Hoteles en femenino

Hôtel du Palais, el refugio atlántico desde el que Eugenia de Montijo puso Biarritz de moda

La futura emperatriz de Francia conoció la costa vasca cuando era niña y nunca olvidó aquel paisaje

El Atlántico no tiene los modales del Mediterráneo. Frente al Hôtel du Palais de Biarritz, el mar golpea la costa con una fuerza que desordena sombrillas, peinados y planes. Las olas llegan desde el horizonte y se abren frente a la Grande Plage, donde los surfistas comparten paisaje con uno de los hoteles más vinculados a la historia imperial francesa. El edificio se levanta en la avenida de l’Impératrice. El nombre de la calle ya anuncia quién ocupa el centro de esta historia.

Eugenia de Montijo, nacida en Granada en 1826, fue emperatriz de los franceses por su matrimonio con Napoleón III. Sin embargo, contemplarla únicamente como esposa del emperador impide comprender su influencia. Eugenia participó en la vida política de la corte, ejerció como regente durante las ausencias de su marido y utilizó sus viajes, relaciones y preferencias para construir una imagen cosmopolita del Segundo Imperio. Biarritz fue una de sus elecciones más personales.

Había conocido la costa vasca francesa durante su infancia. Desde 1835 pasó temporadas en la zona junto a su madre, María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo. Aquellos veranos dejaron en ella un recuerdo duradero de las playas, el paisaje y la libertad que ofrecía el océano. Cuando contrajo matrimonio con Napoleón III en 1853 y se convirtió en emperatriz, pudo transformar aquella memoria infantil en una decisión política y arquitectónica. Eugenia convenció al emperador para instalar la corte de verano en Biarritz. En 1854, Napoleón III adquirió una amplia extensión de terreno junto a la Grande Plage y encargó la construcción de una residencia frente al mar. Al año siguiente, la Villa Eugénie estaba preparada para recibir a la pareja imperial.

No era solo una casa de vacaciones; la presencia del emperador y la emperatriz trasladaba temporalmente el centro del poder francés a una pequeña localidad costera. Donde estaba Eugenia, llegaban la corte, los diplomáticos, las familias aristocráticas y quienes deseaban aproximarse a ellos.

Mucho más que la mujer del emperador

La biografía de Eugenia suele quedar atrapada entre dos imágenes: la belleza granadina que conquistó a Napoleón III y la emperatriz derrotada que terminó sus días en el exilio. Entre ambas existió una mujer con intereses políticos, religiosos, artísticos y sociales propios.

Durante el Segundo Imperio ejerció varias veces como regente. Presidió consejos, recibió representantes extranjeros y asumió responsabilidades institucionales mientras Napoleón III se encontraba fuera de Francia.

Elegir el lugar en el que veraneaba la corte significaba dirigir la mirada de Europa. Las modas no surgían todavía de campañas publicitarias ni de fotografías compartidas en redes sociales. Se propagaban siguiendo los movimientos de las personas influyentes. Eugenia hizo de Biarritz un escenario imperial. Su presencia contribuyó decisivamente a transformar una localidad conocida por sus pescadores y sus baños de mar en destino de monarcas, aristócratas, escritores y grandes fortunas. La emperatriz no inventó el océano ni descubrió la costa vasca. Hizo algo más preciso: la incorporó a la geografía del poder.

Las estancias imperiales convirtieron la temporada de verano en una prolongación de la vida cortesana. Había recepciones, paseos, cenas y encuentros diplomáticos. Los invitados llegaban atraídos tanto por el paisaje como por la posibilidad de coincidir con la pareja imperial.

Biarritz empezó a desarrollar hoteles, villas y servicios para una clientela internacional. La arquitectura creció alrededor de la promesa de un verano elegante, alejado de París pero conectado con sus jerarquías.

En el centro de todo estaba la Villa Eugénie. Desde sus salones se contemplaba el Atlántico; desde sus ventanas, la ciudad podía observar el modo de vida imperial que aspiraba a imitar. La moda de Biarritz nació de ese doble movimiento… la corte viajaba para escapar de sus obligaciones y, al hacerlo, generaba un nuevo espacio social lleno de obligaciones.

De Villa Eugénie a Hôtel du Palais

La caída del Segundo Imperio, después de la guerra franco-prusiana de 1870, puso fin a los veranos imperiales. Eugenia partió al exilio y la residencia perdió su función original. En 1881, la antigua emperatriz vendió la villa a la Banque Parisienne. El edificio pasó por diferentes etapas hasta convertirse definitivamente en hotel en 1893. Así nació el establecimiento que hoy se conoce como Hôtel du Palais.

La residencia construida para una sola mujer y su corte se abrió a viajeros capaces de pagar por entrar, aunque fuera durante unos días, en el decorado de aquella vida imperial. El nombre de Eugenia siguió adherido al edificio. No solamente en la historia oficial, sino también en la arquitectura, las estancias y la identidad de Biarritz. La villa había cambiado de uso, pero la emperatriz continuaba siendo su gran anfitriona ausente.

Dormir hoy en la casa de Eugenia

El hotel reabrió en 2021 después de una amplia restauración destinada a recuperar elementos de su pasado imperial e incorporar las necesidades de un establecimiento moderno. Actualmente dispone de 142 habitaciones, entre ellas 56 suites. Cuenta con spa, acceso directo a la playa y una piscina exterior climatizada con agua de mar. Desde diferentes estancias, el Atlántico sigue ocupando el mismo lugar protagonista que debió de fascinar a Eugenia durante su infancia.

La memoria de la pareja imperial aparece también en los espacios gastronómicos. El hotel mantiene nombres como el Lounge Eugénie y el Bar Napoléon III, mientras que La Rotonde se abre hacia una vista panorámica del océano.

 

Napoleón III ordenó construir la villa. Pero fue el recuerdo, la insistencia y el gusto de Eugenia de Montijo lo que llevó la corte hasta aquel punto de la costa. Por eso el Hôtel du Palais no debe contemplarse solamente como la antigua residencia de un emperador… Es también el monumento a una mujer que recordó el paisaje de su infancia, regresó a él desde la cumbre del poder y consiguió que toda Europa quisiera seguirla.

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