El icono

El vestido de periódico de Rosalía y la nostalgia por un mundo que ya no existe

Mientras nuestra sensación patria toma Ciudad de México con un vestido de Desigual de 89,95 euros, la persistente obsesión de la moda con la prensa escrita encierra una hermosa ironía nostálgica en un mundo digital que, en buena medida, ha abandonado el papel

Rosalía en Ciudad de México, con el vestido de periódico.
Rosalía en Ciudad de México, con el vestido de periódico.
Instagram: @desigual

El pasado miércoles, durante la parada en Ciudad de México de su LUX Tour, la estrella barcelonesa Rosalía fue fotografiada paseando por las calles de Polanco. Llevaba un minivestido de cuello redondo y sin mangas, con falda evasé fluida, que combinó con unas gafas de sol rectangulares de montura estrecha e inspiración retro, un moño desenfadado y bailarinas negras.

Con un precio relativamente accesible de 89,95 euros, el vestido no tardó en llamar la atención en internet. Lejos de ser una simple réplica de diseños históricos, la prenda funciona como un homenaje autorreferencial de la firma barcelonesa Desigual, que utiliza un estampado personalizado de recortes y tipografías procedentes de su propio archivo de cuatro décadas.

Aun así, para muchos observadores de moda, el vestido evocó inmediatamente el fantasma de Carrie Bradshaw. Más de dos décadas antes, el personaje de Sarah Jessica Parker inmortalizó el estampado de periódico en Sexo en Nueva York al vestir una pieza de la célebre colección “Fly Girl”, otoño/invierno 2000, de John Galliano para Dior.

El diseño de Galliano, cubierto con las páginas de un ficticio Christian Dior Daily impresas sobre chifón y cuero, sigue siendo una de las piezas más codiciadas de la estética Y2K y ha vuelto a aparecer recientemente en celebridades como Jenna Ortega.

La genealogía del estampado, sin embargo, se remonta mucho más atrás que el cambio de milenio. En 1935, Elsa Schiaparelli visitó un mercado de pescado en Copenhague y observó que las pescaderas utilizaban sombreros confeccionados con papel de periódico para protegerse del frío. Inspirada por aquella imagen, encargó al fabricante textil parisino Colcombet que imprimiera sobre blusas y bufandas de alta costura recortes de prensa relacionados con su propia carrera.

Vestido sin mangas estampado de Desigual.

Y varias décadas antes de Schiaparelli, Matilda Butters ya había causado sensación en un baile celebrado en Melbourne en 1866 con The Press, un vestido confeccionado con trece periódicos locales.

Esa historia revela una paradoja especialmente sugerente hoy. ¿Por qué, en una época en la que consumimos las noticias sobre pantallas de cristal, la moda se resiste a abandonar el papel? Matthieu Blazy ha vuelto recientemente sobre esa contradicción para Chanel, introduciendo en su universo un periódico ficticio bautizado como La Gazette.

La explicación parece encontrarse en una nostalgia cultural cada vez más visible. El periódico, una vez perdido su dominio como principal medio de información cotidiana, ha quedado libre para convertirse en un objeto visual romantizado.

En pleno auge del revisionismo estético Y2K, la Generación Z no se limita a imitar a un icono televisivo como Carrie Bradshaw: también idealiza un soporte físico que cada vez forma menos parte de su vida diaria. Vestir titulares impresos se convierte así en una suerte de arqueología visual, un homenaje estilizado a un mundo más lento, tangible y material.

En manos de Rosalía, un vestido de 89,95 euros termina funcionando como algo más que una tendencia pasajera: un pequeño monumento portátil a una era impresa a la que ya no podemos regresar.

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