Primera dama

Dolley Madison, la mujer que hizo política desde el salón

Mucho antes de que Washington hablara de ‘soft power’, Dolley Madison descubrió que una cena, una recepción y una conversación bien colocada también podían ser instrumentos de poder

Dolley Madison
Dolley Madison
National First Ladies Museum

Hay una escena que persigue a Dolley Madison desde hace más de dos siglos. Washington está a punto de caer en manos británicas, la residencia presidencial debe ser evacuada y ella se niega a marcharse hasta que el retrato de George Washington esté a salvo.

La historia terminó convertida en leyenda nacional. Con el tiempo incluso se contó que Dolley había arrancado personalmente el cuadro de su marco y había huido con él mientras los británicos avanzaban sobre la ciudad. No ocurrió exactamente así.

Dolley ordenó salvar el retrato, pero fueron otras personas —entre ellas trabajadores libres y esclavizados de la residencia presidencial— quienes participaron materialmente en su retirada. Paul Jennings, que había sido esclavizado por los Madison y escribió más tarde el primer gran testimonio sobre la vida doméstica en la Casa Blanca, fue especialmente contundente al desmontar la versión heroica que presentaba a Dolley realizando el rescate sola.

La corrección histórica no hace menos interesante a Dolley Madison. Al contrario. Porque su verdadero talento no consistió en salvar un cuadro. Consistió en comprender algo mucho más difícil: cómo convertir la vida social en una forma de poder político.

Una viuda de 25 años

Dolley Payne nació en 1768 y creció en una familia vinculada a la comunidad cuáquera. Su padre llegó a liberar a las personas que mantenía esclavizadas, siguiendo las posiciones antiesclavistas que se extendían entre los cuáqueros de la época.

Su primera vida adulta parecía destinada a ser mucho más convencional. Se casó con el abogado John Todd y tuvo dos hijos.

Entonces llegó la fiebre amarilla.

La epidemia que arrasó Filadelfia en 1793 mató, en apenas unos días, a su marido y a su hijo pequeño. Dolley quedó viuda a los 25 años y con un niño de poco más de un año.

Poco después apareció James Madison.

Él tenía 43 años, era uno de los grandes arquitectos intelectuales de la nueva república y terminaría siendo conocido como el padre de la Constitución. Aaron Burr ayudó a presentarlos. Se casaron en 1794.

La decisión tuvo una consecuencia inmediata: James Madison no era cuáquero y Dolley fue expulsada de la Sociedad de Amigos por casarse fuera de la confesión. También regresó, a través del matrimonio, al mundo de la élite esclavista de Virginia. Montpelier, la plantación de los Madison, dependía del trabajo de decenas de personas esclavizadas.

Otra contradicción que acompañaría su vida pública: la mujer convertida después en símbolo de una democracia joven ejercía su posición dentro de una sociedad que privaba de libertad a buena parte de quienes la sostenían.

La anfitriona de Jefferson

Dolley empezó a ensayar su futuro papel antes incluso de convertirse en primera dama.

Cuando Thomas Jefferson llegó a la presidencia en 1801 nombró a James Madison secretario de Estado. Jefferson era viudo y sus hijas no residían permanentemente en Washington, por lo que Dolley comenzó a ayudar ocasionalmente como anfitriona en determinados actos oficiales.

La capital era entonces una ciudad en construcción. El barro, las obras y los edificios dispersos estaban muy lejos de la monumental Washington que conocemos hoy. También la sociedad política estadounidense estaba en construcción.

Y Dolley encontró allí su territorio.

Era sociable, extraordinariamente hábil recordando nombres y consciente de que las relaciones personales podían suavizar conflictos que parecían irreconciliables en el Congreso.

Cuando James Madison ganó las elecciones y asumió la presidencia en 1809, ella ya sabía perfectamente qué hacer.

El poder de una habitación

Sus recepciones de los miércoles se convirtieron en uno de los centros de la vida política de Washington.

Por allí circulaban congresistas, diplomáticos, funcionarios, militares, miembros de distintas facciones políticas y sus familias. En una época de enorme polarización partidista, Dolley conseguía que personas que se atacaban públicamente terminaran compartiendo una habitación.

No redactaba leyes.

No votaba.

No ocupaba un cargo.

Pero creaba el espacio en el que quienes sí podían hacerlo se encontraban.

Eso también es poder.

La historiografía sobre las primeras damas suele señalar a Dolley Madison como una de las mujeres que consolidaron la dimensión política de la hospitalidad presidencial. Sus reuniones permitían establecer contactos, rebajar tensiones y construir relaciones alrededor de la Administración. También trabajó con el arquitecto Benjamin Henry Latrobe en la decoración de la residencia presidencial, utilizando mobiliario y elementos que ayudaran a dotar de identidad al todavía joven Estado.

Mucho antes de que existieran departamentos de comunicación, asesores de imagen o estrategias de *soft power*, Dolley entendió que la política necesitaba una escenografía.

Y se convirtió en su directora.

El día que ardió Washington

El 24 de agosto de 1814, aquella escenografía estuvo a punto de desaparecer.

Estados Unidos estaba en guerra con Reino Unido y las tropas británicas avanzaban hacia Washington después de derrotar a las fuerzas estadounidenses en Bladensburg.

Dolley permaneció en la residencia presidencial esperando noticias de su marido hasta que resultó evidente que debía abandonar la ciudad.

Antes de marcharse ordenó poner a salvo documentos, objetos de valor y el gran retrato de George Washington pintado por Gilbert Stuart.

El cuadro sobrevivió.

La residencia presidencial no.

Aquella noche, las tropas británicas incendiaron el edificio, además del Capitolio y otros edificios públicos.

La imagen de Dolley negándose a permitir que el retrato del primer presidente cayera en manos enemigas adquirió inmediatamente una enorme fuerza simbólica. Con los años, la historia se simplificó hasta convertirla en una heroína individual que arrancaba el lienzo con sus propias manos.

Paul Jennings contó una versión diferente. Dolley había dado la orden, pero el trabajo fue colectivo. El mito había borrado a quienes estaban a su alrededor.

Quizá esa corrección explique mejor que ninguna otra cosa cómo funciona la construcción de una primera dama: realidad, representación y memoria mezcladas hasta que resulta difícil distinguirlas.

La reina sin corona de Washington

Los Madison abandonaron la presidencia en 1817 y regresaron a Montpelier.

James murió en 1836.

A partir de entonces comenzó una etapa mucho menos brillante. Dolley sufrió graves problemas económicos provocados por las deudas, el comportamiento de su hijo Payne Todd y el deterioro de las finanzas familiares. Terminó vendiendo Montpelier y parte del patrimonio familiar.

Regresó a Washington.

Y ocurrió algo sorprendente.

Sin marido presidente, sin cargo y con mucho menos dinero, continuó siendo una de las mujeres más reconocibles de la capital. Su casa cerca de Lafayette Square volvió a convertirse en lugar de encuentro. Presidentes, políticos y diplomáticos seguían tratándola casi como una institución viva de los primeros años de la república.

Había sobrevivido a Jefferson, a su marido, a la guerra y al incendio de la residencia presidencial. Había conocido personalmente a buena parte de la generación fundadora y seguía allí mientras Estados Unidos entraba en otra época.

Murió en Washington en 1849, a los 81 años.

Mucho más que el retrato

La posteridad fue amable con Dolley Madison.

Quizá demasiado.

Durante generaciones se contó su historia como la de una mujer encantadora que organizaba grandes fiestas y salvó el retrato de George Washington. Era una versión fácil de recordar y también una forma cómoda de reducir su influencia a dos actividades consideradas aceptablemente femeninas: recibir invitados y proteger un objeto.

Lo verdaderamente interesante estaba detrás.

Dolley comprendió que una primera dama podía hacer política sin ocupar formalmente un puesto político. Podía crear redes, acercar adversarios, establecer códigos sociales, representar a una Administración y convertir la hospitalidad en una herramienta diplomática.

Muchas de sus sucesoras utilizarían después mecanismos parecidos.

Ella lo hizo cuando el cargo prácticamente acababa de nacer.

Tal vez Dolley Madison no sacara personalmente el retrato de Washington de la pared.

No necesitaba hacerlo para pasar a la historia.

Ya había aprendido a manejar algo bastante más poderoso: la habitación entera.

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