#LaRopaHabla

He adelgazado 30 kilos y ahora soy más guapa. ¿También soy mejor?

Por qué adelgazar parece modificar no solo la percepción de su cuerpo, sino también el valor que los demás le atribuyen

He adelgazado 30 kilos y ahora soy más guapa. ¿También soy mejor?

He adelgazado 30 kilos. Lo cuento así, de golpe, porque todavía me cuesta asimilarlo. Gracias a los nuevos tratamientos para perder peso, sí, las famosas inyecciones de las que todo el mundo habla, mi cuerpo ha cambiado muchísimo. Y sería absurdo negar algo bastante humano: me gusta. Me gusta verme más delgada. Me gusta ponerme ropa que antes no me ponía. Y, por qué no decirlo, me encanta que me digan que estoy más guapa. Pero hay una cosa que me tiene la cabeza dando vueltas. Sé que ahora soy más guapa, pero también sé que no soy más simpática, más inteligente, más lista ni más interesante.

Sigo siendo exactamente la misma mujer. Con los mismos defectos, las mismas virtudes, las mismas manías y probablemente la misma capacidad para perder las llaves tres veces en una mañana (que hablen con el cerrajero de mi seguro).

Elena Mirò.

Entonces, ¿por qué parece que algo más que mi cuerpo ha cambiado? La psicología lleva décadas estudiándolo. Se llama “efecto halo” y consiste, simplificando mucho, en que tendemos a atribuir características positivas a las personas que percibimos como atractivas. El famoso estudio de Dion, Berscheid y Walster de 1972 ya hablaba del estereotipo “lo bello es bueno”: cuando alguien nos parece físicamente atractivo, solemos imaginar que también es más competente, más amable, más sociable o que tendrá una vida mejor. Y aquí es donde creo que tenemos un problema. Porque quizá estamos volviendo a un lugar del que pensábamos que nos habíamos alejado: el de considerar la delgadez no sólo un atributo físico, sino una especie de certificado de valor.

Encuentro.

Durante unos años hablamos mucho de body positivity, de diversidad corporal, de mujeres de distintas tallas ocupando portadas, pasarelas y campañas. No fue una revolución perfecta, ni mucho menos, pero consiguió algo importante: que empezáramos a cuestionar que solo hubiera un cuerpo que mereciera ser vestido, fotografiado o deseado. Ahora la conversación parece estar girando otra vez. La popularización de los tratamientos con GLP-1 ha cambiado incluso la relación cultural que tenemos con el peso. Ya no hablamos solamente de dietas, voluntad o ejercicio. Existe una herramienta médica capaz de producir pérdidas de peso importantes y que, además de transformar la conversación sanitaria, está transformando también la conversación estética. Un artículo publicado este mismo año en la revista “Body Image” plantea precisamente que estos fármacos pueden influir en las normas culturales sobre el peso y en la presión social sobre la apariencia.

Y aquí quiero hacer una precisión importante: no estoy diciendo que adelgazar sea malo. De hecho, en multitud de ocasiones es muy bueno. Yo misma he adelgazado y lo he hecho por prescripción médica. No creo que haya que demonizar un tratamiento que puede mejorar la salud y la calidad de vida de muchas personas. Lo que me interesa es otra cosa: qué ocurre cuando una herramienta médica que permite adelgazar con mucha más facilidad vuelve a colocar la delgadez (o incluso la extrema delgadez) en el centro del ideal estético. Porque una cosa es estar más delgada y otra, muy distinta, es que volvamos a pensar que estar delgada significa estar mejor.

Kiabi.

Lo curioso es que basta con entrar en una tienda para comprobar hasta qué punto la talla sigue funcionando como una frontera. Si has usado siempre una 38, probablemente nunca hayas pensado demasiado en ello. Entras, miras, eliges. Si necesitas una 48 o una 50, la experiencia puede ser muy diferente. Durante años encontrar ropa bonita, actual y con un precio razonable ha sido una auténtica carrera de obstáculos. De alguna manera lo sigue siendo. Aunque también hay que reconocer que algo está cambiando. Por suerte, ya existen marcas que ofrecen tallas grandes sin convertirlas en una especie de categoría aparte, inaccesible o carísima. Kiabi, por ejemplo, tiene actualmente cientos de referencias en talla 50, con prendas que van desde camisetas de pocos euros hasta vestidos, pantalones o prendas de tendencia. Sin olvidarnos de Primark, que ha convertido su amplísimo rango de tallas en uno de sus fuertes. Su corsetería, que va hasta un 115K, ha permitido a miles de mujeres sentirse bellas con un sujetador de encaje de color rojo.

Primark.

Parece una cosa menor, pero no lo es. Poder comprar una camisa que te gusta y no simplemente una camisa que te entra también es una forma de inclusión. Porque ya sabes, #LaRopaHabla, y durante mucho tiempo nos han dicho a muchas mujeres que podían vestirse “bien” siempre que su cuerpo se adaptara a lo que la industria consideraba un cuerpo «vestible».

Ahora tenemos que conseguir algo más difícil: que una mujer no tenga que adelgazar para sentirse autorizada a ponerse una minifalda, un vestido ajustado, un pantalón blanco o cualquier otra cosa que le apetezca. Yo ahora puedo ponerme muchas prendas que antes no encontraba y eso me hace muy feliz. Pero hay algo que me haría todavía más feliz: que una mujer que sigue utilizando una talla 50 pueda entrar en una tienda y sentir exactamente lo mismo. Que pueda elegir. Que pueda presumir. Que pueda comprarse algo simplemente porque le parece precioso. Y, sobre todo, que no necesitemos que adelgace para empezar a verla.

Primark

Porque yo he adelgazado 30 kilos y quizá esté más guapa. Pero no soy más simpática. Ni más inteligente. Ni más lista. Ni más interesante. Y quizá esa sea la diferencia que tenemos que aprender a hacer: podemos celebrar la delgadez sin convertirla en una medida del valor de una mujer.

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