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La tiranía de la clavícula

La alfombra roja de los Oscar volvió a consagrar, con la solemnidad de los grandes rituales, un ideal femenino cada vez más exiguo, vigilado y peligroso

Fotografía: Kiloycuarto

Hay noches en que Hollywood parece una industria del ensueño, una maquinaria brillante destinada a fabricar belleza, emoción y un poco de esa mentira amable que nos ayuda a soportar la realidad. Y hay otras en que, bajo el foco despiadado de los flashes, deja ver su verdadera naturaleza; la de una institución disciplinaria, refinadísima, que premia a sus criaturas no solo por su talento sino por su obediencia. La alfombra roja de los Oscar de este domingo perteneció, me temo, a esta segunda categoría. Se habló, por supuesto, de cine, de premios, de retornos, de vestidos, de plumas y de minimalismo noventero; pero por debajo de toda esa conversación discurría otra, más terca y más elocuente; la del cuerpo femenino reducido a consigna, afinado hasta el extremo, vigilado hasta el milímetro, celebrado en la medida exacta en que parecía ocupar menos espacio.

Porque eso fue lo que se vio, aunque a menudo se diga en voz baja y con el vocabulario hipócrita de esta época. Se vieron escotes imposibles sostenidos por clavículas muy visibles, brazos finísimos saliendo de vestidos arquitectónicos, rostros cada vez más angulosos, cinturas sometidas a una pedagogía del control que no admite descuidos. Y, junto a ello, se vio también el relato mediático que acompaña siempre a estas apariciones: titulares fascinados con la “transformación”, con la “figura espectacular”, como si encoger el cuerpo fuese una hazaña estética y no, en muchos casos, la expresión de un sistema de exigencias cada vez más severo. En la cobertura de esta temporada de premios han abundado precisamente las alarmas sobre la vuelta de una extrema delgadez entre las celebridades, hasta el punto de que algunas voces de la industria han hablado ya de signos de malnutrición y de una percepción distorsionada de lo que significa estar demasiado delgada.

La extrema delgadez vuelve a desfilar con naturalidad

Lo notable de Hollywood es que nunca necesita dar órdenes explícitas. No hace falta un edicto clavado en la puerta de los estudios que diga: “Adelgacen”. No hace falta una circular que explique que el cuerpo de la actriz ideal debe ser escaso, terso, implacablemente administrado. Basta con la repetición. Basta con que las mujeres que más atención reciben sean, una vez más, las que aparecen más afiladas. Basta con que el comentario social se organice en torno a la pérdida de peso como antes se organizaba en torno al talento o al vestido. Basta con que la industria sonría mientras lo premia todo salvo la carne, el desorden, la edad, la amplitud, la evidencia de haber vivido.

Eso es lo perverso… que el mandato ya no se presenta como mandato. Ahora viene envuelto en el celofán del bienestar. Ya no se habla de privación, sino de “disciplina” (ni de hambre, sino de “rutina”… ni de castigo, sino de “autocuidado”). Qué palabra tan encantadora, autocuidado. Cabe en ella un masaje, una infusión, un paseo al sol, una crema carísima y, por lo visto, también la obligación de no salir jamás del perímetro de un cuerpo aceptable. Lo que antaño podía sonar a crueldad hoy se vende como elección personal. Y así el sometimiento se vuelve moderno, higiénico, incluso aspiracional.

Alguien dirá que cada actriz hace con su cuerpo lo que quiere. Y es cierto. Faltaría más. Pero ese argumento, tan liberal en apariencia, suele olvidar un detalle: la libertad no opera en el vacío. No decide igual quien vive bajo la observación industrial de agentes, marcas, productores, fotógrafos, columnistas, algoritmos y millones de espectadores educados para confundir belleza con autocontrol. No decide igual una mujer cuya presencia pública es analizada en primer plano, congelada en alta definición, diseccionada por redes sociales y comparada sin descanso con otras mujeres igualmente sometidas. Llamar “elección libre” a todo eso resulta tan elegante como llamar “clima laboral exigente” a un campo de entrenamiento.

El retroceso se disfraza de modernidad

Los Oscar fueron, además, un escaparate perfecto de una contradicción. Por un lado, la moda de la noche proclamaba diversidad de estilos: el plumaje teatral de algunas invitadas, la pureza minimalista de otras, el regreso de la sensualidad depurada de los años noventa, los vestidos columna, las transparencias, los guiños a una feminidad más sobria y severa. Hubo quien apostó por el exceso espectacular, como Demi Moore con su vestido de plumas iridiscentes, y hubo quien encarnó una elegancia casi ascética, como Emma Stone, Zoe Saldaña o Renate Reinsve dentro de esa corriente minimalista tan celebrada en la gala y en las fiestas posteriores.

Bruna Marquezine llega a la alfombra roja de los Oscar. EFE/EPA/JILL CONNELLY

Pero precisamente esa aparente variedad disimulaba una uniformidad más profunda: casi todos esos estilos descansaban sobre un mismo tipo de cuerpo. Cambiaban las telas, cambiaban los escotes, cambiaba la narrativa estética; no cambiaba el molde. Una mujer podía ir vestida de cisne futurista o de santa minimalista, de diva de estudio clásico o de heredera de Carolyn Bessette-Kennedy; lo decisivo seguía siendo que el cuerpo se aproximara a esa línea cada vez más estrecha, casi escolar, que Hollywood vuelve a consagrar con disciplina de convento de lujo. La moda aparenta ser juguetona; el canon nunca lo es.

Y aquí conviene ampliar el foco, porque sería cómodo pensar que lo visto en la alfombra roja no pasa de ser una extravagancia de ricos y famosos. No lo es. La cultura del espectáculo nunca se queda en el espectáculo. Desciende. Se filtra. Educa miradas. Determina aspiraciones. Acaba llegando a las adolescentes, a las mujeres jóvenes, a las madres agotadas, a cualquiera que abra el teléfono y reciba, como una lluvia fina pero constante, la vieja lección de siempre: ser deseable consiste en reducirse. Convertirse en una presencia eficaz pero liviana, visible pero mínima, sensual pero disciplinada.

No es una exageración moralista. Los especialistas en salud mental llevan meses advirtiendo de la reaparición de la llamada skinny culture, impulsada por la influencia de celebridades, redes sociales y fármacos para perder peso, y subrayan además que los trastornos de la conducta alimentaria están culturalmente influidos y presentan algunas de las mayores tasas de mortalidad entre los trastornos mentales. Una terapeuta de la Universidad de Colorado lo resumía con una claridad desoladora: la idea de que hay que tener cierto aspecto para ser amados y aceptados está profundamente incrustada en nuestras creencias, y la delgadez vuelve a asociarse no solo con salud, sino con valor moral. Ahí está el corazón del problema.

Demi Moore posa en la alfombra roja durante la 98º edición de los premios Oscar este domingo. EFE/ Ómar Alonso

Porque el gran triunfo de este nuevo viejo canon no es imponer una silueta, es convertirla en virtud. La mujer delgada ya no aparece solo como bella, sino como responsable, correcta, fuerte, controlada, exitosa. A la inversa, cualquier cuerpo que no se someta con igual docilidad a ese ideal queda secretamente asociado a la pereza, al desorden, a la dejadez, al fracaso íntimo. Es decir, hemos vuelto a un territorio peligrosísimo: el que transforma la apariencia física en jerarquía moral. Y no hay mensaje más tóxico para una sociedad que ese. Sobre todo cuando se lanza revestido de glamour, con diamantes prestados y focos dorados.

De ahí que resulte tan importante no dejarse engañar por la estética del lujo. Un corsé de seda parece menos cruel que un corsé de hierro, pero corsé al fin y al cabo. Una restricción envuelta en lenguaje wellness parece menos humillante que una dieta de revista de los años noventa, pero sigue siendo una restricción. Una exigencia pronunciada por un estilista con voz suave y zapatos italianos sigue siendo una exigencia. La industria ha aprendido a sofisticar su dureza, no a renunciar a ella.

Una vieja tiranía con vestido nuevo

Lo más triste, quizá, es que habíamos creído haber avanzado algo. Aunque fuera de manera imperfecta, durante unos años pareció abrirse un espacio más hospitalario para distintos cuerpos en la moda y en la cultura visual. No era una revolución, pero al menos se intuía una rectificación. Sin embargo, los datos de la industria y la conversación reciente apuntan a un retroceso muy claro. En 2024, un informe citado por The Guardian advertía de una “preocupante vuelta” a las modelos extremadamente delgadas: el 94,9% de los looks presentados en 208 desfiles de womenswear se mostró en modelos straight-size, y solo el 0,8% en modelos plus-size. En febrero de 2026, el mismo diario señalaba que el regreso puntual de la diversidad corporal en la London Fashion Week se producía precisamente “a pesar” de un giro general del sector hacia la ultra-delgadez. Es decir, la excepción ya tiene que justificarse.

 

Y cuando esa norma se instala en la alta moda, no tarda en presentarse en Hollywood con su mejor sonrisa. Los vestidos se hacen para ciertos cuerpos; luego los cuerpos se fuerzan para ciertos vestidos. Y como nadie quiere parecer anticuado, pesado o fuera de época, el ciclo se cierra con una eficiencia melancólica. La modernidad, en este caso, consiste en volver a decir lo mismo de siempre con un tono aparentemente nuevo: vuelvan a desaparecer, pero háganlo con sérum, con pilates, con asesor nutricional y con una narrativa de empoderamiento.

A veces se objeta que el péndulo siempre ha oscilado y que la historia de la moda no es más que una sucesión de formas: la garçonne, Twiggy, el heroin chic, el culto al fitness, la curvatura celebratoria, la neutralidad andrógina. Todo eso es cierto y, sin embargo, insuficiente. Porque una oscilación estética no deja de ser grave cuando produce daño. Y la produce. La comparación social la produce. La medicalización del cuerpo la produce. La vigilancia compulsiva la produce. La glorificación de la extrema delgadez la produce. No estamos hablando de dobladillos; estamos hablando de vidas vividas bajo sospecha corporal.

Por eso la imagen de la alfombra roja importa tanto. Importa porque la alfombra roja sigue siendo una de las catequesis visuales más eficaces del planeta. Allí se enseña quién merece ser admirado, qué se considera deseable, qué clase de disciplina se recompensa con titulares benévolos. Este año no se premió solo a las mejores películas: se volvió a premiar, aunque nadie lo dijera de manera oficial, una estética del empequeñecimiento femenino. Y eso debería incomodarnos mucho más de lo que parece incomodarnos.

No se trata, por supuesto, de vigilar a las actrices en sentido contrario ni de convertir sus cuerpos en objeto de otro tribunal. Bastante tienen con el que ya padecen. Se trata de examinar la maquinaria que convierte su aspecto en doctrina. De preguntarnos por qué, una y otra vez, la industria cultural recae en el mismo fetiche. De negarnos a aplaudir sin reservas un modelo de belleza que presenta la fragilidad como sofisticación, la desaparición como elegancia y la renuncia física como si fuera una forma superior de éxito.

Porque eso fue lo inquietante de los Oscar de este fin de semana. No que hubiera muchísimas mujeres delgadas en la alfombra roja, eso, por desgracia, no es noticia, sino la sensación de que la delgadez extrema ha vuelto a adquirir rango de lenguaje dominante; de que la cultura visual la está legitimando de nuevo; de que el espectáculo la ha reincorporado a su vocabulario central con la naturalidad con que se recupera una tendencia vintage. Y hay modas que deberían quedarse para siempre en el desván.

Al final, el problema no es de gusto, ni de costura, ni siquiera de celebridades concretas. El problema es de mensaje. Y el mensaje que hoy se emite con una peligrosísima claridad es este: la mujer admirable sigue siendo la mujer que sabe borrarse un poco. Afinarse. Contenerse. Encogerse con gracia. Convertir su cuerpo en una superficie impecable donde no se note ni el hambre, ni el cansancio, ni la edad, ni el peso de estar viva.

Conviene decirlo sin rodeos: vamos hacia un lugar peligrosísimo. Un lugar en el que la delgadez deja de ser una preferencia privada para convertirse otra vez en obligación pública. Un lugar en el que la estética se disfraza de salud y la salud de moral. Un lugar en el que millones de mujeres reciben el encargo tácito de reducirse para resultar más aceptables. Y no, no hay nada chic en eso. No hay nada moderno. No hay nada admirable. Solo hay una vieja tiranía con vestido de alta costura.

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