Reino Unido está a punto de estrenar su séptimo primer ministro en una década, y esta vez el relevo se cocina íntegramente dentro del Partido Laborista. Tras la dimisión de Keir Starmer, precipitada por la pérdida del respaldo de sus propios diputados, la formación arranca el proceso para elegir a su nuevo líder. Y de momento solo hay un nombre sobre la mesa: Andy Burnham, el exalcalde del Gran Manchester que hace apenas unas semanas regresó al Parlamento tras ganar las elecciones de Markefield, una pequeña circunscripción inglesa de apenas 70.000 habitantes.
El calendario es exprés. Desde este jueves y hasta el 15 de julio, los diputados laboristas disponen de una semana para reunir los avales necesarios. Las reglas del partido exigen que cualquier aspirante logre el apoyo del 20% de los diputados, es decir, 81 de los 403 con que cuenta la formación. El 13 de julio está previsto un debate parlamentario en el que los candidatos responderán a las preguntas de sus compañeros. Si Burnham sigue siendo el único, se dará la escena -igual de peculiar que inédita- de que se celebre un debate con un solo aspirante.

Lo más probable
El escenario más probable, con diferencia, es precisamente ese: que nadie le dispute el liderazgo. Wes Streeting, exministro de Sanidad, era el rival con más opciones de plantarle cara, pero descartó la pelea poco después de que el propio Starmer respaldara a Burnham. Si el exalcalde reúne 323 avales, resultará matemáticamente imposible que un adversario alcance el umbral de los 81 necesarios para competir. En ese caso, Burnham podría ser proclamado líder laborista el 17 de julio.
Ahora bien, ser líder del partido no es lo mismo que ser primer ministro, y aquí entra en juego el protocolo británico. Starmer tendría que presentar formalmente su dimisión ante el rey Carlos III en el Palacio de Buckingham, y sería entonces el monarca quien invitara a Burnham a formar Gobierno. Como la proclamación caería en viernes, el traspaso efectivo no se produciría hasta el siguiente día hábil, el lunes 20 de julio. Apenas un mes después de haber vuelto al Parlamento, Burnham entraría en Downing Street.

¿Y si finalmente hay un segundo candidato?
La cosa cambiaría por completo si apareciera un segundo candidato. En ese supuesto, la contienda se trasladaría al verano y se abriría una votación entre los militantes y los simpatizantes afiliados, que se celebraría entre el 6 y el 27 de agosto. El resultado no se conocería hasta el 29 de ese mes, y Starmer seguiría al frente del Gobierno hasta que el Parlamento retomara su actividad el 1 de septiembre. Un escenario, por cierto, ya descartado incluso dentro del partido laborista.
La gran pregunta entonces es si habrá elecciones generales. Y la respuesta más probable es que, al menos de momento, no está previsto que los británicos acudan a las urnas. Burnham ya ha enfriado esa posibilidad al asegurar que gobernará “de acuerdo con el manifiesto de 2024”, el programa con el que los laboristas arrasaron hace dos años. Y la legislación británica le ampara: los comicios no tienen por qué celebrarse hasta 2029, y el sistema permite cambiar de inquilino en Downing Street sin pasar por las urnas. El electorado vota a sus diputados y a un partido, y son esos diputados quienes eligen al líder.

No es ninguna rareza. En la última década, cuatro primeros ministros (Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak) llegaron al cargo a mitad de mandato sin haber ganado unas elecciones. En todos los casos, la oposición cuestionó su legitimidad, y con Burnham ocurrirá lo mismo. El propio Burnham tendrá que decidir, más adelante, si le conviene buscar su propio mandato en las urnas o agotar la legislatura.

