Con toda la atención diplomática y mediática en el posible acuerdo de paz que se estaría gestando entre Estados Unidos e Irán, la crítica situación humanitaria en la Franja de Gaza ha quedado fuera del foco. Pero ante la opción de que la guerra termine en Irán, crece el temor de que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu intensifique -de nuevo- la ofensiva contra Hamás en el enclave costero palestino. Ante el fracaso de la “Junta de la Paz” impulsada por Donald Trump, el grupo islamista palestino sigue siendo la fuerza dominante en la mitad del territorio que no controla el ejército israelí.
El último informe de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA) dibuja una Gaza atrapada en una emergencia permanente, donde la supervivencia cotidiana se ha convertido en la principal preocupación de cientos de miles de personas, que en su mayoría rechazan el poder de Hamás. Desde el estallido de la guerra el pasado 7 de octubre de 2023, tras la masacre perpetrada por el grupo islamista en el sur de Israel, los gazatíes viven exhaustos, desplazada una y otra vez. La misión diaria es intentar reconstruir una mínima rutina entre tiendas improvisadas, escuelas abarrotadas y edificios destruidos.

Lejos de estabilizarse, la situación sigue deteriorándose. Los ataques aéreos israelíes continúan, también en zonas densamente pobladas, y las nuevas órdenes de evacuación obligan a muchas familias a volver a huir sin saber adónde ir. Esta semana, Ahmed (nombre ficticio) tuvo que cortar una entrevista con Artículo14 tras recibir una orden de desalojo en Deir el-Balah, en el centro de la franja.
A la destrucción causada por la guerra se suma ahora el colapso de los servicios más básicos. La ayuda humanitaria entra a diario, pero Hamás la sigue controlando -y enriqueciéndose- a costa de los civiles necesitados. Conseguir agua limpia se ha convertido en un desafío diario para gran parte de la población. La falta de combustible, piezas de recambio y acceso seguro a infraestructuras esenciales está paralizando sistemas de abastecimiento, saneamiento y recogida de residuos. La basura se acumula entre las tiendas y refugios improvisados, aumentando el riesgo de enfermedades y favoreciendo la proliferación de ratas e insectos.

Ante ese escenario, organizaciones humanitarias han puesto en marcha campañas de control de plagas en más de 1.700 ubicaciones, aunque Naciones Unidas reconoce que la respuesta sigue siendo insuficiente frente a la magnitud de las necesidades y las limitaciones operativas sobre el terreno. Kerem Shalom y Zikim siguen siendo los únicos puntos operativos de acceso de camiones de ayuda, y durante la primera mitad de mayo solo pudo descargarse aproximadamente la mitad de los camiones procedentes de Egipto.
Más allá de las cifras, el informe retrata una sociedad tensionada al límite. Familias desplazadas varias veces en pocos meses, niños creciendo entre ruinas y campamentos improvisados, y una población civil que vive pendiente de encontrar agua, comida o un lugar relativamente seguro donde pasar la noche. La ayuda humanitaria, advierte OCHA, apenas logra contener el deterioro inmediato, sin capacidad real para revertir una crisis que ya afecta a todos los aspectos de la vida en Gaza.

En un post de Facebook, Ahmed Fouad Khatib, gazatí residente en Estados Unidos, se preguntó: “¿Regresa la guerra a Gaza? El primer ministro Netanyahu anunció que ordenará al ejército israelí que extienda su control al 70% de la franja, reconociendo que el ejército ya controla aproximadamente el 60% del territorio. Esta declaración se produce tras una ola de asesinatos de altos mandos militares de Hamás en las últimas dos semanas y coincide con el aparente acercamiento de Israel y Estados Unidos a un acuerdo con Irán”
Para este gazatí, voz muy crítica con Hamás y a favor de la reconciliación con los israelíes, “el momento elegido por Netanyahu sugiere un intento de adelantarse a las críticas intensificando la presión sobre Hamás en Gaza, especialmente si el acuerdo con Teherán incluye un cese de hostilidades en el Líbano o en otros lugares. Sin embargo, dada la negativa de Hamás a desarmarse, ceder el control, desmantelar su infraestructura terrorista o retirarse, una nueva escalada en Gaza era inevitable”.

De producirse la nueva ofensiva, este activista insiste en que “el control israelí del 70% de Gaza subraya la urgencia de iniciar un movimiento serio y gradual de civiles a través de la “Línea Amarilla” y fuera del control de Hamás. Esta reubicación puede ser metódica: controlando a las personas, impidiendo el cruce de armas, asegurando que los militantes no puedan esconderse entre la población civil y creando zonas libres de Hamás donde pueda surgir una nueva Gaza”. Durante la guerra, los propios altos cargos de Hamás presumieron de utilizar a los civiles como arma de guerra, y reconocieron que su sufrimiento y muerte beneficiaba a su agenda.
Walid, gazatí residente en Canadá, comentó a Artículo 14 que lo urgente es escuchar las voces de los residentes de Gaza, para comprender sus necesidades e intentar paliar su paupérrima situación. “Creo firmemente que el mensaje aquí es mostrar la resiliencia del pueblo de Gaza, al visibilizar las acciones y logros que han llevado a cabo para mantenerse firmes sobre el terreno. Y cuando digo firmes, no me refiero simplemente a sobrevivir en tiendas de campaña”, insiste.
Para Walid, también debe hablarse de las “historias de éxito. Hay personas que están sobreviviendo en Gaza a pesar de lo que está sucediendo”. Menciona a su amigo Ahmed (nombre ficticio), quien gestiona una de las cocinas de la oenegé World Central Kitchen en el campo de refugiados de Nuseirat, donde alimentan a diario a miles de gazatíes. Ante los tambores de guerra, muchos gazatíes, atrapados en un territorio cercado, destruido y sin futuro, buscan mecanismo para huir por el cruce de Rafah, algo que está al alcance de unos pocos privilegiados, que necesitan miles de dólares y contactos diplomáticos para huir.

