Nepal afronta una de las mayores catástrofes naturales de los últimos años. Las inundaciones repentinas que golpearon el miércoles 26 de agosto el norte del país, cerca de la frontera con China, han dejado ya 579 muertos y 1.924 desaparecidos, según las últimas cifras de las autoridades nepalíes. Más de 3.700 personas han sido rescatadas y miles han tenido que abandonar sus hogares. En el Tíbet, las autoridades chinas contabilizan además cinco fallecidos y 558 desaparecidos.
El desastre se originó en una zona de alta montaña y estuvo relacionado con un colapso glaciar que desencadenó una enorme masa de agua, barro y rocas. La riada descendió por los valles de los ríos Bhotekoshi y Trishuli, arrasando viviendas, carreteras, puentes y otras infraestructuras. El riesgo, además, no ha desaparecido. Las autoridades vigilan la formación de nuevos lagos artificiales provocados por los desprendimientos, que podrían generar nuevas inundaciones.
En este escenario, la Fundación Vicente Ferrer (FVF) ha puesto en marcha su estructura de emergencia en el país. No lo hace enviando equipos desde España. “Trabajamos con organizaciones locales, con organizaciones nepalís. Entonces no tenemos que desplazarnos a Nepal, porque ellos ya están allí”, explica por videoconferencia a Artículo 14 Luz María Sanz Masedo, directora general de la FVF en España, cargo que ocupa desde hace cuatro años tras dieciséis años vinculada a la organización.

La estrategia permite una respuesta más rápida sobre el terreno. Nada más conocerse la magnitud de la tragedia, la fundación contactó con sus socios locales para conocer los daños. Aunque sus proyectos no han sufrido una afectación directa, las organizaciones colaboradoras cuentan con experiencia previa en emergencias y ya han comenzado a coordinarse con las autoridades.
La prioridad inmediata es garantizar las necesidades básicas de las familias que lo han perdido prácticamente todo. Comida, agua, ropa, mantas, kits de higiene y espacios seguros concentran las primeras actuaciones previstas por la organización. Las lluvias continúan y las condiciones meteorológicas dificultan todavía más la situación de quienes han quedado sin hogar.
“Lo que nos han pedido es sobre todo en este primer momento la ayuda humanitaria más de primera mano”, explica la directora. Sin embargo, el gran reto es lograr acceso a las zonas más afectadas, donde los equipos de rescate siguen afrontando condiciones muy adversas por la gran cantidad de agua y barro, así como por la destrucción total de caminos y carreteras.

La Fundación estima inicialmente que puede atender a unas 1.000 familias, alrededor de 5.000 personas, en determinados distritos afectados. La intervención se coordinará con otras organizaciones para evitar duplicidades y ampliar el número de beneficiarios. “Lo más importante en este momento es la buena coordinación entre todos”, subraya Sanz.
El material no llegará desde España. La organización prevé adquirir los suministros directamente en Nepal, donde existe capacidad para abastecer las zonas afectadas desde otras partes del país. La zona más afectada se encuentra en una región montañosa próxima a la frontera con China, donde las riadas han dejado grandes cantidades de rocas, troncos y restos de infraestructuras derruidas.
Para la fundación, sin embargo, la intervención no concluirá cuando termine la búsqueda de supervivientes. La experiencia acumulada durante décadas en India -donde ha respondido a terremotos, tsunamis e inundaciones- permite anticipar una segunda fase centrada en la reconstrucción y el acompañamiento de las comunidades. “Necesitan reconstruir, que esto será un poquito más a largo plazo”, apunta Sanz.
La dimensión psicológica será especialmente importante. Miles de personas han perdido familiares, viviendas y medios de vida. Los niños, uno de los principales colectivos con los que trabaja la fundación en Nepal, deberán afrontar además el impacto de haber vivido una catástrofe de estas dimensiones. “También es urgente acompañarlos en el plano psicosocial, que eso es muy importante”, afirma Sanz. Y agrega: “muchas personas hay que acompañarlas en el duelo, en la pérdida de familiares, de su hogar, de todo”.

La fundación cuenta con profesionales nepalíes especializados en este tipo de intervención. Para Sanz, ese acompañamiento puede ser tan importante como la ayuda material: “a veces las heridas se ven solo por fuera, pero las de dentro son más difíciles de curar”. La presencia de la FVF en Nepal es relativamente reciente. La organización comenzó a trabajar allí en 2024.
Su trabajo habitual se concentra especialmente en la infancia, la educación, la salud, la protección frente al trabajo y los matrimonios infantiles y la inclusión de personas con discapacidad. Uno de los proyectos se desarrolla incluso en los alrededores del valle de Katmandú, donde familias migrantes trabajan en fábricas de ladrillos. La fundación impulsa allí las denominadas “escuelas satélites”, espacios próximos a las fábricas donde los hijos de los trabajadores pueden estudiar mientras sus padres trabajan.
La catástrofe ha obligado ahora a cambiar temporalmente el foco. Pero Sanz insiste en que Nepal no puede quedar reducido a las imágenes de destrucción. “No solamente hay que ver los países por las circunstancias de desgracias o que te ponen en el punto de mira, sino también por las oportunidades y por lo bonito que tiene cada país”, reivindica.
Nepal es un país especialmente expuesto a terremotos, inundaciones y desprendimientos debido a su geografía montañosa. La fundación ya había intervenido en una emergencia por inundaciones en Katmandú en 2024. La tragedia actual, de una magnitud muy superior, vuelve a poner de manifiesto esa vulnerabilidad. “En Nepal tenemos presencia, estamos allí y continuaremos allí pase lo que pase”, concluye Sanz.

