La idea más poderosa que ha exportado Estados Unidos en toda su historia es que cualquiera podía llegar a ser alguien. Esa promesa era el motor nacional. Fue el historiador James Truslow Adams quien popularizó la expresión del sueño americano en 1931, en plena Gran Depresión, cuando publicó The Epic of America. No consistía en tener coches más grandes o salarios más altos, sino en construir una sociedad donde cada persona pudiera desarrollar plenamente su talento, independientemente del lugar donde hubiera nacido.
Con el paso de los años esa idea fue simplificándose. La prosperidad acabó sustituyendo al potencial y el sueño terminó resumido en un catálogo de símbolos: cowboy con sombrero y mandíbula cuadrada, el Cadillac y el hombre blanco que levantaba imperios industriales, conquistaba Hollywood o llegaba a la Casa Blanca. O a la Luna. Era un sueño construido casi exclusivamente por hombres y para hombres. La historia estadounidense está llena de esos nombres, desde John Wayne hasta John D. Rockefeller.
Con motivo del 250 aniversario de la independencia estadounidenses, la revista Time ha invitado a las figuras más destacadas de la actualidad a hablar de aquello que representa a la nación en este momento. En sus respuestas gastronómicas, culturales o sociales afloran y celebran con orgullo propuestas que honran a ese pasado masculinizado. Una buena parte captura de forma instintiva la identidad del sueño americano a partir de imágenes estereotípicamente masculinas, como mollejas de pollo frito, hamburguesas con queso americano, los partidos de béisbol y los vaqueros del western.
¿Arriba dónde?
Durante casi dos siglos el sueño americano respondió siempre a la misma pregunta: ¿cómo llegar arriba? Hoy la cuestión parece distinta: ¿arriba dónde? A pesar de los símbolos que hoy rescata la revista, las prioridades han cambiado y las generaciones nacidas en las últimas décadas no se reconocen en ese sueño lineal donde el progreso se mide en metros cuadrados, estabilidad laboral y patrimonio. Según una encuesta reciente del Pew Research Center, casi la mitad de los estadounidenses ni siquiera cree ya que el trabajo duro garantice prosperar.
Los jóvenes estadounidenses ahora hablan de salud mental, conciliación, flexibilidad laboral o tiempo libre con la misma importancia con la que sus abuelos hablaban de hipotecas o ascensos. El self-made man en el siglo XXI es una figura completamente distinta. Es el creador de marca, el que genera comunidades, el que genera con su creatividad más rentabilidad que una cadena de montaje.
También las mujeres han cambiado las reglas del juego sin necesidad de ocupar el lugar de los hombres. Oprah Winfrey explica bien esa transformación. Su historia sigue el patrón clásico del sueño americano. Una infancia marcada por la pobreza, el talento como ascensor social y la construcción de un enorme imperio empresarial, pero su poder no procede únicamente del dinero, sino de la capacidad para influir.
Ha conseguido que la violencia sexual, la autoestima, la espiritualidad o la salud mental sean asuntos de interés nacional. El éxito dejó de medirse solo por la fortuna y empezó a hacerlo también por el impacto cultural.

Algo parecido sucede con Sara Blakely. En cierto modo representa la heredera más fiel del viejo self-made man. Empezó vendiendo máquinas de fax y levantó una empresa multimillonaria con apenas 5.000 dólares de ahorro. Construyó una identidad empresarial ligada al humor, la cercanía y la experiencia femenina.
La soberanía de Taylor Swift
Por supuesto, Taylor Swift. Tal vez ninguna persona simbolice mejor el nuevo sueño americano. Su carrera musical es una de las mayores empresas culturales del planeta y además reivindicó el derecho a poseer el fruto del propio trabajo con la regrabación de sus discos. Representa la soberanía sobre la propia carrera.

Simone Biles representa una de las versiones más contemporáneas y feminizadas del sueño americano por su capacidad de superar la adversidad, defender la propia salud mental y redefinir el liderazgo. Nacida en un entorno vulnerable -pasó por el sistema de acogida antes de ser adoptada por sus abuelos-, convirtió un talento extraordinario en una carrera sin precedentes, pero el momento que mejor simboliza este nuevo ideal llegó cuando renunció a competir en varias pruebas de los Juegos Olímpicos de Tokio para proteger su bienestar psicológico.

Ya no se trata solo de resistir a cualquier precio, sino de saber poner límites, priorizar el equilibrio personal y utilizar la fama para hablar de cuestiones sociales. Su historia combina excelencia deportiva, resiliencia, autenticidad y compromiso público, valores que reflejan una concepción del sueño americano mucho más inclusiva, diversa y femenina que la que durante décadas representaron los grandes iconos masculinos del país. En esa misma genealogía aparecen figuras como Serena Williams, que ha transformado el prestigio deportivo en inversiones tecnológicas y liderazgo empresarial.
Ninguna de ellas responde al viejo molde del magnate industrial. El sueño americano actual aspira a elegir cómo trabajar, dónde vivir, qué ritmo llevar, qué sacrificar y qué no. James Truslow Adams aprobaría ese cambio. Al fin y al cabo, cuando acuñó la expresión en 1931 nunca habló de mansiones ni de coches, sino de la posibilidad de que cada persona desarrollara plenamente sus capacidades, sin importar el lugar del que procediera.
En ningún momento le puso el rostro de un hombre con sombrero de cowboy mirando hacia el horizonte. Puede tener la voz de Oprah, la estrategia empresarial de Sara Blakely, la determinación de Serena Williams y Simone Biles o la capacidad de Taylor Swift para contener en una canción todo un manifiesto sobre la propiedad, la independencia y el poder de escribir el propio destino.

