Celebrities

Rocío Jurado inventó el maximalismo español antes de que tuviera nombre

Antes de que la moda reivindicara el exceso, la artista convirtió los volúmenes, las transparencias y los escotes imposibles en un lenguaje propio. Su estilo conectó la tradición andaluza con la alta costura y el glamour de las grandes divas internacionales

Hay una escena que se repite en muchas de las actuaciones de Rocío Jurado. La cantante abre los brazos, una capa o unas mangas monumentales se despliegan y el vestido parece ocupar todo el escenario. La pedrería devuelve la luz de los focos, su melena amplifica la silueta y el cuerpo, situado casi siempre en el centro, se convierte en una presencia difícil de apartar de la mirada.

Antes de que las estrellas del pop hablaran de dirección creativa, styling o construcción de marca personal, Rocío Jurado ya sabía que la imagen podía prolongar la voz. No bastaba con cantar una canción desgarradora… el vestido tenía que expresar la misma intensidad. Por eso, su vestuario era una herramienta escénica; y, visto hoy, queda claro que practicó durante décadas una forma de maximalismo español antes de que la moda necesitara ponerle nombre.

Su armario reunía prácticamente todos los elementos que asociamos con el exceso: lentejuelas, encajes, bordados, transparencias, tejidos metalizados, grandes pendientes, escotes profundos, mangas de murciélago, capas, colas y volantes. Sin embargo, su estilo no consistía simplemente en acumular elementos llamativos. Había siempre una intención relacionada con la escala, el movimiento y la distancia.

Se vestía para un escenario, para las cámaras y para la última fila de un teatro. Las mangas debían reaccionar cuando movía los brazos; los cristales tenían que capturar la luz; la cola debía prolongar sus pasos; el rojo tenía que imponerse sobre el resto. Incluso su melena cobriza, cardada y llena de volumen funcionaba como una extensión del vestido. En ella, el maximalismo era intensidad y no falta de medida.

Uno de sus grandes logros fue convertir elementos ligados a la tradición andaluza en códigos de gran diva. No abandonó la bata de cola, los volantes, el mantón o las flores, pero dejó de utilizarlos como un uniforme folclórico. Los mezcló con vestidos de noche, minifaldas, capas de ópera, trajes sastre, transparencias y siluetas propias de la alta costura internacional.

La propia artista contó que, cuando comenzó a cantar en solitario, quiso apartarse de la imagen más previsible de la folclórica y empezó a comprar prendas de firmas como Balenciaga y Chanel. Aquella decisión revela una ambición estética muy concreta: no renunciar a su identidad española, sino situarla en conversación con la moda internacional.

De la bata de cola a la diva internacional

Su imagen evolucionó al mismo tiempo que su repertorio. En los comienzos aparecía más vinculada a los códigos tradicionales de la copla. Durante los años setenta, cuando su música se acercó a la canción melódica, su vestuario se hizo más sensual. Llegaron las aberturas, los vestidos ajustados, las transparencias y los escotes que desafiaban los límites de la televisión de la época.

En los años ochenta, su estética alcanzó una dimensión decididamente barroca. Aumentaron el brillo, las capas, los grandes volúmenes y las prendas capaces de transformar cada actuación en un acontecimiento visual. En los noventa podía combinar un abrigo de piel, un sombrero, tacones y prendas deportivas sin perder coherencia. Décadas antes de que la mezcla de lujo y cultura popular se convirtiera en una fórmula habitual, ella ya la practicaba con total naturalidad.

Su relación con el glamour internacional resulta evidente, aunque no sea posible señalar a una sola artista extranjera como influencia directa. Su estilo pertenecía al mismo universo visual que el de Cher, Diana Ross, Tina Turner o Elizabeth Taylor: mujeres que utilizaron el brillo, el cabello, las joyas y la teatralidad como una forma de autoridad.

La comparación con Cher es interesante porque ambas recurrieron a los cristales, las transparencias, las capas y los vestidos concebidos para construir una figura casi mitológica. Pero mientras el vestuario de Cher se alimentaba del imaginario de Hollywood y de la showgirl estadounidense, Rocío Jurado trabajaba con otros materiales culturales como la bata de cola, la mantilla, el traje de luces, el mantón y la artesanía andaluza.

En esa construcción resultaron decisivos los modistas que trabajaron con ella durante décadas. Justo Salao fue uno de los grandes responsables de sus batas de cola y entendió como pocos que aquellos vestidos debían poseer movimiento y arquitectura. Para Azabache, el espectáculo presentado en la Expo de Sevilla de 1992, creó varios modelos pensados para un escenario de enormes dimensiones.

Antonio Ardón fue otro de sus diseñadores esenciales. Desde los años ochenta realizó para ella prendas de actuación, conjuntos de cóctel y ropa de calle. Sus diseños explotaban las mangas amplias, los escotes estructurados, las capas y las superficies brillantes. Ardón entendía que vestirla era crear una prenda capaz de estar a la altura del personaje.

Carlos Arturo Zapata aportó una sensibilidad más cosmopolita y cercana a la alta costura social. Diseñó el vestuario de una de sus giras y los trajes que llevó en su boda con José Ortega Cano. Victorio & Lucchino firmaron el célebre conjunto frambuesa que lució en la boda de su hija, mientras que Hannibal Laguna creó el último vestido con el que apareció sobre un escenario.

El elemento común era siempre el mismo: la ropa debía servir a la voz, al movimiento y a su deseo de ser irrepetible. También por eso su sensualidad resultó tan moderna. Sus escotes, vestidos ceñidos y transparencias aparecieron en una España que todavía imponía estrictos límites al cuerpo femenino.

Su forma de vestir no trataba de reducir el cuerpo, disimularlo o convertirlo en algo delicado. Lo colocaba en el centro de la escena. Podía ser sensual sin parecer frágil, popular sin renunciar a la sofisticación y profundamente española sin quedar atrapada en una imagen pintoresca. Y esa seguridad no desapareció con la edad. Siguió utilizando brillo, color, escotes y grandes volúmenes cuando se esperaba que las mujeres maduras rebajaran su visibilidad. El exceso fue también una manera de reivindicar el derecho a seguir siendo contemplada.

El exceso como identidad

Hoy reconocemos muchos de sus recursos en las alfombras rojas y las giras de las grandes estrellas: el vestido transparente, la capa dramática, el corsé, los guantes, el cabello XL, los pendientes escultóricos y las superficies metalizadas. Artistas como Beyoncé, Lady Gaga, Jennifer Lopez o Rosalía trabajan igualmente con la idea de que una cantante no solo interpreta canciones, sino que crea imágenes destinadas a permanecer en la memoria.

Eso no significa que todas sean herederas directas de Rocío Jurado. Significa que ella comprendió muy pronto una de las reglas fundamentales del espectáculo contemporáneo. Su aportación particular fue crear una versión española de la gran diva sin suavizar ninguno de sus extremos. Conservó el volante y la bata de cola, pero los trató como piezas de alta costura. Conservó el dramatismo de la copla, pero lo vistió con lentejuelas, organza, escotes vertiginosos y referencias internacionales.

No permaneció encerrada en la folclórica tradicional ni se disfrazó de estrella extranjera. Inventó a una mujer reconociblemente española, pero demasiado grande para caber dentro de cualquier estereotipo.

Antes de que se hablara de maximalismo, Rocío Jurado ya sabía que más podía ser más. Más luz, más tela, más color, más cabello y más presencia. En ella, el exceso nunca fue una distracción. Fue una manera de decir algo así como… “¡Aquí estoy!”

TAGS DE ESTA NOTICIA