La presentación de Amarga Navidad, la nueva película de Pedro Almodóvar, convirtió anoche la alfombra roja de Cannes en uno de los momentos de moda más comentados del festival. El director llegó acompañado por parte de su reparto y por varias de sus colaboradoras o musas habituales.
No hubo un único código de vestuario, pero sí una idea común: looks pensados para sostener la exposición internacional de Cannes sin perder identidad propia.

Aitana Sánchez-Gijón fue una de las protagonistas de la noche con un vestido rojo palabra de honor y falda de tul. La elección funcionó por varios motivos. Primero, por el color, estrechamente asociado al universo de Almodóvar. Segundo, por la estructura (escote limpio, cuerpo ajustado y volumen en la falda, una fórmula clásica de alfombra roja que no necesita demasiados accesorios). El peinado recogido reforzaba la línea vertical del estilismo y evitaba competir con el peso visual del vestido.
Nieves Álvarez apostó por una lectura más internacional del glamour de Cannes. Su vestido negro de lentejuelas, firmado por Armani Privé, jugaba con una silueta más precisa y con el brillo como principal recurso. La elección de joyas de Bvlgari añadió peso al conjunto sin desplazar el foco.
Bárbara Lennie llevó Chanel, una de las firmas con mayor presencia simbólica en Cannes. Su look se alejaba de la espectacularidad más evidente y apostaba por una elegancia de textura: detalles de brillo, acabados delicados y una silueta con vocación couture. Fue una elección menos inmediata que otras, pero relevante porque introdujo una idea de lujo más sobria, más cercana al trabajo artesanal de la prenda que al impacto fotográfico puro.
Rossy de Palma defendió uno de los estilismos más reconocibles de la noche: una chaqueta-vestido tipo esmoquin de Saint Laurent, gafas de sol y moño. En su caso, el acierto estuvo en la coherencia. Rossy no necesita un vestido de gran volumen para dominar una alfombra roja. Su imagen se apoya en códigos que ya forman parte de su personaje público: negro, sastrería, gesto fuerte y una teatralidad controlada. El look funcionaba porque parecía exactamente suyo.
Victoria Luengo eligió un vestido blanco de inspiración lencera, una de las apuestas más discretas del grupo. Frente al rojo intenso, el negro brillante y la sastrería marcada, su look aportó ligereza. La caída suave y la ausencia de ornamentación excesiva situaban el estilismo en una línea más contemporánea, menos ceremonial. Fue una opción eficaz para equilibrar visualmente el conjunto del reparto.
También destacó Milena Smit, fiel a una estética oscura y de gran carga visual, con un vestido negro de Tom Ford by Haider Ackermann. Su look encajaba con la imagen que ha construido en los últimos años: sofisticada, algo gótica y muy consciente del poder de la silueta. Amaia, por su parte, introdujo una nota más joven y autoral con una propuesta de Paloma Wool, firma española que conectaba la alfombra roja con una generación distinta de moda nacional.

La fuerza de esta aparición estuvo también en la composición del grupo. Almodóvar ha hecho del color y del vestuario una parte esencial de su cine, y esa lógica se trasladó a Cannes. Aitana Sánchez-Gijón representó el dramatismo del rojo; Nieves Álvarez, la alta costura clásica; Bárbara Lennie, la sofisticación Chanel; Rossy de Palma, la sastrería con carácter; Victoria Luengo, el minimalismo; Milena Smit, el negro más rotundo; y Amaia, la nueva moda española.
La alfombra roja de Amarga Navidad funcionó como una presentación de cine y también como una operación de imagen. No se trató únicamente de vestir bien, sino de proyectar una identidad reconocible: la del cine español en su versión más internacional, apoyado por firmas de lujo, actrices con criterio estilístico y una estética que, incluso fuera de la pantalla, sigue siendo claramente almodovariana.

