Directivas

Volver de vacaciones sin volver a la locura: siete decisiones para que una directiva termine el año sin apagarse por el camino

Septiembre no exige más velocidad, sino mejores decisiones: recuperar prioridades, delegar, escuchar, cuidar de una misma y dejar atrás la necesidad de poder con todo

Mujer sufre de estrés en el trabajo
Mujer sufre de estrés en el trabajo

Hay una escena que se repite cada septiembre.

Vuelves de vacaciones con algo más de luz en la cara, unas cuantas fotografías preciosas en el móvil, quizás algún propósito nuevo y la secreta esperanza de mantener durante unas semanas esa sensación de calma que tanto te ha costado conseguir.

Abres el correo.

Y se acabó la magia.

476 emails por responder. 12 post-its urgentes en tu mesa. Reuniones. Presupuestos. Objetivos. Colegio. Agenda. Clientes. Viajes. Equipo. Familia. WhatsApps. Cierres. Hablan de conciliación en la radio pública. No sabes si reír o llorar.

Problemas que inexplicablemente han sobrevivido perfectamente sin ti durante agosto y ahora parecen necesitar una solución antes de las 11:30.

Y aparece esa sensación tan conocida:

“Otra vez tengo que llegar a todo.”

Pues no.

Quizá el gran reto de una mujer directiva en el último tramo del año no sea llegar a todo. Quizá sea decidir a qué merece realmente la pena llegar.

Después de muchos años trabajando con CEOs y equipos directivos, hay algo que tengo cada vez más claro: septiembre no necesita más velocidad. Necesita mejores decisiones.

Si tuviera delante a una directiva que quiere terminar el año orgullosa de sus resultados, pero también de cómo los ha conseguido, le propondría estas siete.

No vuelvas a tu agenda. Vuelve a tus prioridades.

Antes de responder correos, pregúntate algo mucho más importante:

¿Qué tres cosas tendrían que ocurrir de aquí a diciembre para que yo dijera: “Ha sido un buen año”?

Tres.

No quince.

No todo puede ser prioritario, porque cuando todo es prioritario absolutamente nada lo es.

Reserva una hora contigo misma. Sin teléfono. Sin equipo. Sin PowerPoint.

Y decide qué quieres proteger, qué quieres conseguir y qué ya no estás dispuesta a seguir cargando.

A veces dirigir también consiste en dejar cosas en el suelo. Decidir implica renunciar, como cuando te casas.

No confundas ser necesaria con ser imprescindible

Hay directivas extraordinariamente capaces que han construido sin querer una pequeña cárcel alrededor de su talento.

Todo pasa por ellas. Todo lo revisan. Todo lo solucionan. Todo el mundo pregunta.

Y eso puede parecer liderazgo.

Hasta que descubres que simplemente eres el cuello de botella más cualificado de la compañía. Y tu médico de confianza lo sabe y lo ve en tus analíticas.

Un equipo que no puede funcionar sin ti no demuestra lo buena que eres. Demuestra todo lo que todavía tienes que delegar.

Este último tramo del año puede ser un magnífico momento para regalar responsabilidad.  A lo Santa Claus, sin faldas y a lo loco.

Delegar no es abandonar.

Es confiar. Y es vivir, es respirar.

Dirige personas, no generaciones

Probablemente en tu equipo convivan profesionales que esperan cosas muy distintas del trabajo.

Algunos buscan estabilidad y reconocimiento a su experiencia. Otros quieren retos, autonomía y crecimiento. Otros necesitan disfrutar del camino.

Y los más jóvenes preguntan cada vez más para qué sirve aquello que están haciendo. No intentes motivarlos a todos con el mismo discurso.

Escúchalos. Pregunta:

“¿Qué tendría que pasar en estos cuatro meses para que sintieras que has crecido?”

Las respuestas te sorprenderán.

El mejor liderazgo intergeneracional no consiste en aprender cuatro etiquetas.

Consiste en desarrollar la sensibilidad suficiente para entender qué mueve a la persona que tienes delante.

No reserves la empatía para los demás

Las buenas directivas suelen ser especialmente hábiles detectando cuándo alguien de su equipo está cansado, preocupado o sobrepasado. Esa sensibilidad es innata, hace décadas que lo observo en mis clientas.

Lo curioso es que muchas tardan bastante más en detectarlo cuando les sucede a ellas.

Si una colaboradora brillante te dijera que lleva semanas durmiendo mal, enlazando reuniones, llegando tarde a casa y sintiendo que no alcanza a todo, probablemente le pedirías que revisara prioridades.

Hazte el mismo favor.

No puedes construir bienestar organizacional sobre tu propio agotamiento.

Cuidarte no compite con tus resultados.

Los hace sostenibles.

Es como cuando eres consciente que te dices unas barbaridades a ti misma que jamás le dirías a un amigo. Tiempo para cambiar.

Crea pequeños momentos de humanidad 

Estamos obsesionados con los grandes programas de cultura y olvidamos que una cultura se construye en conversaciones de cinco minutos.

Preguntar de verdad:

“¿Cómo estás?”

Reconocer:

“He visto lo que has hecho y quería darte las gracias.”

Decir:

“Confío en ti.”

Admitir:

“En esto me he equivocado.”

O simplemente escuchar sin mirar el teléfono.

No cuestan presupuesto.

Pero construyen algo muchísimo más valioso: confianza.

Las personas pueden olvidar una reunión. Difícilmente olvidan cómo las hiciste sentir.

Deja de intentar ser la directiva perfecta

No existe.

Como tampoco existe la madre perfecta, la pareja perfecta, la amiga perfecta ni esa mujer maravillosa que hace deporte cinco veces por semana, duerme ocho horas, dirige una compañía, cocina orgánico, lee dos libros al mes y todavía tiene tiempo para ordenar los armarios por colores.

Si existe, por favor, que me llame. Que la ficho o me divorcio, o las dos.

La exigencia puede ser una extraordinaria compañera de viaje.

La autoexigencia descontrolada, no. Y sale de una necesidad de reconocimiento no cubierta desde décadas.

Permítete cambiar una frase.

En lugar de:

“Tengo que hacerlo todo bien.”

Prueba con:

“Voy a hacer extraordinariamente bien lo que realmente importa.”

No parece un gran cambio.

Lo es.

Decide también cómo quieres sentirte el 31 de diciembre

En las empresas medimos ventas, EBITDA, cuota, margen, conversión, productividad y cualquier cosa susceptible de terminar dentro de una hoja Excel.

Perfecto.

Pero añade un KPI personal.

Cuando llegue diciembre:

¿Quieres sentirte orgullosa?

¿Tranquila?

¿Conectada con tu familia?

¿Con energía?

¿Habiendo desarrollado a alguien?

¿Habiendo aprendido?

¿Habiendo tenido tiempo para ti?

Porque puede ocurrir algo bastante absurdo: alcanzar todos los indicadores profesionales y suspender tu propio año.

Y ningún bonus compensa determinadas pérdidas.

Terminar bien el año no consiste solamente en cumplir el presupuesto, consiste también en cumplir el “porsupuesto”, tus innegociables, los tuyos, no los del fondo de inversión ni los de tu jefe.

Consiste en llegar a diciembre pudiendo mirar hacia atrás y reconocer que has avanzado profesionalmente sin alejarte de ti misma.

Creo profundamente en un liderazgo que no obliga a escoger entre humanidad y exigencia.

Puedes exigir y cuidar.

Puedes tener ambición y sensibilidad.

Puedes dirigir y escuchar.

Puedes crecer sin atropellar.

Puedes alcanzar resultados extraordinarios sin convertir tu vida en el precio que tienes que pagar por ellos.

Y quizá esa sea una de las grandes revoluciones pendientes del mundo directivo.

Dejar de admirar a quien presume de no tener tiempo para nada, esas personas que se piensan importantes por tener una agenda llena, qué equivocadas están ¡carajo!

Y empezar a admirar a quien ha aprendido a decidir para qué merece la pena tenerlo.

Porque una gran directiva no es la mujer que puede con todo.

Es la que ha aprendido que no tiene por qué hacerlo.

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