#Laropahabla

¿Vestir ‘bien’ es facha?

Confieso que nunca pensé que llegaría el día en que esta pregunta pudiera formularse sin ironía. Y, sin embargo, aquí estamos

Ahora que ya nos conocemos un poco voy a presentarme mejor, tras este pelo rosa y mi vestuario de mil colores, una es una clásica. Tradicionalista, que diría mi padre. Es decir, que considero que hay que defender que quizá no todo vale en cualquier contexto y que si llevamos siglos haciendo algunas cosas, a lo mejor hay un buen motivo detrás. Aunque luego digan que no soy cool. Vamos. Que si clasista. Que si antigua. Que si conservadora. O la más socorrida de todas últimamente: que si facha.

Mientras estos días discutimos si el aire acondicionado es machista porque la temperatura de muchas oficinas se fijó hace décadas tomando como referencia el metabolismo masculino, me pregunto si no estaremos pasando por alto un fenómeno mucho más interesante. ¿Qué ha pasado con nuestra forma de vestir? Porque el calor siempre ha existido, los veranos no los inventó el cambio climático. Sin embargo, durante siglos nadie entendió que la respuesta consistiera en convertir la ciudad en una playa.

Boj

La historia de la moda es, en realidad, la historia de una batalla contra las inclemencias del tiempo. Los egipcios hicieron del lino un tejido casi sagrado por su frescura. Los británicos destinados a la India desarrollaron el drill de algodón y los primeros trajes tropicales para soportar temperaturas insoportables sin renunciar a la dignidad que exigía el cargo. El seersucker (el tejido mil rayas), el fresco de lana, el panamá o el algodón de alta calidad nacieron con un mismo objetivo: vestir con acierto cuando el termómetro aprieta.

El calor nunca ha sido enemigo de la elegancia, sino uno de sus mejores diseñadores. Siendo sinceros, no conozco a nadie que haya muerto por llevar una camisa de lino en julio. Por otro lado, si conozco a muchos que han decidido que el pantalón corto de baloncesto sirve exactamente igual para una reunión de trabajo que para sacar al perro. Ojo que no estoy hablando de una bermuda beige para tomar cervecitas con los amigos el domingo. Que soy clásica, pero no carca (aunque sí prohibiría por ley las camisas de manga corta, aunque esa es otra historia).

Chanel

Beau Brummell, el padre de la distinción masculina moderna, revolucionó el vestir demostrando que la sofisticación no dependía de añadir más adornos, sino de la impecable blancura de una camisa de lino y de un corte perfecto. Del mismo modo que Coco Chanel entendió antes que nadie que liberar el cuerpo femenino no significaba vestir peor, sino vestir con criterio. Sustituyó corsés por punto de jersey, tejidos ligeros y siluetas que permitían moverse sin renunciar a la compostura. La comodidad nunca fue, para ella, sinónimo de descuido. No hace mucho que Giorgio Armani levantó un imperio enseñándonos que una americana de lino bien construida puede ser mucho más fresca que una camiseta. Porque sí, amigas, cubrirse con una prenda natural y holgada es más recomendable que un micro top de tirantes casi invisibles.

La elegancia nunca consistió en pasar calor. Sin embargo, algo ha cambiado y hoy parece que la comodidad ha derrotado al contexto. Entramos en restaurantes en chanclas de piscina. Vamos al teatro vestidos como para hacer la compra. El aeropuerto parece un gimnasio y los centros históricos, un paseo marítimo. No es una cuestión de enseñar más o menos piel. Hemos dejado de distinguir los lugares. Nada me eriza más el vello que una diputada prácticamente poniendo los pechos en la tribuna de oradores luciendo un vestido destinado a un chiringuito mientras el sufrido ujier viste con estoica elegancia su uniforme.

La Redoute

Nuestra época tiene una extraña dificultad para diferenciar entre una norma y una imposición, cualquier código de vestimenta se interpreta como un atentado contra la libertad. Como si pensar en la ocasión, en el espacio o en quienes nos rodean fuera una forma de sometimiento y no, precisamente, una expresión de convivencia. Paradójicamente, al mismo tiempo, vivimos obsesionados con la identidad. Repetimos que la ropa comunica, que construye relatos, que expresa quiénes somos. Pero basta con sugerir que un teatro, una ceremonia o una reunión de trabajo merecen un cierto cuidado estético para que la conversación se vuelva política. Y no, no estoy diciendo que el decoro equivalga a llevar trajes. Tampoco estoy llamando a recuperar los corsés ni a vestir como hace cincuenta años. Simplemente imploro que la gente entienda que no todos los lugares significan lo mismo. Por ende, la distinción no consiste en vestir mejor que los demás sino  en hacer que los demás se sientan cómodos con nuestra presencia. A lo mejor ese es el problema, preferimos incomodar que encajar. Y aquí no hablo sólo de la ropa, creo que entendéis por dónde voy.

Durante siglos el calor obligó a inventar mejores tejidos, mejores cortes y mejores soluciones. Nadie pensó que la respuesta fuera abandonar cualquier forma de compostura. Quizá por eso la pregunta no sea si el aire acondicionado es machista, como hemos leído en la prensa estos días. La pregunta es otra. ¿En qué momento empezamos a pensar que vestir con respeto hacia los demás era una postura política? ¿En qué momento el “ir adecuado” dejó de ser educación para convertirse, según algunos, en ideología? Porque la ropa habla, siempre lo hace. Y puede que últimamente no me guste lo que dice. Una sociedad que deja de distinguir entre una playa, una oficina, un teatro o una ceremonia no solo está cambiando su manera de vestir, está cambiando su manera de relacionarse con los demás. Y eso, puede acabar mal. Muy mal.

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