Mucho antes de que Ramón García se convirtiera en uno de los rostros más reconocibles de la televisión española, sus veranos transcurrían lejos de los platós, las Campanadas y las pruebas del Grand Prix. El presentador encontraba su refugio en Laredo, una villa marinera de Cantabria donde pasaba largas temporadas junto a sus hermanas y sus abuelos.
Los recuerdos de aquellos años permanecen profundamente ligados a la localidad. Ramón García ha contado que salía de Bilbao al terminar el colegio y no regresaba hasta mediados de septiembre. Eran casi tres meses de vacaciones en los que el tiempo parecía avanzar de otra manera, entre paseos en bicicleta, amigos, días de playa y tardes de lluvia.
El propio comunicador ha comparado aquella etapa con una mezcla de Verano Azul y Cuéntame cómo pasó. Una infancia marcada por la libertad de salir a la calle, recorrer el pueblo sin grandes preocupaciones y mantener amistades que, en algunos casos, han sobrevivido al paso de las décadas.
Los veranos interminables de Ramón García

La relación de Ramón García con Laredo no nació de una visita ocasional. Durante años, el presentador convirtió la localidad cántabra en el escenario habitual de sus vacaciones familiares. Allí descubrió una forma de vida alejada del ritmo urbano de Bilbao y construyó buena parte de sus recuerdos de infancia.
En los días soleados, el plan pasaba por acercarse a la playa, montar en bicicleta y compartir las horas con otros niños. Cuando aparecía la lluvia, algo frecuente en la costa cantábrica, las katiuskas y las partidas de juegos de mesa sustituían al mar. Las vacaciones no dependían de grandes viajes ni de una programación constante, sino de la vida cotidiana del pueblo.
El vínculo se extendía también a otras localidades próximas, como Noja e Isla, aunque Laredo ocupó un lugar central en aquellos veranos. La villa ofrecía todo lo que una familia necesitaba: una playa enorme, calles llenas de actividad, un puerto y un casco antiguo donde todavía era posible reconocer la huella de siglos de historia.
Ese paisaje personal adquiere ahora un significado especial. Ramón García ha quedado asociado para varias generaciones al verano televisivo gracias al Grand Prix, pero sus propios veranos fueron mucho más sencillos. Antes de la vaquilla, las pruebas y los pueblos enfrentados en televisión, estuvo la bicicleta, la lluvia y la arena de Laredo.
La Salvé, una de las playas más extensas de Cantabria
Uno de los grandes símbolos de la localidad es la playa de La Salvé. Aunque el titular suele resumir su longitud en casi cuatro kilómetros, los datos turísticos oficiales la sitúan en aproximadamente 4.250 metros. El arenal se extiende desde la zona del antiguo puerto hasta El Puntal, frente a la bahía de Santoña.
La playa tiene una anchura media cercana a los 120 metros y combina arena fina y dorada con zonas de dunas. Su enorme extensión permite contemplar el Cantábrico desde una franja de costa que parece no terminar nunca, especialmente durante la bajamar.
La Salvé es una playa urbana, pero sus dimensiones hacen que conserve una sensación de amplitud incluso durante los meses de mayor ocupación. Dispone de paseo marítimo, servicios para los bañistas y espacios para practicar actividades deportivas. También forma, junto a El Puntal y la playa del Regatón, uno de los conjuntos arenosos más extensos de la comunidad.
Para quien creció pasando los veranos en Laredo, la playa no era solamente un atractivo turístico. Era el lugar en el que transcurría buena parte de la vida diaria. El mar, el viento y los cambios del cielo cántabro formaban parte de una rutina que Ramón García todavía recuerda con nostalgia.
Una puebla medieval entre murallas y casonas

Laredo conserva también uno de los cascos históricos más importantes de Cantabria. La Puebla Vieja, declarada conjunto histórico-artístico en 1970, corresponde al núcleo medieval de la localidad y mantiene parte del trazado surgido durante la Edad Media.
Sus seis rúas principales ascienden por la ladera entre callejones, antiguas casas señoriales, torres y restos de murallas. En este conjunto destacan edificios levantados entre los siglos XVI y XVIII, con escudos de piedra, balcones y portadas que recuerdan la importancia que llegó a tener la villa en la costa cantábrica.
La iglesia de Santa María de la Asunción domina la parte superior de la Puebla Vieja. El templo, de origen medieval y estilo gótico, conserva en su interior retablos, sepulcros y piezas artísticas que forman parte del patrimonio histórico del municipio.
La conservación del conjunto atraviesa dificultades y algunos edificios muestran un importante deterioro. Sin embargo, la Puebla Vieja continúa ofreciendo una imagen muy diferente de la Laredo abierta al paseo marítimo y a los edificios modernos. En apenas unos minutos se puede pasar de una playa de más de cuatro kilómetros a unas calles que conservan la estructura de una villa medieval.
Ese contraste explica parte del atractivo del refugio de Ramón García. Laredo reúne mar, memoria, patrimonio y una forma de entender el verano vinculada a la infancia. Un lugar donde el presentador descubrió que las mejores vacaciones podían durar tres meses y no necesitaban mucho más que una bicicleta, unos amigos y una playa frente al Cantábrico.

