En pleno Madrid, La Prudencia ha convertido uno de los grandes iconos de la gastronomía española en objeto de deseo. Su boutique, definida como una auténtica “joyería del jamón”, resume bien la manera en la que Laura Benito entiende hoy el lujo: menos ostentación y más autenticidad, origen y tiempo. Porque hay cosas que, como un buen jamón, simplemente no admiten atajos.
Pertenece a la cuarta generación de una familia dedicada al ibérico desde hace más de un siglo. Creció entre la fábrica de Villacastín y las fincas extremeñas, aprendiendo a mirar el producto desde el respeto al campo, al animal y al trabajo que hay detrás de cada pieza. Ahora aporta al negocio familiar una mirada más internacional y contemporánea, con un reto muy claro: acercar La Prudencia a una nueva generación de consumidores sin perder aquello que la ha hecho reconocible durante más de cien años. Charlamos con ella.
Has crecido dentro de una familia dedicada al ibérico desde hace más de un siglo. ¿Cuál es tu primer recuerdo relacionado con La Prudencia?
Mis primeros recuerdos están ligados tanto a la fábrica de Villacastín como a las fincas en Extremadura. Recuerdo acompañar a mi familia desde muy pequeña, recorrer los secaderos, pasear por el campo, el respeto por el animal y descubrir el enorme trabajo que había detrás de cada jamón. Pero, sobre todo, recuerdo las enseñanzas de mi padre. Siempre nos transmitió que el trabajo no era solo un medio de vida, sino un espacio para aprender, mejorar y crecer como personas; que la disciplina, el tesón y el compromiso eran valores irrenunciables.
También nos enseñó que el concepto de familia iba mucho más allá de nuestro hogar. En La Prudencia siempre hemos entendido que nuestros clientes, distribuidores y partners forman parte de esa gran familia. Crecí viendo cómo recibíamos en casa y en la fábrica a personas llegadas de cualquier parte del mundo, compartiendo una mesa, enseñándoles nuestra forma de trabajar y creando relaciones que, en muchos casos, han terminado convirtiéndose en amistades de décadas. Por eso, para mí, La Prudencia nunca ha sido solo una empresa. Ha sido una forma de entender el trabajo, las relaciones personales y el compromiso con las personas.

¿Siempre supiste que acabarías trabajando en la empresa familiar o hubo un momento concreto en el que decidiste hacer tuyo ese legado?
Nunca lo di por hecho. De hecho, mis estudios de Derecho y Abogacía Internacional, así como gran parte de mi formación, no estaban orientados directamente a incorporarme a la empresa familiar. Siempre pensé que era importante formarme y adquirir experiencia con una visión amplia, sin dar por sentado cuál sería mi camino.
Con el tiempo surgió la oportunidad de unirme a La Prudencia y entendí que podía sumar al proyecto familiar desde todo lo que había aprendido. Poder trabajar con mi familia es un auténtico regalo, por ello me incorporé con muchas ganas, pero también con mucha humildad, sabiendo que tenía mucho que escuchar y aprender de las personas que llevaban toda una vida dedicándose a este oficio.
Hoy sigo sintiendo que estoy aprendiendo cada día. Mi objetivo es contribuir al crecimiento de la empresa respetando siempre los valores y el legado que han construido las generaciones anteriores.

Pertenecer a la cuarta generación puede ser un privilegio, pero también una gran responsabilidad. ¿Has sentido alguna vez el peso de tener que estar a la altura de tu apellido?
Claro que sí. Cuando formas parte de la cuarta generación de una empresa familiar con un apellido de más de cien años de historia, eres muy consciente de que recibes algo que otros construyeron con muchísimo esfuerzo. Más que sentir el peso del apellido, siento la responsabilidad de cuidar ese legado, aportar lo mejor de mí y dejar una empresa más fuerte para quienes vengan después.
¿Qué has querido aportar tú a La Prudencia que no estuviera ya en las generaciones anteriores?
Mi mayor aportación ha sido impulsar una visión más internacional y acercar la marca a nuevos consumidores sin perder nuestra esencia. También hemos trabajado mucho en la imagen de marca, en la comunicación y en crear experiencias, como la boutique de Madrid, para que La Prudencia no solo sea reconocida por la calidad de sus productos, sino también por todo lo que representa.

Habéis definido vuestra nueva boutique de Madrid como “la joyería del jamón”. ¿Qué significa para ti el lujo y por qué crees que hoy está más relacionado con el origen, el tiempo y la autenticidad que con la ostentación?
Para mí, el verdadero lujo es aquello que no se puede acelerar. Un jamón necesita años de crianza, una dehesa necesita tiempo y una marca necesita generaciones para construir su reputación. Hoy el consumidor valora cada vez más saber de dónde viene un producto, quién está detrás y cómo se ha elaborado. Ese es el lujo que defendemos en La Prudencia: autenticidad, origen y tiempo.
El jamón forma parte de las celebraciones, las reuniones familiares y la manera española de recibir. ¿Cómo te gusta preparar una mesa cuando invitas a amigos a casa?
Me encanta recibir gente en casa y compartir una buena mesa. Creo que es una de las formas más bonitas de cuidar a las personas. Me gusta que quienes vienen se sientan cómodos, relajados y, sobre todo, disfruten. Soy de las que piensa que una mesa no necesita excesos, sino buenos productos y atención a los detalles. Me gusta cuidar la presentación, porque creo que también es una forma de demostrar cariño hacia los invitados, pero siempre desde la sencillez. Nunca falta un jamón recién cortado, una selección de nuestros embutidos —con el lomito como uno de mis imprescindibles—, un buen pan, un excelente aceite de oliva y un buen vino.

Siempre que tengo ocasión, me gusta compartir algún producto nuevo o una forma diferente de presentarlo. Escuchar las impresiones de amigos y familiares es un pequeño privilegio y, muchas veces, una fuente de inspiración. Al final, las mejores ideas suelen surgir alrededor de una buena mesa. Viajar me ha enseñado que la gastronomía es una de las formas más sinceras de conocer una cultura. De los países asiáticos me atrae especialmente la costumbre de colocar los platos en el centro y compartirlos, y de la cultura latina, esa manera tan espontánea y cálida de reunirse alrededor de una mesa. Ambas me han enseñado que no siempre es necesario preparar una comida compleja para crear un momento especial. A veces basta con buenos sabores, productos sencillos y el deseo de disfrutar juntos. Esa idea de comer para compartir y disfrutar juntos es algo que intento llevar también a mi vida cotidiana.
El sector cárnico y el mundo del campo han estado tradicionalmente dirigidos por hombres. ¿Has tenido que demostrar más por ser mujer y joven en reuniones o negociaciones importantes?
Sí, en alguna ocasión he sentido que tenía que demostrar más al principio. Pero al final el conocimiento, el trabajo y la preparación son los que hablan por uno. Hoy creo que la mejor forma de romper cualquier prejuicio es hacer bien tu trabajo cada día.

¿Qué mujeres han influido en tu manera de trabajar y qué tipo de liderazgo femenino te gustaría representar para quienes vienen detrás?
Las mujeres de mi familia han sido mi mayor referencia, pero, sin duda, mi madre ha sido y siempre será mi mayor ejemplo. He tenido la suerte de verla trabajar toda la vida con una fortaleza admirable, una capacidad de sacrificio inmensa y una dedicación absoluta a su familia y por tanto a la empresa. Siempre desde la discreción, sin buscar protagonismo, pero siendo un pilar fundamental.
Me gustaría representar un liderazgo cercano, exigente y coherente, basado en el ejemplo, la escucha y el respeto por las personas. Creo que liderar no consiste en tener todas las respuestas, sino en rodearte de un buen equipo, generar confianza y ayudar a que cada persona pueda desarrollar su mejor versión.
Entre viajes, decisiones empresariales y proyectos familiares, ¿qué pequeños rituales te ayudan a desconectar y a volver a ti misma?
Tengo la suerte de formar parte de una familia muy unida, así que he aprendido a valorar mucho esos pequeños momentos que te devuelven al equilibrio. Me encanta hacer deporte porque me ayuda a despejar la mente, viajar para descubrir nuevas culturas y gastronomías, y perderme en un buen restaurante con mi marido o con mi hermana. Pero, por encima de todo, disfruto compartiendo tiempo con mi familia y con mis amigos que son mi gran motor, y si puede ser alrededor de una buena comida, ¡mejor!

