Entre el paralelismo de Anna Kournikova, colocándose para sacar mientras se ajusta su visera a juego con sus pendientes de diamantes, y Naomi Osaka quitándose la falda de tul desmontable de su (literalemente) brillante conjunto en la Suzanne Lenglen han pasado exactamente 30 años. Centellea el vestido hecho ad hoc por Nike para la japonesa a los ya más de 29 grados a media mañana en un soleado París, que ahora se transforma en un atuendo ligero y perfecto para disputar el encuentro contra la alemana Laura Siegemundn en la primera ronda del Grand Slam.
A la rusa, sin embargo, se la tildó de superficial y en exceso preocupada por la imagen, a pesar de que se retiró con apenas 21 años y tras siete en activo, en los que llegó a ser octava del mundo y ganó 16 títulos de dobles, además de llegar a las semifinales de Wimbledon en el 97. Conjuntos níveos de shorts y tops, polos y faldas en rosa palo, sets en colores pastel a juego, viseras que enmarcaban sus largos recogidos de trenza o la moda de los brillantes en pista (cuyo testigo ahora parece haber recogido Aryna Sabalenka); todo ello, sumado a su físico de top model ‘normativo’ eran en ocasiones, mucho más comentados que sus partidos o resultados.
“El hecho de que se retirara de la WTA en 2003, tras una serie de lesiones, y de que, aunque solo participara en torneos de exhibición y por equipos, siguiera gozando de gran popularidad, es una prueba de su carisma”, dijo en 2019 el analista deportivo Ben Rothenberg. “En resumen, [Kournikova] allanó el camino para la enorme ola postsoviética que vino a continuación; redefinió por completo el significado del éxito y el valor en el deporte femenino; y cambió la forma en que se percibía este deporte”, otorgó el experto.

“El tenis femenino consiguió muchos contratos televisivos mientras ella jugaba. Hay muchas cosas que Anna hizo por este deporte que van mucho más allá de las estadísticas de victorias y derrotas”, dijo Ken Merritt, que entró a la tenista en Florida, en la misma academia donde empezaron Andrea Agassi o Martina Hingis. En concreto, la rusa habría la veda del marketing a la moda, siguiendo una estela de patrocinios que se remontaba a pioneras como Billie Jean King pero que no aplicaba (aun) al mundo sartorial. Adidas, Berley, Yonex o K-Swiss pero también Omega o el buscador Lycos fueron algunos de sus frecuentes anunciantes.
Varias campañas y décadas después, Janik Sinner es imagen de Gucci, la británica Emma Raducanu fue embajadora de Dior o Tiffany’s, y Coco Gauff es colaboradora estrecha de New Balance (entre otras muchas marcas). Osaka, en concreto, ha sido imagen de Louis Vuitton y está patrocinada (como sus homólogos masculinos) por marcas de accesorios y complementos fuera de los estrictamente deportivo, como es el caso de Tag Heuer.

Y es que, aunque en 2026 ya no llame la atención que una tenista pueda lucir como quiera dentro (y fuera) de la pista, este tema parece seguir despertando el interés en las ruedas de prensa de los torneos. Sin ir más lejos, la pasada semana Aryna Sabalenka respondía divertida sobre el por qué de sus diamantes en el último partido disputado en Roland Garros; no solo su collar y pendientes (de más de 14k) despertaron interés, sino también su flamante anillo de compromiso, como ya lo hiciera el de su compatriota Kournikova (con el diamante de 11 quilates que Enrique Iglesias le había regalado por su compromiso en 2004 y con el que jugó en EEUU).
La número uno de la WTA aclaraba así, por si había duda, que el número de collares que lleve en la pista no le influye en su rendimiento “Me siento genial. Sé que desde fuera puede parecer pesado, pero en realidad no lo es; de hecho, hoy me he quitado uno de los tres collares del conjunto”, dijo la bielorrusa, quien ha declarado el múltiples ocasiones que consider las piezas de la joyería como ‘amuletos de la suerte’ que la acompañan durante cada partido y que, además, cambia según la ocasión. El último set realizado ex profeso por la firma neoyorkina Material Goods, inspirado en las canchas de tierra batida del torneo francés y con más de 200 quilates de granates y 23 de diamantes, es quizá el mejor ejemplo.

Lo cierto es que, de hecho, del vestido de encaje que escandalizó y fascinó a partes iguales cuando Anne White saltó a la pista de Wimbledon en 1985, al catsuit negro de Serena Williams en Roland Garros que abrió un debate global sobre los códigos de vestimenta en el deporte, como de los minivestidos plisados de Maria Sharapova diseñados por Nike para las grandes citas a la elegancia preppy que convirtió a Chris Evert en un icono de los años setenta, la historia del tenis también puede leerse a través de sus siluetas. A continuación, algunas de las tenistas que sentaron las bases del estilo en la pista y algunos de los looks más icónicos hasta la actualidad.
La elegancia preppy de Chris Evert

Personificación de la elegancia clásica del tenis femenino, Evert fue un icono durante las décadas de los setenta y ochenta. No solo porque ganó 18 títulos de Grand Slam y pasó más de una década entre las mejores del mundo, sino porque construyó una imagen basada en la sofisticación y la discreción sin renunciar a su estilo propio. De hecho, sus vestidos blancos de líneas limpias, las faldas plisadas y una estética impecablemente preppy consagraron (por primera vez) elementos de la costura más propios de fuera de la pista, como el encaje.
También fue pionera en popularizar el uso de joyería en pista gracias a su célebre pulsera de diamantes (origen de la hoy conocida como “tennis bracelet”) después de que una de ellas se rompiera durante un partido del US Open en 1978 y el encuentro tuviera que detenerse para buscarla. Un sello de identidad que aun perdura dentro y fuera de la pista.
El total glam de Maria Sharapova

La bielorrusa fue uno de los iconos que convirtió los Grand Slams en auténticas pasarelas durante la década de los 2000. De hecho, Nike diseñó para ella algunos de los vestidos más memorables de la era moderna, con versiones específicas para cada torneo que combinaban innovación técnica y sofisticación estética; desde los minivestidos inspirados en el glamour hollywoodiense hasta los diseños de inspiración joya para las sesiones nocturnas del US Open, la rusa consolidó una imagen elegante y aspiracional que redefinió la relación entre patrocinadores y jugadoras de élite. El llamado LBD (o little black dress) del tenis también es un término que acuñó uno de sus outfits, tras el US Open de 2026.
El carisma mod de Billie Jean King

Aun con un uninforme normativamente en tonos níveos, la 39 veces campeona de Gran Slams (20 de Wimbledon) fue todo un referente a la hora de cómo trasladar el estilo propio y la comodidad sin perder un ápice de swag. Famosos son ya sus vestidos estructurados y gafas de gran tamaño estilo sementero, que formaron parte de una identidad visual inseparable de su activismo en una época en la que las tenistas luchaban por el reconocimiento profesional y económico (y donde King utilizó la pista como plataforma para reivindicar visibilidad, igualdad y modernidad). Vestida de Fred Perry, con el vestido de botones con el que ganó la famosa ‘Batalla de los Sexos’ o con el colorido chándal con el que hace sus directos de instagram, Billie es icónica siempre y de todos modos.
El mono (blanco) de Anne White

Mucho antes de Serena Williams, Anne White protagonizó una de las mayores controversias estéticas de la historia del tenis. En Wimbledon 1985, la norteamericana apareció en pista con un ajustado mono blanco de una sola pieza que rompía radicalmente con los códigos tradicionales del torneo. Aunque los organizadores le pidieron que modificara su indumentaria para el siguiente encuentro, aquella imagen quedó grabada en la memoria colectiva como uno de los primeros desafíos explícitos a las normas no escritas de la moda tenística. Cuatro décadas después, sigue siendo una referencia obligada de libertad cuando se habla de momentos que cambiaron la conversación en este deporte.
El yellow butter de Coco Grauff

Con apenas 22 años, Gauff representa la nueva generación de estrellas que entienden la moda como una extensión natural de su identidad deportiva: además de una de las deportistas más seguidas de su generación, la de Florida es todo un referente cultural, que la encarna el presente y el futuro de la moda en la pista. No en vano, su estrecha colaboración con New Balance le ha permitido desarrollar una estética propia que combina referencias al tenis clásico estadounidense con códigos contemporáneos inspirados en la cultura pop y el streetwear.
En Roland Garros 2025 acaparó titulares con un conjunto que seguía todas las máximas de las tendencias de la temporada: tonos mantequilla, retro que remitían a la tendencia de los años ochenta junto a tejidos en la más absoluta vanguardia. La prueba fehaciente de que el tenis contemporáneo puede dialogar con la moda sin perder un ápice de competitividad.
Serena Williams o la black swan de la pista

Pocas deportistas han utilizado la moda con tanta intención y fuerza narrativa como Serena. Desde los monos ajustados que rompieron moldes hasta los vestidos adornados con pedrería, pasando por sus tutús diseñados para las grandes citas, cada una de sus apariciones contribuyó a ampliar los límites de lo aceptable en la indumentaria deportiva femenina.
Eso sí, podemos afirmar que el célebre catsuit negro que lució en Roland Garros 2018 trascendió la categoría de uniforme para convertirse en toda una declaración de autonomía, identidad y poder (especialmente tras su reaparición en la pista después de una complicada experiencia de recuperación post-parto). Su influencia continúa siendo visible en una generación de atletas que entiende la ropa como una herramienta más de expresión personal. Más aun ahora, que acaba de confirmar su retorno a la competición tras un hiato de cuatro años.
El power flúor de Naomi Osaka

Si Kournikova abrió la puerta a la conversación entre tenis y marketing, Naomi Osaka ha llevado esa relación a una nueva dimensión, convirtiendo cada aparición en un ejercicio de construcción visual, innovación técnica y sensibilidad estética. No en vano, sus colaboraciones con Nike han dado lugar a algunos de los diseños más comentados de los últimos años, mientras que su vínculo con firmas de lujo como Louis Vuitton ha consolidado su estatus como figura transversal entre deporte y moda.
Si su atuendo para el US Open de 2024 (y su gran lazo en la espalda) fue de los más comentados, su vestido brillante con falda desmontable presentado en la última edición de Roland Garros ejemplifica una nueva era no solo como atleta (y madre) sino también como creadora de imagen. Puntos extra para este último look, que dedicó a su hija de dos años, inspirado en el famoso icono parisino de Gustave Eiffel (“en concreto, cuando la iluminan de noche”, apuntó).

