Hubo un momento en el que parecía que la moda estaba dispuesta a cambiar. Las campañas comenzaron a incorporar cuerpos diferentes, las modelos de tallas grandes ganaron visibilidad y el movimiento body positive pasó de las redes sociales a los escaparates de algunas de las firmas más conocidas. Por primera vez en mucho tiempo, la industria parecía asumir que las mujeres no tenían que adelgazar para poder vestir a la moda.
Una década después, las imágenes que llegan desde las pasarelas internacionales dibujan un escenario muy diferente. Las semanas de la moda de Nueva York, Londres, Milán y París, que acaban de presentar las colecciones de primavera-verano 2027, vuelven a plantear una pregunta incómoda… ¿qué ha ocurrido con aquella promesa de diversidad corporal?
Los datos no son especialmente alentadores. Según el último análisis publicado por la modelo y activista Felicity Hayward en Marie Claire, ninguna de las cuatro capitales de la moda superó el 3 % de representación de tallas grandes. Londres, que durante años había destacado por una mayor diversidad de cuerpos, registró una caída del 56,3 % en las apariciones de modelos plus-size respecto a la temporada comparable. El análisis se suma al informe publicado por Vogue Business el pasado marzo, que examinó 7.817 looks de otoño-invierno 2026. De ellos, el 97,6 % se presentó sobre modelos de tallas convencionales, el 2,1 % correspondió a tallas intermedias y apenas el 0,3 % a tallas grandes.

Del ‘body positive’ al regreso de los viejos cánones de belleza
El contraste con lo que sucedía hace apenas unos años resulta llamativo. Durante la década de 2010, modelos como Ashley Graham, Paloma Elsesser y Felicity Hayward contribuyeron a cuestionar los estándares de belleza que habían dominado históricamente las pasarelas. La industria comenzó a utilizar palabras como inclusión, diversidad y aceptación corporal. Algunas marcas ampliaron sus rangos de tallas y otras incorporaron modelos con diferentes siluetas a sus campañas. Sin embargo, aquella visibilidad no siempre estuvo acompañada de cambios profundos en el diseño y la producción de ropa.
Hayward ha vuelto a denunciar esta situación en una publicación compartida por la revista *Stylist* en Instagram. En ella recuerda el optimismo que generó el movimiento body positive y cómo, por primera vez, muchas mujeres comenzaron a sentir que podían formar parte del universo de la moda sin modificar previamente sus cuerpos. La modelo se pregunta ahora por qué la industria parece estar retrocediendo. Una inquietud que también han expresado otras profesionales del sector.
La escritora y consultora de moda Brenda Weischer, conocida en Instagram como @BrendaHashtag, manifestó públicamente su frustración ante la escasa representación corporal de los desfiles de primavera-verano 2026. Su reacción refleja el desencanto de quienes esperaban que los avances anteriores se consolidaran. Además, el último análisis de Marie Claire muestra que buena parte de la diversidad que todavía aparece en las pasarelas depende de determinadas firmas. Christian Siriano, en Nueva York, y Ester Manas, en París, figuran entre los nombres que siguen apostando por ampliar los cánones tradicionales.
Pero ¿qué implica que la industria vuelva a privilegiar cuerpos muy delgados?
La artista visual e investigadora Yolanda Domínguez, especializada en analizar cómo las imágenes reproducen estereotipos de género, abordó esta cuestión en nuestro periódico, Artículo14, el pasado marzo. En una columna titulada La delgadez es una forma de infantilizar a las mujeres, reflexionaba sobre el regreso de la extrema delgadez como ideal femenino y su relación con las expectativas sociales impuestas a las mujeres. Su análisis invita a mirar más allá de las tendencias. Porque cuando la moda presenta una y otra vez un único tipo de cuerpo como aspiracional, no está mostrando únicamente ropa. También contribuye a construir una idea de qué mujeres merecen ser admiradas, imitadas o consideradas bellas.
Domínguez también ha trabajado esta cuestión desde el arte. Su proyecto Habitar mi cuerpo propone cambiar la manera en que las mujeres se relacionan con su imagen: dejar de observar el cuerpo exclusivamente desde fuera y empezar a reconocerlo desde la experiencia de habitarlo. La reflexión adquiere especial relevancia en un momento en el que las imágenes de moda ya no se consumen exclusivamente en revistas o desfiles. Las redes sociales multiplican su alcance y convierten los estándares estéticos de las grandes firmas en referencias cotidianas.

¿Es la diversidad corporal una estrategia de marketing?
La cuestión va mucho más allá de quién desfila sobre una pasarela. También afecta a las mujeres que, al entrar en una tienda, descubren que buena parte de las tendencias no están disponibles en su talla. La creadora de contenido Remi Bader, conocida por mostrar en redes sociales las dificultades que encuentran muchas mujeres al comprar ropa, ha denunciado la distancia entre la representación de cuerpos diversos en las campañas publicitarias y la disponibilidad real de las prendas. Porque hay una diferencia importante entre contratar a una modelo de talla grande y garantizar que una consumidora pueda comprar la misma colección en esas medidas.
Una encuesta de Vogue Business realizada a cerca de 700 consumidores reveló que el 48 % reconocía sentir presión para perder peso con el objetivo de sentirse a la moda. Entre quienes experimentaban esa presión, el 63 % identificaba las dificultades para encontrar ropa de su talla como uno de los factores que contribuían a ella. Además, el 27 % de las personas encuestadas que utilizaban tallas grandes afirmaba que nunca o casi nunca encontraba su talla en las firmas de lujo. Los resultados muestran que la falta de diversidad no se limita a un problema de representación. También condiciona la manera en que algunas mujeres pueden acceder a la moda y participar de sus tendencias.

El diseñador Christian Siriano, uno de los nombres que mantiene un compromiso continuado con la diversidad corporal, ha defendido que mostrar cuerpos diferentes sobre la pasarela no resulta suficiente si después las firmas no producen prendas para ellos.
La inclusión requiere decisiones de diseño, patronaje, producción y distribución. No basta con una campaña publicitaria ni con incorporar puntualmente a una modelo de talla grande. Este retroceso coincide, además, con un contexto cultural en el que la delgadez ha recuperado protagonismo en determinados discursos estéticos. El regreso de tendencias asociadas a los años noventa y primeros 2000, el auge de contenidos centrados en la transformación física y la creciente conversación sobre los medicamentos utilizados para perder peso forman parte de un escenario que vuelve a situar el cuerpo femenino en el centro del debate.
Aunque no puede establecerse una relación causal directa entre todos estos fenómenos, su coincidencia plantea una cuestión relevante: ¿hasta qué punto las tendencias estéticas siguen condicionando la aceptación de los cuerpos de las mujeres? La cuestión no es si el body positive ha dejado de estar de moda, sino si las grandes firmas llegaron realmente a asumir sus reivindicaciones. El movimiento social que defendía el derecho de las mujeres a aceptar sus cuerpos no ha desaparecido. Tampoco la necesidad de encontrar prendas que se adapten a diferentes tallas. Lo que parece haberse debilitado es la voluntad de una parte de la industria de convertir aquella diversidad en una práctica habitual.
La moda siempre ha vivido de los cambios. Cada temporada redefine lo que considera deseable, recupera tendencias olvidadas y propone nuevas siluetas. Pero cuando lo que entra y sale de las tendencias es la visibilidad de determinados cuerpos, las consecuencias van mucho más allá de la ropa. Porque las mujeres pueden cambiar de estilo tantas veces como quieran. Lo que no debería exigirse es cambiar de cuerpo para poder seguir la moda.

