Elon Musk quiere atacar uno de los nuevos cuellos de botella provocados por la carrera mundial de la inteligencia artificial: conseguir suficiente electricidad para alimentar los gigantescos centros de datos que están construyendo las principales tecnológicas. Su respuesta pasa por SpaceX y por llevar dentro de la compañía la fabricación de algunas de las piezas más difíciles de producir de una turbina de gas.
SpaceX está desarrollando en Bastrop, Texas, una nueva fundición destinada a fabricar álabes y toberas para turbinas industriales. No supone fabricar íntegramente las turbinas, pero sí controlar uno de sus componentes más complejos y escasos.
Según Musk, eliminar ese obstáculo industrial permitiría acelerar hasta en 18 meses la entrada en funcionamiento de nuevas turbinas. El beneficio para la infraestructura de inteligencia artificial sería evidente. La contrapartida es igualmente clara: más turbinas disponibles pueden significar también más generación eléctrica mediante gas y, por tanto, nuevas emisiones contaminantes.
Elon Musk quiere fabricar internamente la pieza crítica
Las propias ofertas de empleo de SpaceX han permitido conocer el proyecto. La compañía busca ingenieros para una nueva fundición de álabes y toberas en Bastrop y profesionales especializados en fundición de precisión, automatización y mecanizado de superaleaciones capaces de soportar temperaturas extremas.
La dificultad de estas piezas explica por qué Elon Musk ha puesto el foco sobre ellas. Los componentes que trabajan en la zona más caliente de una turbina deben resistir condiciones extraordinariamente exigentes durante miles de horas.
Para conseguirlo se utilizan superaleaciones, canales internos de refrigeración, recubrimientos térmicos y técnicas de fundición extremadamente sofisticadas. Algunos de los álabes se producen como una única estructura cristalina, evitando las fronteras microscópicas entre cristales que pueden convertirse en puntos débiles bajo enormes cargas térmicas.
SpaceX ya posee experiencia trabajando con materiales y procesos industriales avanzados. Musk pretende trasladar ahora esa capacidad a un sector donde los fabricantes tradicionales afrontan una demanda excepcional.
La inteligencia artificial necesita cada vez más electricidad

La estrategia responde a un problema que empieza a condicionar el crecimiento de la inteligencia artificial. No basta con fabricar más chips de Nvidia o construir enormes edificios llenos de servidores. También hay que conseguir electricidad suficiente para mantenerlos funcionando.
La Agencia Internacional de la Energía calcula que el consumo mundial de los centros de datos podría acercarse a los 945 TWh en 2030, aproximadamente el doble que en 2024.
La presión ya se percibe en fabricantes como GE Vernova. Su cartera de equipos de generación mediante gas y reservas de capacidad alcanzó 116 GW en el segundo trimestre de 2026, y la compañía está incrementando progresivamente su producción.
Para Elon Musk, el gas natural será necesario durante varios años para complementar el enorme despliegue de energía solar que proyectan sus compañías.
Construir centrales propias para no esperar a la red
El fenómeno va mucho más allá de Musk. Las grandes empresas tecnológicas buscan soluciones para evitar que los retrasos en las conexiones eléctricas frenen sus centros de datos.
Una de las alternativas consiste en instalar generación eléctrica directamente junto a las instalaciones. El gas ofrece una ventaja fundamental para ese modelo: puede producir electricidad de forma continua independientemente de las condiciones meteorológicas.
El resultado es una nueva carrera industrial. Mientras las tecnológicas mantienen sus inversiones en solar, eólica, almacenamiento y nuevas tecnologías nucleares, el gas vuelve a ganar importancia como solución capaz de proporcionar grandes cantidades de potencia en plazos relativamente cortos.
La fundición de SpaceX pretende precisamente recortar uno de esos plazos.
El precedente de xAI y las turbinas de Memphis

Pero esa estrategia tiene una vertiente ambiental que Elon Musk conoce de primera mano. xAI ya ha recurrido a turbinas de gas para suministrar electricidad a sus enormes centros de datos Colossus en el área de Memphis.
El uso de estos equipos desencadenó una fuerte oposición de organizaciones ambientales y de derechos civiles. La NAACP y otras entidades han cuestionado judicialmente diferentes instalaciones y permisos, alegando incumplimientos de la legislación estadounidense sobre calidad del aire.
Las turbinas de gas pueden emitir óxidos de nitrógeno, partículas y otros contaminantes derivados de la combustión. La intensidad depende de factores como el modelo de turbina, las horas de utilización, el combustible y los sistemas instalados para controlar las emisiones.
El conflicto ha adquirido especial importancia porque algunos de estos centros de datos se encuentran cerca de comunidades que ya soportan otras fuentes industriales de contaminación.
Hasta 99 millones en daños sanitarios estimados en Virginia
El debate tampoco se limita a las empresas de Musk. Un análisis encargado por el Piedmont Environmental Council examinó el impacto potencial del sistema eléctrico previsto para un centro de datos de Vantage en Virginia, formado por ocho turbinas de gas y decenas de generadores diésel.
Utilizando el modelo COBRA de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense, el estudio estimó que las emisiones autorizadas podrían provocar entre 53 y 99 millones de dólares anuales en daños relacionados con la salud.
El cálculo incluye efectos estadísticos sobre mortalidad prematura, problemas respiratorios, ingresos hospitalarios y pérdida de productividad. Se trata de una estimación basada en modelos de contaminación y población expuesta, no de casos sanitarios ya registrados.
El dilema detrás del plan de Musk

La iniciativa de SpaceX resume uno de los grandes problemas de la actual carrera por la inteligencia artificial. La industria puede fabricar ordenadores cada vez más potentes, pero necesita construir al mismo tiempo una infraestructura energética gigantesca.
Elon Musk pretende resolver una parte del problema eliminando una dependencia industrial: si SpaceX consigue fabricar a gran escala los componentes más complejos de las turbinas, nuevas plantas podrán entrar en funcionamiento antes.
La paradoja es que esa misma aceleración puede multiplicar el número de instalaciones de gas construidas para alimentar la inteligencia artificial. Musk podría haber encontrado una forma de reducir uno de los mayores cuellos de botella energéticos del sector. Pero hacerlo también reabre una pregunta mucho más incómoda: cuánto coste ambiental está dispuesta a asumir la carrera por conseguir cada vez más potencia de computación.

