La guerra entre Irán y Estados Unidos ha entrado en una fase de bloqueo prolongado que algunos analistas ya describen como una nueva “guerra fría” en Oriente Medio. Tras meses de escalada, el frente se ha congelado sin una resolución clara. Teherán mantiene el control del estrecho de Ormuz, punto clave para el comercio global de petróleo, mientras Washington responde con un bloqueo marítimo que estrangula los puertos iraníes.
El impacto económico es devastador. El precio del petróleo sigue al alza, los mercados energéticos viven en tensión constante y la economía iraní se ahoga bajo sanciones y restricciones comerciales cada vez más severas. A nivel diplomático, tampoco hay avances. Las negociaciones indirectas que se barajaban en Pakistán han quedado en suspenso y el despliegue masivo de tropas estadounidenses en la región hace temer un estallido en cualquier momento. El régimen iraní, debilitado pero resiliente, parece resistir.
En este escenario de incertidumbre, quienes más sufren son los ciudadanos iraníes, dentro y fuera del país. La represión interna se combina con una creciente sensación de abandono en la diáspora. Activistas, periodistas y opositores exiliados denuncian no solo la represión del régimen, sino también la indiferencia de las potencias occidentales. Mediss Tavakkoli, psicoterapeuta y activista iraní exiliada en Madrid, transmite a Artículo14 esta sensación de abandono
¿Cómo están viviendo los activistas iraníes en la diáspora este momento?
Estamos en modo supervivencia. No es solo la angustia por no tener noticias de nuestras familias en Irán, es que todo se ha vuelto extremadamente complejo. Desde los primeros días del conflicto, el régimen empezó a amenazarnos directamente, incluso fuera del país. Pero lo más grave es que hemos descubierto algo que nos ha destrozado: mucha gente que creíamos parte de la oposición no lo era.
¿A qué se refiere exactamente?
A infiltraciones. Personas conocidas, activistas, feministas, periodistas en el exilio… de repente sus mensajes eran indistinguibles de la propaganda del régimen. Si leías un tuit sin ver el nombre, no sabías si lo había escrito un opositor o un agente del régimen. Eso ha sido devastador. Hemos llegado a un punto en el que no puedes confiar en nadie que se presente como oposición oficial.
¿Han detectado casos concretos?
Muchos. Gente que llevaba más de 15 años fuera de Irán y que parecía completamente ajena al régimen, pero que ahora vemos colaborando con instituciones oficiales. O estudiantes en Europa que se presentaban como refugiados, pedían ayuda económica… y luego descubríamos que sus familias están en altos cargos del régimen. Incluso personas que mentían sobre su identidad académica o profesional para ganar credibilidad.
¿Cómo afecta eso al movimiento opositor?
Lo destruye desde dentro. Hemos compartido información, contactos, redes… confiando en estas personas. Y ahora vemos que algunas de ellas han participado en actos con símbolos del régimen o han defendido narrativas que benefician directamente a Teherán. Es muy difícil reconstruir algo así. Hay miedo, paranoia, agotamiento.
También habla de persecución fuera de Irán. ¿Es real?
Totalmente. España, por ejemplo, se ha convertido en un lugar donde operan con bastante comodidad. No nos sentimos seguros. Sabemos que hay vigilancia, presión, intentos de intimidación. Y eso genera un estrés constante. No es solo activismo, es supervivencia emocional.
En paralelo, la guerra parece estancada. ¿Cómo se percibe esto desde la diáspora?
Con mucha frustración. Nosotros sabíamos que el régimen es complejo, que está lleno de mafias internas, pero también sabíamos que hay un pilar central. Y ahora que ese pilar está debilitado, pensábamos que Estados Unidos e Israel aprovecharían para terminar con el régimen. Pero no lo están haciendo.
¿Por qué cree que no lo hacen?
Porque prefieren un régimen débil a un escenario incierto. Creen que pueden contenerlo, que pueden negociar con él, que pueden mantenerlo controlado mientras protege ciertos intereses, como el equilibrio energético o el control del armamento. Pero eso es un error enorme.
¿Sienten abandono por parte de Occidente?
Absolutamente. Esto ha demostrado que los derechos humanos en Irán no importan. Para nada. Algunos ya lo sabíamos, pero ahora es evidente para todos. A partir de ahora, cuando cualquier país hable de derechos humanos, tenemos una respuesta muy clara: no nos creemos nada. Todo es interés.
¿Y dentro de Irán, qué percepción cree que hay?
Es difícil saberlo porque no tienen acceso libre a internet. Pero paradójicamente, eso les protege de ver algunas cosas que nosotros sí vemos, como la traición de ciertos supuestos opositores. Aun así, hay una conciencia muy clara de lo que quieren: el fin del régimen. Eso no ha cambiado.
¿Qué futuro ve para el movimiento opositor?
Uno mucho más radical y mucho más desconfiado. Ya no hay espacio para estructuras tradicionales ni para organizaciones que dicen representar a la oposición. Todo será cuestionado. No vamos a apoyar nada sin analizarlo críticamente. Se acabó la ingenuidad.
¿Y para Irán?
El régimen sigue ahí, pero más débil de lo que parece. El problema es que el mundo ha decidido convivir con esa debilidad en lugar de resolverla. Y eso puede ser aún más peligroso a largo plazo. Nosotros no tenemos poder para cambiar eso. Pero sí tenemos claro algo: no vamos a callarnos.
