Esta semana hemos vuelto a verla en el centro de la conversación a raíz de las comparecencias de Pedro Sánchez y varios de sus ministros sin ella. No es la primera vez. En realidad, llevamos años observando cómo desaparece poco a poco de los despachos, de los parlamentos o las reuniones de trabajo. Y lo que es más gracioso, cuanto menos se usa, más se habla de ella.
Vayamos al principio. La corbata tiene una historia rodeada de sangre, ya que empezó a usarse en época de guerra en el siglo XVII. Los soldados croatas (de ahí “cravate”, que es como se llama en francés) la llevaban anudada al cuello por sus amadas y si fallecían en el campo de batalla se recogía para devolvérsela a la viuda. De ahí su contexto de lucha y poder. Tal y como la conocemos hoy tiene apenas un siglo de historia, pero en todas sus versiones anteriores siempre ha sido uno de los símbolos más claros del poder masculino. Bastaba una fotografía para distinguir quién mandaba en una empresa, un ministerio o un banco. Seriedad, disciplina y autoridad en un uniforme estético que casi siempre ha resultado plano y aburrido. Pero elegante, eso sí, muy elegante.
Pero algo está cambiando, ya sea por el cambio climático y en pro del ahorro energético o por su vinculación ideológica. En Francia, hace apenas unos años, la Asamblea Nacional se convirtió en un campo de batalla (textil). Algunos diputados de izquierdas comenzaron a acudir sin corbata y fueron acusados de degradar la institución. La polémica no era nueva, ya había pasado en otros países, pero la respuesta fue lo que empezó a cambiar las cosas. Varias diputadas de Francia Insumisa, izquierda radical, aparecieron con corbata. No tenían ningún tipo de intención de defender la prenda, sólo querían burlarse del debate. Lo que durante siglos había simbolizado autoridad masculina se convertía, de repente, en elemento de mofa por parte de un grupo de mujeres. Al otro lado del mundo, en Nueva Zelanda, el diputado maorí Rawiri Waititi se negó a llevarla porque la consideraba una «soga colonial». Prefería acudir al Parlamento con un colgante tradicional maorí. La discusión fue tan intensa, no por la preda en sí, sino por lo que significaba, que terminó eliminándose la obligación de usarla en la cámara y se empezaron a permitir vestimentas autóctonas tradicionales. Estos son sólo algunos ejemplos. No está mal para una simple tira de tela, ¿eh?

Quizá el problema, o el centro del debate, es que la corbata ha perdido su significado tradicional y ha ganado excesiva carga ideológica. Un político puede quitársela para parecer cercano. Otro puede ponérsela para transmitir autoridad. Una diputada puede utilizarla como gesto feminista. Un líder indígena puede rechazarla como símbolo de una herencia colonial. La misma prenda comunica mensajes completamente opuestos según quién la lleve. Lo que hace del contexto una herramienta imprescindible para descifrar el mensaje. Algo que en política, y en la vida, no siempre termina bien.
Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo, y sí, seguimos hablando de las corbatas, es que mientras muchos hombres la abandonan, la moda femenina la recupera. Las pasarelas llevan varias temporadas devolviéndola al primer plano. Las mujeres la combinan con camisas blancas, trajes amplios y hombros marcados. En televisión cada vez es más habitual verlas a ellas que a ellos usándola, incluso en informativos. ¿Se están invirtiendo los centros de poder o simplemente es el capricho estético de los popes de la moda? Como habréis podido averiguar hay trasfondo, aunque sólo sea que los símbolos ya no son tan estables como creíamos. Antes indicaba quién estaba al mando. Hoy parece que indica quién está más a un lado o al otro del arco parlamentario. Todo esto me lleva a una última reflexión. ¿Sigue la corbata siendo un símbolo de poder o se ha convertido en un símbolo que cada grupo utiliza para discutir qué significa hoy el poder?

