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La cirugía plástica es el nuevo símbolo de estatus

¡El lujo de que no se note! El verdadero estatus no está en parecer operada, sino en parecer naturalmente favorecida (aunque esa naturalidad haya pasado por quirófano)

Hay una frase que se escucha cada vez más en las consultas de cirugía plástica. Se pronuncia casi en voz baja, como quien revela un deseo íntimo y, a la vez, una condición innegociable: “Quiero verme mejor, pero no distinta”. En esa frase cabe toda una época.

La paciente no siempre busca una nariz nueva, ni una mandíbula que parezca diseñada por otra genética, lo que pide es más sutil y, quizá por eso, más complejo… porque quiere que el cansancio desaparezca sin dejar rastro, que el óvalo facial recupere su firmeza sin parecer trazado con escuadra, que la mirada vuelva a abrirse sin que nadie pueda decir exactamente qué ha cambiado. Quiere conservar su historia, pero con mejor iluminación.

Durante mucho tiempo, el lujo tuvo vocación de escaparate. Se reconocía en el logo, en el coche, en el bolso que hablaba antes que su dueña, en el bronceado imposible de febrero. Después llegó el llamado lujo silencioso, algo así como la exquisitez sin monograma, como el abrigo perfecto que no necesita iniciales o la casa aparentemente sencilla donde el mármol cuesta más que muchas certezas. Y ahora la cirugía plástica ha entrado en esa misma conversación.

Kylie Jenner

El nuevo estatus estético consiste en parecer excepcionalmente bien conservada y no intervenida. No es solo una cuestión de dinero, aunque el dinero esté en todas partes (en la elección del cirujano, en la anestesia, en la habitación privada, en los retoques posteriores, en los cuidados, en la posibilidad, tan poco democrática, de desaparecer del mundo durante dos semanas y volver con la cara de quien simplemente ha dormido mucho, ha comido ligero y ha apagado el móvil frente a un jardín).

La cirugía estética de ahora, en su versión más aspiracional, vende continuidad. No promete otra identidad, sino una versión más convincente de la misma. La dermatóloga Shereene Idriss lo formula con una frase que podría funcionar como manifiesto de época: Subtle is the New Dramatic (Lo sutil es el nuevo dramatismo).

Durante años, la pregunta “¿te has hecho algo?” podía recibirse como una forma de halago. Pero hoy, en determinados círculos, suena casi a fracaso técnico. La cirugía de prestigio se mide por su capacidad para desaparecer. La cara ideal de esta década parece descansada. Es decir, la piel parece haber sido cuidada, y no rellenada, desde siempre por una mezcla de disciplina, sueño reparador y buena genética.

Sarah Jessica Parker

La belleza que administra la duda

Hay procedimientos que encajan con precisión quirúrgica en este nuevo deseo. La blefaroplastia, por ejemplo, no necesita vender una revolución. Puede ofrecer algo mucho más sofisticado… quitar el cansancio. En 2024, la cirugía de párpados se convirtió por primera vez en el procedimiento quirúrgico estético más realizado del mundo, según la International Society of Aesthetic Plastic Surgery. No es casual. La mirada es uno de los territorios más implacables del rostro. Allí se acumulan las noches cortas, las preocupaciones largas, los años que no siempre pesan, pero sí se posan.

La cara es el lugar donde se negocian la edad, la energía, la competencia, el atractivo y, también, la clase. El cuerpo puede esconderse bajo una chaqueta impecable… pero el rostro no. El rostro comparece siempre. Por eso la blefaroplastia se ha convertido en una de las intervenciones fetiche de la era de lo indetectable. Ese “seguir pareciendo una misma” se ha convertido en una de las fórmulas más poderosas de la nueva estética. Suena humilde, casi moral. Pero encierra una paradoja: para seguir pareciendo una misma, algunas mujeres están dispuestas a invertir miles de euros, anestesia, quirófano y semanas de recuperación. La naturalidad, en este contexto, ya no es lo contrario de la intervención. Es su producto más refinado.

Julianne Moore

La cirugía como mantenimiento

Hay otra palabra que se ha instalado en la conversación estética con una naturalidad inquietante y es el mantenimiento. No se trata, al menos en apariencia, de entrar en quirófano para convertirse en otra persona. Se trata de administrar el deterioro, anticiparlo, ralentizarlo, corregirlo antes de que sea evidente.

La belleza, sin duda, se ha convertido en una gestión. Se gestiona la piel, el colágeno, el volumen, el contorno, la caída, la flacidez, la expresión. Se gestiona incluso la edad, no para negarla del todo, sino para que parezca más amable, más ordenada, más fotogénica.

La autenticidad se ha convertido así en una palabra curiosa dentro de esta industria. Sirve para vender tratamientos, pero también para aliviar la culpa de comprarlos. Nadie quiere admitir que persigue un ideal imposible. Es mucho más aceptable decir que una quiere verse “como una misma”. Pero esa versión de una misma suele ser más joven, más tersa, más descansada, más simétrica y, desde luego, más cara. La demanda ya no se formula necesariamente como deseo de transformación, sino como voluntad de permanencia.

Penélope Cruz - Estilo14
Penélope Cruz
EFE/Juan Herrero

Conviene decirlo: la cirugía plástica no es, por sí misma, frívola. Puede reparar, aliviar, reconstruir, devolver confianza, corregir secuelas de una enfermedad, de un embarazo, de una pérdida de peso o de un trauma. Reducirla a vanidad sería tan injusto como simplista. Pero cuando la naturalidad producida se convierte en marcador de estatus, la conversación cambia.

Porque parecer natural tampoco está al alcance de todos. Exige dinero, tiempo, información, buenos médicos, criterio, red de seguridad y capacidad para retirarse del mundo mientras el cuerpo se recupera. Exige, sobre todo, poder comprar la apariencia de no haber comprado nada.

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