El pasado mayo, el papa León XIV publicó Magnifica Humanitas, su primera encíclica, dedicada a la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. No es casual que la firmara el 15 de mayo, en el 135.º aniversario de Rerum Novarum, ni que eligiera su nombre en memoria de aquel León XIII que, en 1891, supo leer su época. El gesto encierra una convicción: la historia vuelve a situarnos ante un umbral semejante, y conviene mirarlo con la misma lucidez.
Porque en 1891, mientras Europa se transformaba bajo el estruendo de las fábricas, León XIII comprendió que la gran cuestión de su tiempo no eran las máquinas, sino el hombre. La Revolución Industrial había alterado la producción, el trabajo y el equilibrio social, pero el verdadero desafío consistía en preservar la dignidad humana en medio de aquella transformación sin precedentes. Rerum Novarum no pretendía detener el progreso, sino recordar que ninguna innovación técnica puede justificar el olvido de aquello que nos hace plenamente humanos.
Más de un siglo después, la inteligencia artificial promete modificar nuestra manera de trabajar, aprender, crear y decidir con una rapidez difícil de comparar con cualquier revolución anterior. También ahora la tentación consiste en concentrar toda la atención sobre la potencia de la tecnología. Pero quizá la pregunta decisiva siga siendo la misma: ¿qué parte de nuestra humanidad estamos dispuestos a delegar?
Entre todas nuestras facultades, hay una especialmente frágil y, al mismo tiempo, decisiva: la imaginación. Solemos identificarla con la fantasía o el entretenimiento, como si perteneciera al territorio de la infancia o de los artistas. Sin embargo, la imaginación es una de las capacidades más serias que posee una civilización. Es la facultad de concebir aquello que todavía no existe; de proyectar una realidad distinta antes de convertirla en obra. Ninguna ciudad fue construida antes de haber sido imaginada. Ninguna universidad, ninguna constitución, ninguna catedral, ninguna institución nació primerode los planos o de las leyes. Todas comenzaron como una visión compartida sobre el futuro.
Europa, en buena medida, es el resultado de esa imaginación cultivada durante siglos. Sus monasterios conservaron el conocimiento cuando parecía extinguirse; sus universidades imaginaron una comunidad dedicada a la búsqueda de la verdad; sus arquitectos levantaron edificios que todavía hoy expresan una determinada idea del hombre; sus artistas hicieron visible lo invisible. Nada de ello fue fruto de la improvisación. Fue el resultado de una imaginación educada por la memoria, la tradición y el deseo de trascender el presente.
Quizá ahí resida una diferencia esencial con nuestro tiempo. Vivimos rodeados de imágenes, pero cada vez disponemos de menos espacios para imaginar. Consumimos posibilidades sin detenernos a concebirlas. Recibimos respuestas antes incluso de formular las preguntas. La velocidad, que tanto admiramos, amenaza con convertir la imaginación en una facultad innecesaria. Si todo puede generarse de inmediato, corremos el riesgo de olvidar el lento trabajo interior que precede a toda verdadera creación.
La inteligencia artificial representa un avance extraordinario. Sería absurdo negarlo. Puede ampliar nuestras capacidades, acelerar procesos y abrir horizontes impensables hace apenas unos años. Pero precisamente por ello exige una responsabilidad aún mayor. Porque una herramienta capaz de producir millones de respuestas no puede sustituir la decisión profundamente humana de formular una pregunta nueva.
Imaginar no consiste en combinar datos de manera eficiente. Consiste en intuir un sentido que todavía no ha tomado forma. Es reconocer posibilidades allí donde solo existen fragmentos dispersos. Es mirar un solar vacío y ver una plaza; observar un bloque de piedra y descubrir una escultura; contemplar una sociedad dividida e imaginar una convivencia mejor. Ningún algoritmo puede asumir esa tarea por nosotros si antes nosotros mismos hemos renunciado a ejercerla.
Toda imaginación auténtica necesita, además, ser cultivada. No nace del vacío, sino del encuentro con aquello que nos precede. Leer a los clásicos,recorrer una ciudad antigua, contemplar una pintura, escuchar música, conversar sin prisa o habitar espacios que invitan al silencio no son lujos culturales: son ejercicios mediante los cuales una civilización alimenta su capacidad de proyectar el futuro. La imaginación sin memoria degenera en ocurrencia. La imaginación alimentada por la tradición se convierte en cultura.
Quizá por eso el desafío de nuestra época no sea protegernos de las máquinas, sino evitar una renuncia mucho más silenciosa: dejar de imaginar por nosotros mismos. La verdadera rendición no comenzaría cuando una inteligencia artificial resuelva por nosotros. Comenzaría el día en que aceptáramos vivir únicamente entre soluciones concebidas por otros, renunciando al esfuerzo de pensar aquello que todavía no existe.
Las grandes civilizaciones no perduran porque sepan repetir su pasado, sino porque encuentran la forma de imaginar el futuro sin romper el hilo que las une a su memoria. Esa ha sido, una y otra vez, la lección de Europa.
Cuando León XIV advierte que la inteligencia artificial no es moralmente neutra, porque asume el rostro de quien la concibe y la gobierna, está formulando, en su lenguaje, la misma intuición que cruza estas líneas: ninguna técnica es inocente respecto de la humanidad que la emplea. La advertencia, separada de la de su predecesor por más de un siglo, es en el fondo una sola: ningún progreso merece ese nombre si deja de estar al servicio de la persona. Y la cuestión decisiva tampoco ha cambiado: no es si las máquinas pensarán cada vez mejor, sino si nosotros conservaremos el coraje de imaginar.
Porque una civilización no se rinde el día en que deja de construir. Se rinde, en silencio, mucho antes: el día en que deja de imaginar aquello que todavía no existe. Y la imaginación, como el juicio y como el interior, no se hereda. Se cultiva — o se rinde.

