Megui es una creadora de contenido, monísima, simpatiquísima, pijísima y con un amplio conocimiento del mundo del lujo. El día que nos conocimos llevaba un look bastante informal, con una americana oversize, unos vaqueros y un bolso de Hermès que era un auténtico sueño. Completaba el atuendo una gorra de béisbol. Lo curioso era que no desentonaba en absoluto y eso me hizo reflexionar. ¿Cómo una prenda puramente deportiva se ha podido convertir en un accesorio tan chic pero, al mismo tiempo, con bastante carga política?
Vayamos al principio. La gorra de béisbol nació, como su propio nombre indica, ligada al deporte. Los primeros equipos de béisbol estadounidenses comenzaron a utilizar algún tipo de gorra para protegerse del sol y, poco a poco, aquel accesorio pasó a formar parte del uniforme. La visera tenía una función muy concreta: evitar que el sol molestara a los jugadores. Nada especialmente sofisticado. Nada que presagiase que unas décadas después Megui la combinaría con un bolso de Hermès. Pero la moda tiene la extraña habilidad de coger una cosa que sirve para algo y convertirla en otra completamente distinta.

Durante el siglo XX la gorra salió de los estadios y empezó a formar parte de la cultura popular. En los años ochenta y noventa, el hip hop la convirtió en una pieza de identidad. Llevar la gorra de un equipo no era solo decir que te gustaba el béisbol: podía hablar de tu ciudad, de tu barrio, de tu música o de tu grupo. Y entonces llegó el lujo. Las firmas empezaron a colocar sus logotipos donde antes aparecían las iniciales de los equipos. La gorra empezó a combinarse con americanas, vestidos, tacones y, sí, bolsos de varios miles de euros. Dejó de ser la pieza que te ponías para bajar a comprar el pan y empezó a ser el complemento que podía conseguir que un look de lujo pareciera deliberadamente despreocupado. Justo esto explica una de las claves de su éxito: la gorra tiene algo que el sombrero ha perdido. No parece que te hayas esforzado demasiado. Y eso, en el mundo actual, es fundamental. Podemos pasar horas arreglándonos, pero no puede parecerlo.
Pero claro, si hablamos de gorras también tenemos que hablar de política y es imposible no mencionar a Donald Trump. Hay prendas que se convierten en símbolos sin que nadie las haya diseñado inicialmente para eso. La gorra roja de “Make America Great Again” es probablemente uno de los ejemplos más evidentes de los últimos años. Una gorra de béisbol convertida en un cartel electoral portátil. Con ella ya no animas a tu equipo, sino a tu presidente. La estrategia, sin duda, ha sido brillante desde el punto de vista de la comunicación: barata, reconocible, reproducible y, sobre todo, democrática. La lleva el líder y quien le vota. Una especie de uniforme político informal. La propia historia de la prenda explica parte de su eficacia. Como ha demostrado la historiografía del béisbol, la gorra ha sido considerada una especie de “corona del pueblo”: accesible, igualitaria y capaz de identificar inmediatamente a quien la lleva. Y además tiene una ventaja fantástica desde el punto de vista propagandístico: está justo encima de nuestra cabeza, en uno de los lugares más visibles del cuerpo.
Pero Trump no inventó la capacidad política de la gorra. Lo que hizo fue explotarla hasta convertirla en un símbolo. Quizá por eso resulta tan curioso verla ahora en contextos completamente distintos. Ahí está, por ejemplo, Ferran Torres, que acaba de convertirse en uno de los rostros más visibles del fútbol español después del Mundial. O los futbolistas, músicos, actores e influencers que llevan años demostrando que una gorra puede formar parte de una imagen perfectamente estudiada. La diferencia es que ahora ya no necesitamos que haya un campo de béisbol cerca.

Lo interesante es que, mientras la gorra se ha sofisticado, sus normas de etiqueta no lo han hecho al mismo ritmo. Durante siglos, el sombrero femenino fue una pieza perfectamente integrada en la etiqueta. Una mujer podía acudir a una ceremonia, una boda, una iglesia o un acontecimiento social con sombrero y no solo no estaba mal visto, sino que podía ser considerado parte de la elegancia del conjunto. Las normas tradicionales de etiqueta incluso establecían diferencias entre hombres y mujeres a la hora de mantener el sombrero puesto en interiores: el sombrero femenino, especialmente cuando formaba parte del atuendo de vestir, tenía una consideración diferente. Mujer tocada, a casa vuelve tocada, decía la etiqueta tradicional. Pero… con la gorra no. La gorra sigue arrastrando su origen deportivo y casual y eso hace que una mujer con sombrero pueda parecer elegante, mientras que una mujer con gorra todavía puede parecer simplemente informal. Chic y cool, pero informal. Además, hay que considerar que protocolariamente, con la gorra, las mujeres sí debemos descubrirnos en interiores. Esto es algo que me enamora de la moda, que lleva décadas cambiando el significado de las prendas. Actualizando la etiqueta.
La camiseta dejó de ser ropa interior. Las zapatillas entraron en los despachos. La sudadera llegó a las pasarelas. La corbata dejó de ser imprescindible para representar autoridad. Y ahora la gorra se sienta tranquilamente al lado de un bolso de lujo. Quizá por eso me conquistó la imagen de Megui: aquella combinación de americana oversize, vaqueros informales, un Hermès de ensueño y una gorra de béisbol. Porque funcionaba. No porque la gorra se hubiera convertido mágicamente en elegante, sino porque había dejado de importar que originalmente no lo fuera. No está mal para una pieza de tela que empezó protegiendo del sol a un jugador de béisbol. ¿Verdad?

#Fashionteca
Esta semana, si os ha picado la curiosidad por saber cómo hemos pasado del sombrero a la gorra, de la etiqueta al casual y de la ropa deportiva a las pasarelas, os recomiendo Moda. Toda la historia de Marnie Fogg y prologado por mi admirada Valerie Steele.

Un recorrido por la historia de la moda que ayuda a entender cómo han ido cambiando no solo nuestras prendas, sino también nuestra manera de entender lo que significa vestir bien. Porque quizá la gran revolución de la moda contemporánea no haya sido que dejáramos de vestir elegantes, sino que hayamos cambiado por completo lo que entendemos por elegancia.

