Aránzazu Santolaya pertenece a la sexta generación de relojeros de su familia y, aunque dedica sus días a restaurarlos, la mayor parte del tiempo no lleva ninguno. Se cumple en su caso aquello de “en casa de herrero, cuchillo de palo”, aunque confiesa que tiene muchos y que siente especial predilección por los relojes vintage.
La historia de su familia comenzó en La Rioja, continuó en Almazán, Soria, y desde 1954 cuenta con un taller en Madrid. Aránzazu, pese a haber crecido rodeada de relojes, no tuvo vocación por el oficio desde niña. Fue al terminar la universidad cuando empezó a plantearse continuar con la tradición familiar. “Terminé mis estudios universitarios en 2012. En un contexto laboral complicado (muchos de mis amigos yéndose fuera de España a trabajar) y con la incertidumbre propia de quien acaba de terminar sus estudios me planteé aprender relojería por primera vez tras un verano con mi familia viendo a mi padre trabajar en su taller.

Hasta entonces, pese a haber crecido rodeada de relojes, no me había surgido esa inquietud. Tampoco nadie en la familia nos presionó nunca a mi hermana ni a mí para continuar con el oficio. Por lo que, cuando les dije que quería aprender, se sorprendieron, pero fue bien acogido; me instaron a formarme durante esos primeros años antes de comenzar a trabajar y continuar la formación en el taller familiar”.
Sus clientes, a veces, se sorprenden al ver a una mujer frente al negocio. “En mi caso nunca sentí que ser mujer fuera un obstáculo dentro del taller familiar, pero sí he notado alguna vez cierta sorpresa por parte de clientes o proveedores al ver que quien lleva el negocio y hace las restauraciones soy yo. Afortunadamente, la mayor parte de las veces esa sorpresa es positiva”.
Una vocación heredada
Sus primeros pasos en el taller estuvieron marcados por la emoción de descubrir cómo funcionaban aquellas piezas que la habían rodeado desde pequeña, pero también por el respeto que exige trabajar con mecanismos delicados y, muchas veces, imposibles de reemplazar. “Fue una mezcla inmensa de sensaciones: emoción, las primeras veces desmontando un reloj que no funciona, intentando entender la lógica detrás del mecanismo; la emoción de escuchar el tic tac por primera vez. Cautela y respeto por la fragilidad de muchos componentes y, en gran parte de los casos, la imposibilidad de reemplazarlos si se rompen o pierden.
De mi padre he aprendido paciencia, la capacidad de observar cada detalle y entender qué rol tiene eso en la función; pero, sobre todo, pasión y amor por el oficio”.
Las nuevas tecnologías han facilitado algunos procesos, pero la restauración sigue siendo un trabajo fundamentalmente manual. “En Madrid llevamos desde 1954, pero la familia inició su trayectoria antes: primero en La Rioja y después en Almazán, Soria.

Puede ser chocante, pero en esencia nuestro oficio no ha cambiado tanto. Estamos especializados en restauración y es un proceso muy manual. Implementamos nuevas tecnologías o herramientas que facilitan algunos procesos; por poner un ejemplo, en la limpieza de los componentes pasamos de ser totalmente manual a utilizar máquinas de ultrasonidos o lavadoras específicas para relojería con líquidos también formulados para este uso, pero no por ello deja de ser necesario, con mucha frecuencia, hacerlo de forma manual. Actualmente ha cambiado mucho la facilidad de documentar el proceso con cámaras o móviles, frente a lo poco ágil que podía ser esto en el pasado”.
Valor sentimental en cada reloj
Por las manos de Santolaya pasan piezas cuyo valor no siempre puede medirse en dinero. Son tesoros que guardan historias familiares, algunas de película.
“Muchas veces, la dificultad no está en la complejidad de la pieza, sino en el estado en el que está. Los trabajos más complicados con frecuencia son los que tuvieron intervenciones inadecuadas previamente y es necesario revertirlas para recuperar la función de la pieza. En este caso, muchas veces no son los trabajos más vistosos o emocionantes de recordar; pero siempre es emocionante y un orgullo trabajar con piezas relevantes a nivel patrimonial o sentimental para los clientes, pues es una responsabilidad y te sientes parte de su historia. En ese caso, es muy bonito cuando trabajo en piezas en las que previamente trabajaron mis antepasados: a lo mejor hace 20 años lo restauró mi padre, hace 40 mi abuelo, y ahora está en mis manos.
A nivel concreto, una pieza que me viene ahora a la cabeza por la ilusión que me hizo su historia: es un reloj Bulova del abuelo de un amigo. Cuando su abuelo falleció se lo entregaron, y un día lo perdió. Estuvo años buscando uno similar en internet, hasta que un día, encontró exactamente el que había perdido, en venta. Reconoció inmediatamente que era el suyo por las marcas y golpes que conservaba exactamente en los mismos lugares. Lo compró, y me lo trajo a reparar, con su historia. Formar parte de la historia de estas personas me parece precioso”.
Cuando un reloj llega al taller, es importante conocer algunos detalles como saber de dónde procede, qué cuidados ha recibido o qué daños ha sufrido. “El primer paso es una conversación con el propietario: entender el pasado de la pieza, qué cuidados ha tenido o si ha sufrido daños accidentales. Eso nos da mucha información para guiar el resto del proceso. Continuamos con una inspección visual del estado general para, poco a poco, pasar a una más exhaustiva en la que vamos localizando posibles fallos que requieran intervención. Posteriormente, planificamos los trabajos, los ejecutamos y realizamos controles para comprobar que funciona correctamente.

Para determinar su época, después de ver tantos relojes, hay bastante olfato o intuición, pero previamente ha habido mucho estudio. Si tenemos cualquier duda, nos ayudamos de libros de referencia o contrastamos con compañeros. Tenemos una buena colección de libros de relojería y acceso a publicaciones de diversas revistas del sector en las que se investiga sobre relojes y relojería”.
Santolaya se ha formado tanto en las técnicas tradicionales de relojería como en investigación de antigüedades y conservación del patrimonio. Conocimiento histórico y artesanía son, para ella, inseparables. “Van de la mano, es necesario rigor y base teórica, pero sin muchas horas de taller, no es posible alcanzar buenos resultados. Puedes haber leído todos los libros del mundo sobre el tema, pero sin adquirir la sensibilidad y técnica manual necesarias, creo que no se puede ser capaz de ejecutar los trabajos correctamente”.
Pese a que podemos ver la hora a través del móvil, los relojes mecánicos y antiguos nunca pasan de moda. “Los relojes actualmente, aunque sean instrumentos para medir la hora, aportan otro tipo de significados a quien los lleva o los tiene en casa: ya sea legado familiar y conexión con un objeto con carga emocional, valor decorativo, estatus o identificarse con lo que transmite una marca o diseño concreto… Todo eso va mucho más allá de saber la hora, que, como dices, se puede hacer actualmente hasta en el horno. Hay fascinación en la belleza, en el trabajo artesanal y tecnológico que hay detrás, y en lo que dice este objeto del desarrollo de la humanidad; cómo el reloj y las mejoras en precisión nos han traído, de alguna manera, al mundo que vivimos ahora”.
Incertidumbre sobre el futuro del oficio
A Santolaya le preocupa el futuro de un oficio en peligro de extinción. “Esos conocimientos están recogidos en manuales y libros, pero lo que no se puede recoger es la experiencia de taller, el acompañamiento, la comunidad. Me preocupa que cada vez queden menos profesionales y la profesión de alguna manera sea una rareza, con muy pocos lugares en donde formarse o conocer el oficio. Cuando llegan a tus manos piezas con siglos de antigüedad que todavía conservan su función y han sido cuidadas a lo largo de su historia por muchas personas… es un oficio que te mantiene muy conectado con el paso del tiempo, tanto por trabajar con objetos que lo miden como por todo el peso que estos objetos tienen a sus espaldas, por lo que pensar en su futuro es algo que está muy presente en mí, en preservarlos durante muchos años más”.
Relojes que han pasado de unas manos a otras, que conservan las huellas de quienes los llevaron y que, Aranzazu, se encarga de insuflarles más horas de vida.

