Crítica ★★★★★

‘Marty Supreme’: Timothée Chalamet, atrapado dentro del sueño americano

En su primer largometraje en solitario, Josh Safdie vuelve al territorio del antihéroe compulsivo con un retrato eléctrico del exceso, el deseo y la mitología del éxito, impulsado por un Timothée Chalamet en estado de gracia

Mano a mano con su hermano Benny, Josh Safdie codirigió películas apabullantes como Daddy Longlegs (2009), Good Time (2017) y Diamantes en bruto (2019), todas ellas protagonizadas por embaucadores aquejados de enfermizo exceso de confianza en sí mismos, y que se abren camino a codazos sin fijarse en el rastro de destrucción que dejan mientras tratan de cumplir sus ambiciones. Y el primer trabajo desde detrás de la cámara que Safdie completa en solitario desde The Pleasure of Being Robbed (2008), Marty Supreme, hace ahora una entrada triunfal en esa galería a través del retrato de un pícaro irredimible que negocia cada segundo de su vida como un vendedor o un estafador, alérgico a aceptar un no por respuesta y en todo momento sabedor de lo que debe decir exactamente para conseguir lo que quiere.

Marty se considera el mejor jugador de ping-pong de Estados Unidos y quizá del mundo, y esa opinión es una demostración de su talante vanidoso pero también algo rigurosamente cierto. El joven aspira a convertir su afición en una carrera lucrativa que aumente tanto la notoriedad del tenis de mesa como su propia fortuna, y parece pensar que, si cree en ello con la suficiente convicción, y si interpreta el papel de estrella del deporte habituada a hoteles de lujo y mujeres glamurosas, puede hacer realidad ese anhelo. Es un hombre absolutamente incapaz de conformarse con una victoria menor cuando una por todo lo alto parece al alcance de su mano, aunque al intentar alcanzarla corra el riesgo de perderlo todo. Y la película lo mantiene rebotando frenéticamente por la Nueva York de los años 50 como una pelota golpeada de un lado a otro por dos enormes raquetas invisibles, sometido a una malsana falta de aliento cuando atraviesa techos, se precipita por escaleras y trata de esquivar disparos.

Gwyneth Paltrow y Timothée Chalament en 'Marty Supreme'
Gwyneth Paltrow y Timothée Chalament en ‘Marty Supreme’

Safdie impone al relato un ritmo vertiginoso mediante los movimientos de cámara, la velocidad y el volumen de los diálogos, un montaje que no concede tregua al espectador y una sucesión de giros argumentales impredecibles. Asimismo, genera una tensión dramática incesante observándolo zafarse de algunos de sus errores mientras comete otros nuevos, concediéndole oportunidades improbables de salvación mientras interactúa con la docena de personajes secundarios impagables que se apiñan en los márgenes de escenas precisamente ambientadas con detalles de época. El resultado es como la versión cinematográfica de un infarto de dos horas y media durante el que el paciente ve la muerte y es reanimado repetidas veces.

A causa de su empeño irreflexivo en tomar sin permiso aquello que cree que se le debe, Marty representa una forma genuinamente americana de arrogancia, la misma que Estados Unidos empezó a imponer al mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial y sigue imponiendo hoy. Safdie se sirve de una banda sonora repleta de canciones de los años 80, anacrónicas pero tonalmente perfectas -como Forever Young, de Alphaville, y Everybody Wants to Rule the World, de Tears for Fears-, para borrar fronteras temporales y dejar claro que, pese a recrear con precisión la época en la que se sitúa la acción, la película retrata una actitud inmune al paso de las décadas.

“Marty Supreme”

En la piel del antihéroe titular, Timothée Chalamet se mueve con una determinación feroz, y contribuye a la intensidad de la película convirtiendo su conexión profunda física y psicológica con el personaje en una exhibición de emoción electrificada. Como Adam Sandler en Diamantes en bruto, aquí él logra algo casi imposible. Encarnado por casi cualquier otro actor, Marty resultaría un tipo mayormente despreciable, pero Chalamet logra seducirnos gracias a la mezcla de soberbia y fragilidad de la que lo dota, y a su capacidad para hacer que percibamos su caradurez en una forma extraña de nobleza. Es en buena medida gracias a él que Safdie logra convertir Marty Supreme en un retrato tan hipnótico y arrebatador de un niño que se hace mayor, y de un fracasado que quizá aprende a ganar al reconocer la diferencia entre el sueño americano y un mero delirio.

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