Rosa Rasco creció rodeada de motores, herramientas y coches averiados en Minas de Tharsis (Huelva), donde su padre trabaja como mecánico. Por eso, continuar en el oficio es para ella de lo más natural. Aunque todavía se vean pocas mujeres en un taller y haya quien se sorprenda al verla con las manos manchadas de grasa. Tiene claro que va a continuar la saga de mecánicos en la familia.
“Desde pequeña me ha gustado el mundo del motor, y lo he vivido teniéndolo en familia todos los días, con mi padre por eso sigo formándome para llegar lo más lejos posible”.
La mecánica sigue siendo una profesión muy masculinizada, aunque Rosa percibe que poco a poco algo está cambiando. Cada vez encuentra a más mujeres interesadas en estudiar y trabajar en lo mismo que ella.
“Cada vez hay más chicas y es de las cosas que más me orgullece ver a mujeres trabajando y estudiando”.

En su entorno, su decisión nunca resultó extraña. Quienes la conocen siempre la relacionaron con ese mundo. Lo raro hubiera sido dedicarse a otra cosa. “Mi entorno reaccionó muy bien porque llevo desde pequeña viendo a mi padre trabajar de ello, y todas las personas de mi entorno siempre me dicen que es normal que me dedique a ello después de tantos años yendo al taller a ver a mi padre trabajar”.
Todavía le sorprende la complejidad que existe detrás del trabajo diario en un taller. La mecánica exige un aprendizaje constante.
“Lo que más me llamó la atención es la forma de trabajar, la manera de entender la mecánica abiertamente y no todo es tan fácil como se ve desde fuera, para entenderlo tiene que gustarte mucho e interesarte por todo”.
En el taller, disfruta especialmente de arreglar averías, conseguir que el motor que entra gripado vuelva a funcionar a la salida. Es la magia del taller.

“Lo que más me gusta del trabajo a diario que observo en el taller es que entre un coche bastante averiado y se solucione, y salga funcionando, aprender continuamente de las cosas que hacen, el ambiente la sensación de resolver problemas, aunque repitas tareas, cada avería es distinta. Un día tocas frenos, otro electrónica, diagnosis, embragues o aire acondicionado”.
La sorpresa al verla de algunos clientes todavía forma parte de la rutina. Muchos reconocen que nunca antes habían visto a una mujer mecánica.
“Los clientes reaccionan bien, la frase más repetida del día a día es ‘la primera vez que veo una mujer mecánica’ ‘y ¿te gusta esto?’ a lo que yo siempre respondo que si”.
Pese a ello, nunca ha sentido desconfianza hacia su trabajo por ser mujer y siempre ha recibido un trato respetuoso. “No, nunca me ha pasado. Ningún cliente ha dudado de mí por ser mujer. Siempre he intentado hacer mi trabajo de la mejor manera posible y demostrar que soy responsable y profesional. Creo que cuando trabajas bien y tienes confianza en ti misma, la gente lo valora más que el hecho de ser hombre o mujer”.

Pese a la sorpresa inicial, nunca ha recibido comentarios fuera de lugar dentro del sector. “No me he sentido discriminada ni he recibido comentarios machistas dentro del sector. La verdad es que siempre me han tratado con respeto y han valorado mi trabajo de forma profesional”.
Aun así, cree que todavía persisten algunos prejuicios. “Aunque la sociedad ha cambiado mucho y ahora hay más igualdad, todavía hay personas que piensan que ciertos trabajos son más para hombres que para mujeres. Sin embargo, cada vez más mujeres demuestran que pueden hacer el mismo trabajo igual de bien”.
Por eso, anima a otras jóvenes que sienten interés por este oficio a no frenarse por la inseguridad o la falta de experiencia.
“No hace falta que te sientas preparada al 100 % para empezar. Muchísima gente entra en mecánica sin saber casi nada, y se aprende trabajando y practicando. Lo importante es que te guste de verdad y tengas ganas de aprender”. Es el lema que pone en práctica Rosa cada día. Y le ha funcionado.

