A pocos metros del Capitolio, donde se gestó la independencia de Estados Unidos hace 250 años, los preparativos de la gran celebración nacional avanzan entre medidas de seguridad ante una conmemoración histórica. En el National Mall, los camiones descargan estructuras metálicas mientras los organizadores ultiman un acto que el presidente Donald Trump ha definido como “el más espectacular de la historia del país”.
Este 4 de julio, Estados Unidos celebra su 250º aniversario dividido en dos relatos que apenas se reconocen entre sí. En Washington, la Casa Blanca ha convertido la efeméride en una prolongación del segundo mandato de Trump. En paralelo, la comisión bipartidista creada por el Congreso para organizar el aniversario celebra su evento en Los Ángeles alejada del protagonismo presidencial. El resultado demuestra la división del país. Hay dos programas, dos marcas y dos interpretaciones del mismo origen nacional.
La iniciativa impulsada por la Casa Blanca, bajo el nombre de Freedom 250, ha monopolizado los grandes actos en la capital de Estados Unidos Durante más de dos semanas, Trump celebra el quincentennial con una programación que incluye una feria patriótica, exhibiciones militares, conciertos y un gran evento central en el National Mall con fuegos artificiales y un discurso presidencial. Trump ha presentado la conmemoración como una reafirmación de su proyecto político y ha invitado a sus seguidores a asistir a lo que, en sus propias palabras en redes sociales, será “el mayor mitin jamás celebrado en Estados Unidos”.

Al otro lado del país, en Los Ángeles, se celebra America 250, la comisión creada en 2016 con apoyo bipartidista en el Congreso. Este evento mantiene un programa alternativo centrado en actividades educativas y culturales, concursos escolares, y un mega concierto diseñado para subrayar la diversidad del país y no su confrontación política. La coexistencia de ambas comisiones refleja hasta qué punto la polarización ha alcanzado incluso las celebraciones fundacionales del Estado. Lo que debía ser un aniversario de consenso se ha convertido en otro escenario de disputa política.
En algunos estados gobernados por demócratas se han anunciado boicots parciales a los actos organizados por la Casa Blanca. En otros, colectivos progresistas han impulsado celebraciones paralelas. Y en Washington, varios artistas cancelaron su participación en la programación oficial tras conocer el carácter marcadamente partidista de los eventos de Freedom 250.
La división actual contrasta con la forma en que Estados Unidos ha gestionado otros aniversarios históricos.
En 1876, el centenario de la independencia llegó a un país aún marcado por la Guerra Civil. La gran Exposición Universal de Filadelfia sirvió como escaparate de una nación que intentaba recomponerse mientras atravesaba una profunda crisis económica. El teléfono de Alexander Graham Bell o las innovaciones de Thomas Edison simbolizaron un futuro común en medio de un pasado aún por resolver.
Un siglo después, en 1976, el bicentenario se convirtió en un intento deliberado de reconciliación tras Vietnam, Watergate y una década de transformaciones sociales. Durante meses, el American Freedom Train recorrió el país transportando documentos históricos y objetos fundacionales. En las calles, conciertos y desfiles intentaban recuperar una idea compartida de nación. Bajo ese mismo espíritu se concibió el 250 aniversario hace más de una década, sin embargo el contexto político con la llegada de Trump ha trastocado todos los planes.
Desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha reinterpretado la celebración como una extensión de su presidencia. En su discurso inaugural del programa en Washington mezcló referencias a la independencia con mensajes sobre inmigración, seguridad fronteriza y políticas culturales. La retórica del acto se asemeja más a la de un mitin electoral que a la de una ceremonia institucional.
Sus críticos acusan al presidente de haber borrado el carácter bipartidista del aniversario. La senadora demócrata Jeanne Shaheen, miembro de la comisión America 250, ha recordado que el bicentenario de 1976 logró mantener un tono de unidad pese a las tensiones de la época. “Entonces el país consiguió celebrarse a sí mismo. Hoy parece imposible”, señaló.
La disputa también es presupuestaria. Mientras América 250 denuncia recortes respecto a los fondos aprobados por el Congreso, Freedom 250 ha movilizado recursos federales y privados para sostener su programación en Washington. Ambas estructuras compiten, además, por patrocinadores y visibilidad pública, en una carrera paralela por definir cuál es el relato oficial del aniversario.
El trasfondo de esa disputa apunta a una transformación profunda del imaginario nacional. Símbolos como la bandera, la Declaración de Independencia o el propio 4 de julio han dejado de ser elementos de consenso para convertirse en objetos de interpretación política. Para el entorno de Trump, el aniversario representa la reafirmación de una identidad nacional que consideran erosionada por la inmigración y el multiculturalismo. Para la oposición, la apropiación partidista de la celebración supone una ruptura del principio de neutralidad en un país creado por inmigrantes.
En medio de esa tensión, el significado de la Declaración de Independencia vuelve a ocupar el centro del debate. El texto de 1776, que proclamaba que “todos los hombres son creados iguales”, nació en un contexto de profundas contradicciones que incluían la esclavitud y la exclusión de gran parte de la población. Dos siglos y medio después, sigue siendo un documento fundacional y, al mismo tiempo, un campo de batalla sobre quién pertenece a la nación que ayudó a crear.
En el National Mall, los preparativos de Trump se intensifican. Su escenario ya está en pie. “Voy a dar el mejor mitin de la historia” ha dicho con su exagerada grandilocuencia. Estados Unidos ya no se reconoce, lo que en teoría debía ser una celebración común se ha convertido en una yuxtaposicióndeeventos donde se comparten fecha y bandera. El país que se dispone a celebrar 250 años de independencia se encuentra tan dividido como cuando fue creado con dos versiones que se observaran de costa a costa, del este al oeste. En Filadelfia,
donde todo comenzó en 1776, se protege con cuidado la Declaración de Independencia aunque el país que la firmó célebre dividido el cumpleaños.

