. El promotor del evento fue detenido con la excusa de que el fútbol ponía en riesgo la maternidad de las jugadoras. Así estaban de mal las cosas. El régimen, para frenar el motín que se avecinaba, programó otro encuentro para un mes después con presencia femenina más glamurosa. Allí acudieron las más afamadas folclóricas de la época como Rocío Jurado, Carmen Sevilla o Lola Flores, que de buena o mala gana, contribuyeron a difundir la idea de que el fútbol femenino era poco menos que una frivolidad.

Con estos mimbres resultaba casi una heroicidad que una mujer quisiera practicar en España algún deporte. Valero era la excepción. Fue tan tenaz que se convirtió en la primera deportista española en competir en atletismo en unos Juegos Olímpicos. Nació el 4 de octubre de 1955 en Castelserás (Teruel) en el seno de una familia humilde y en una época en la que corrían malos tiempos para las chicas que quisieran equipararse a lo que hacían los hombres con camiseta, pantalón corto y zapatillas. Una ley promulgada nueve años antes por el delegado nacional de Deportes, el general José Moscardó, venía a limitar la participación de la mujer en actividades físicas controladas y alejadas siempre de la competición profesional o la exhibición pública. La ley fue derogada en 1957 por un político vinculado al falangismo como Antonio Elola-Olaso, pero la semilla de la desigualdad ya estaba plantada.

Existe unanimidad a la hora de afirmar que Valero fue, de largo, la mejor atleta española del siglo pasado. También justo ahora se cumplen 50 años de otra gesta protagonizada por la catalana que parecía inalcanzable en aquella época para una española: proclamarse campeona del mundo del cross, un título que consiguió revalidar al año siguiente. Era una mujer con alma y mucha garra, lo que le hizo ser diferente al resto de sus compañeras. Creía en la igualdad de sexos cuando nadie tocaba el tema ni de refilón. La segregación de género siempre a favor del hombre era en aquel entonces un tema tabú. Esas diferencias eran aún más sangrantes con las deportistas. Así que durante toda su carrera se encargó de denunciarlas y hacerlas visibles.

Carmen Valero
Carmen Valero en 1977

El trio de gimnastas Alegre-Fuster-Mas obtuvo un resultado bastante discreto. Su mejor premio fue haber sido testigos presenciales de lo que hizo una niña rumana de 14 años a la que muy pocos conocían en España. Hoy no hubiera podido repetir la hazaña a esa edad porque las nuevas normativas impiden competir a menores de 16 años. Era Nadia Comaneci, quien el 18 de julio de hace medio siglo dejó boquiabierto a más de medio mundo con su ejercicio en barras asimétricas. Fue tan perfecta la ejecución de todos sus movimientos que los jueces se rindieron a la evidencia y, por primera vez en la historia de unos Juegos Olímpicos, le dieron el 10. Su nota, que repitió en otras seis ocasiones en esa misma competición, pilló de improviso a tanta gente que ni el fabricante del marcador (Omega) la tenía contemplada. De hecho, su actuación fue calificada con un 1,00, la manera que más se asemejaba al 10.

En natación, las españolas también fueron unas privilegiadas al poder presenciar in situ a la otra estrella de aquellos Juegos Olímpicos, Kornelia Ender. La rubia alemana de la antigua RDA venía de obtener tres platas en Múnich y quería desquitarse de aquello de la mejor manera posible. Y lo consiguió. Se colgó cuatro otros en los 100 y 200 libres, en los 100 mariposa y en 4 x 100 estilos. El mundo de la natación todavía no ha olvidado aquel 22 de julio de 1976 cuando Ender fue capaz de subirse a lo más alto del pódium en los 100 mariposa y en los 200 libres con apenas 25 minutos de diferencia y batiendo el récord del mundo en ambas modalidades. Con ocho metales (cuatro oros y cuatro platas), y después de haber conquistado 27 récords del mundo, decidió ese mismo año poner fin a su carrera deportiva.

La nadadora olímpica Kornelia Ender
Wikipedia

Por seguir viendo el vaso medio lleno, las cosas pintaban aún peor para el sexo femenino en 1896 cuando el barón Pierre de Coubertain impulsó la reedición de los Juegos Olímpicos en la era moderna donde se reservaba la competición exclusivamente a los hombres, una cuestión que se corrigió cuatro años después en Paris. “El deporte femenino no es práctico, ni interesante, ni estético, además de incorrecto”, comentó el noble francés en más de una ocasión.

En realidad, el reglamento aprobado por los organizadores no incluía ninguna prohibición expresa a la participación de mujeres. Lo que hicieron de una forma más o menos ingeniosa fue vetar su presencia en las 43 pruebas correspondientes a las nueve modalidades que se disputaron en Atenas. La exclusión tenía carácter oficial y no contemplaba excepciones. Es siempre en estas situaciones adversas cuando aparece alguien que consigue dejar en evidencia a los censores. En aquella ocasión le tocó el turno a la griega Stamata Revithi, a quien se prohibió disputar el maratón masculino. ¿Y qué se le ocurrió? Al día siguiente de la prueba corrió por el mismo trazado los 42.195 metros de manera extraoficial. Completó la distancia en unas cinco horas y media, aunque no pudo entrar en el estadio para cruzar la meta oficial.

En España hubo que esperar un cuarto de siglo para ver competir a las primeras mujeres en París (1924). Las tenistas Lilí Álvarez y Rosa Torras fueron las pioneras. Había otras dos jugadoras inscritas, pero nunca llegaron a competir, Isabel Fonrodona y María Luisa Marnet. Pasaron 36 largos años y seis citas olímpicas (Ámsterdam, Los Ángeles, Berlín, Londres, Helsinki y Melbourne) para volver a ver un rostro femenino en la ceremonia inaugural de unos Juegos Olímpicos. Así las cosas, cabe destacar que desde 1972 la representación de mujeres ha ido en aumento. De ese 4,1 por ciento en Múnich, se pasó a un 9,9 por ciento en Montreal y a un 32,2 por ciento en Montreal. En el siglo XXI la tendencia al alza es irrefutable teniendo en cuenta las dos últimas citas olímpicas Tokio (42,5 por ciento) y París (50,3) por ciento).

La deportista española, Lilí Álvarez
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Los Juegos Olímpicos de París 2024 marcaron un hito histórico al convertirse en los primeros que se celebran en verano con paridad de género en la asignación de plazas para los atletas ya que el Comité Olímpico Internacional (COI) había reservado un 50 por ciento de las cuotas para mujeres y la misma proporción para los hombres. Finalmente compitieron en total 5.300 representantes del sexo femenino (49 por ciento) y 5.513 del masculino (51 por ciento). Además, se mantuvo la norma introducida en Tokio 2020 que permite que cada delegación designe dos abanderados, una mujer y un hombre, para la ceremonia inaugural.