En esto vamos a estar todos de acuerdo. Pocas cosas hay más desagradables que los pies descalzos de alguien asomando por el lateral del asiento del avión o del tren. Bueno, sí, rectifico. Que al mismo tiempo esa persona, o la de al lado, se esté zampando un bocadillo de chorizo. Yo no sé qué les pasa a muchos por la cabeza, que confunden comodidad con mala educación (y si por lo menos llevaran una buena pedicura). No, en serio, no voy a pedir a nadie que se ponga de etiqueta para subirse a las latas de sardinas en las que se han convertido las aerolíneas low cost, pero os prometo que hay un término medio.
Lo curioso es que, mientras escribía estas líneas, me hice una pregunta bastante incómoda: ¿por qué me molestan tanto esos pies? La respuesta parece evidente. Porque es una falta de respeto. Porque un avión no es el salón de tu casa. Porque compartimos un espacio durante varias horas y existen unos mínimos de convivencia. El sociólogo Pierre Bourdieu dedicó buena parte de su obra a desmontar una de las grandes mentiras que nos contamos: que el gusto es algo puramente personal. Según él, aquello que consideramos elegante, vulgar, apropiado o ridículo no nace con nosotros. Lo aprendemos. Lo heredamos. Lo absorbemos de nuestra familia, de nuestra educación, de nuestro entorno y de la clase social en la que crecimos. Es decir, quizá mis ganas de esconder los pies del pasajero del asiento 18B tampoco sean tan espontáneas como yo pensaba.

Esta columna no pretende defender que exista una única forma correcta de vestir para viajar. De hecho, sería absurdo. Las fotografías de la edad dorada de la aviación, con pasajeros cruzando el Atlántico en traje y sombrero, nos producen hoy tanta admiración como extrañeza. Aquellos códigos también eran una construcción cultural. Lo que sí me interesa es otra cosa: cómo distinguimos entre el gusto y la convivencia. Que alguien viaje en chándal no afecta absolutamente a nadie. Que viaje en lino tampoco le convierte en mejor persona. La ropa, por sí sola, no tiene moral. Sin embargo, descalzarse, invadir el espacio ajeno o convertir un vagón en un comedor improvisado ya no pertenece al terreno del gusto. Pertenece al de la consideración hacia los demás.
Esa es la diferencia fundamental. Porque vivimos un momento en el que cuestionamos todos los códigos. Lo hacemos con el lenguaje, con los protocolos, con la ropa. A veces con razón. Otras, simplemente porque cualquier norma nos parece sospechosa. Confundimos con demasiada facilidad libertad con ausencia de límites. Por eso merece la pena volver a Bourdieu. No para descubrir cómo debemos vestir, sino para entender que incluso nuestras certezas más íntimas tienen historia. Que cuando pensamos “eso queda fatal” o “eso no es apropiado”, probablemente no estemos escuchando solo nuestra voz. También hablan nuestros padres, nuestro barrio, nuestra educación, nuestra generación y la cultura en la que crecimos. Y una vez entendemos que el gusto es aprendido, podemos discutirlo. Podemos ampliarlo. Podemos incluso cambiarlo. Lo único que no deberíamos perder es aquello que nunca dependió de la moda: la capacidad de convivir con los demás.
#Fashionteca

Durante este verano, además de compartir mis reflexiones os quiero dejar parte de mi biblioteca. Las lecturas que dan forma a mí pensamiento. Esta semana, como no podía ser de otra manera, os recomiendo la adaptación gráfica de La distinción.
Bourdieu es, quizá, uno de esos autores considerados tan fundamentales como “difíciles” dentro del campo de la sociología, pero este cómic demuestra justo lo contrario. Explica de forma brillante cómo se construye el gusto y por qué aquello que creemos una elección puramente personal está atravesado por la cultura, la educación y el entorno. Después de leerlo, os prometo que volveréis a mirar un aeropuerto. (y también vuestro propio armario) con otros ojos.

