La luz del Mediterráneo no es la de París. El viento de Tarifa no se parece al de Manhattan. La arena, la sal y la humedad transforman los tejidos, envejecen el cuero, oxidan los metales y cambian incluso nuestra percepción del color. La ropa, históricamente, ha cubierto necesidades prácticas, estéticas y de ubicación. Viste el lugar que habita. Por eso el lino lleva miles de años siendo el tejido del verano. No porque un diseñador en un despacho en Milán lo haya decidido, sino porque respira. Los egipcios ya lo sabían hace más de 5000 años.
Además, como ha dicho siempre el grandísimo Adolfo Domínguez, acepta la arruga como parte de su belleza. Lo mismo ocurre con el algodón lavado, la rafia, el esparto o el crochet que más que bellos (o además de bellos) resuelven un problema práctico. Con los colores sucede algo parecido. Cuando pensamos en unas vacaciones junto al mar imaginamos blancos rotos, tonos arena, azul deslavado, terracotas o verdes oliva. No es casualidad, son los colores que llevan siglos dialogando con esa luz. Los mismos que aparecen en las fachadas encaladas de cualquier pueblo de la costa española, en las barcas de pescadores o en los cuadros de Sorolla.

Con el calor, la relajación y el ocio también cambia nuestra idea de belleza. En invierno admiramos un maquillaje sofisticado, mientras que en verano nos seduce una piel luminosa que deja ver las pecas. Sustituimos las joyas rotundas por piezas orgánicas, conchas, perlas irregulares o un oro envejecido por el sol.
Materiales que parezcan haber vivido el verano con nosotros, no que acaben de salir del escaparate. Antes que las tendencias estuvieron el clima, la geografía y la forma de vivir. Porque aunque el fashion system suele explicarse desde las novedades, las colecciones, las pasarelas o las grandes firmas, deberíamos empezar mucho antes. Antes que los diseñadores estuvo el clima. Antes que las tendencias, el territorio. Antes que el lujo, la necesidad.

Puede ser que los chiringuitos al borde del mar no tengan una exigente norma de etiqueta, más allá de la obligatoriedad de la camiseta para comer (gracias, Señor). Pero lo que demanda, sobre todo, es vestir en armonía con el paisaje, no contra él. Solemos pensar que la moda transforma los territorios. Que la moda Ad-Lib de Ibiza inventó el blanco o que la Costa Azul creó una forma de vestir de caftanes y turbantes. Pero es justo al revés, son los lugares los que terminan diseñando la ropa. El clima elige los tejidos y la luz dicta la paleta de colores.
La cultura de años repitiendo aquello que funciona decide qué nos parece bello. Los que escribimos “sobre trapos” presumimos de marcar tendencias pero quizá deberíamos ser mucho más humildes. Puede que solo llevemos generaciones traduciendo lo que el paisaje ya había escrito. Por eso, cuando nos sentamos en un chiringuito con una camisa de lino, un vestido de algodón, unas alpargatas y un capazo de rafia no estamos siguiendo el último editorial de moda, sino compartiendo siglos de historia con nuestros antepasados. Respetemos ese hilo de unión antes de intentar ir con unos taconazos imposibles por la arena.

#Fashionteca
Si alguna vez te has preguntado por qué un mismo vestido, un mismo cuerpo o incluso un mismo gesto pueden transmitir mensajes completamente distintos según el lugar en el que se encuentren, este libro tiene la respuesta.
Publicado en 1972, revolucionó la forma de entender las imágenes al demostrar que no vemos de manera inocente: nuestra mirada está condicionada por la cultura, la educación y el contexto. Aunque no es un libro de moda, es una lectura imprescindible para cualquiera que quiera comprender el lenguaje del vestir y cómo lo interpretamos.

