Tribuna

Irán y Estados Unidos viajan al pasado para construir el futuro

Si la meta termina asemejándose tanto al punto inicial, el coste humano y material de estos meses de guerra adquiere una dimensión difícil (sino imposible) de justificar

Dos iraníes pasan delante de unos grafitis del asesinado líder supremo de Irán Alí Jameneí y de su hijo y sucesor Mojtaba Jameneí en Teherán. Los iraníes recibieron con alivio el anuncio del acuerdo entre Irán y Estados Unidos para poner fin a la guerra y sobre todo esperan que el fin de las hostilidades ayude a mejorar la paupérrima situación económica del país y por ende sus vidas. EFE/Jaime León
Dos iraníes pasan delante de unos grafitis del asesinado líder supremo de Irán Alí Jameneí y de su hijo y sucesor Mojtaba Jameneí en Teherán
Efe

Han pasado más de tres meses desde que estalló el conflicto entre Estados Unidos e Irán. La contienda comenzó, concretamente, el 28 de febrero cuando Washington y Tel Aviv decidieron orquestar un ataque conjunto contra Teherán. Desde entonces, las incursiones militares se sucedieron hasta que las partes lograron pactar un delicado alto el fuego. Sin embargo, las operaciones bélicas –aunque puntuales– continuaron produciéndose. No obstante, en la madrugada del lunes, el primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, anunció el cese permanente de las hostilidades en todos los frentes, incluido el de Líbano. El entendimiento alcanzado será oficializado en una ceremonia que tendrá lugar este viernes en Ginebra.

A la espera de que se celebre este encuentro, uno de los primeros en pronunciarse sobre el reciente avance diplomático ha sido Donald J. Trump, quien -a través de las redes sociales- confirmó este domingo -debido al uso horario en el que se encuentra el mandatario- el fin de los combates. El citado dirigente eufórico -quizá, en parte, porque coincidía con su ochenta cumpleaños- informó de que efectivamente se había alcanzado un acuerdo que le llevaba a autorizar la apertura del estrecho de Ormuz, así como el levantamiento inmediato del cerco naval mantenido durante largas semanas en aguas y puertos iraníes. Sus declaraciones culminaban así: “Barcos del mundo, pongan sus motores en marcha. ¡Que el petróleo fluya!”.

WASHINGTON (United States), 11/06/2026.- US President Donald Trump responds to a question from the news media after signing a fisheries proclamation in the Oval Office of the White House in Washington, DC, USA, 11 June 2026. Trump signed a proclamation opening parts of the Pacific to commercial fishing access for US-flagged vessels. EFE/EPA/JIM LO SCALZO / POOL
Donald Trump responde a una pregunta de los medios de comunicación.
EFE/EPA/JIM LO SCALZO / POOL

Más allá del júbilo mostrado por el dirigente estadounidense, es preciso señalar que este arreglo conlleva la extensión de la tregua durante sesenta días adicionales, periodo que debería culminar en un acuerdo final de paz. El contenido exacto de este memorando se desconoce. No obstante, el régimen iraní ya ha indicado que consta de varias fases, la primera de las cuales gira en torno a la eliminación de las sanciones que su país padece y la reanudación del tráfico marítimo por el angosto pasillo de Ormuz. Teherán, además, ha aprovechado la ocasión para subrayar que existe una condición irrenunciable asociada a este complejo y tenso proceso: la retirada de Israel del territorio libanés.

El estrecho de Ormuz

Por su parte, Estados Unidos también ha filtrado información en este sentido. Ha sido, precisamente,  Trump quien -congratulándose- señalaba que el pacto convertía el citado corredor en una vía permanentemente libre de todo peaje; una afirmación que resulta llamativa dado que esa era la situación existente antes de que estallara la confrontación bélica. No hay, pues, motivo para que este extremo sea remarcado con énfasis alguno.

Resultado del ataque israelí contra edificios residenciales en la ciudad de Tiro, sur de Líbano
EFE/ Edgar Gutiérrez

Asimismo, el mandatario estadounidense ha puesto de relieve que este acuerdo, a punto de ser rubricado oficialmente, evitará que Irán desarrolle armamento nuclear. Ello podría valorarse de manera positiva. Sin embargo, este objetivo figuraba ya en el Plan de Acción Integral Conjunto de 2015, impulsado por la Administración Obama tras años de intensas negociaciones. La paradoja radica en que aquel instrumento fue calificado por Trump como “el peor acuerdo jamás firmado” y, posteriormente, dejado de lado por Estados Unidos en 2018. No obstante, las conversaciones actuales avanzan -he aquí la contradicción- hacia un marco de características muy similares. Al hilo de este análisis, cobra interés recordar que cuando la Casa Blanca impulsó la retirada de su país de aquel tratado, Barack Obama -su principal artífice- subrayó que esta decisión podría acarrear una nueva guerra en Oriente Medio. El paso del tiempo ha demostrado hasta qué punto su pronóstico resultó ser acertado.

¿Un acuerdo con Irán como el de 2015?

Consecuentemente, hoy se especula -y no sin fundamento- con la posibilidad de que el nuevo memorando recupere buena parte de los compromisos contemplados en el acuerdo de 2015. Si esta hipótesis termina confirmándose, resultará harto complejo presentar la ceremonia de este viernes como una victoria diplomática, puesto que muchos de sus elementos que ahora se anuncian a bombo y platillo no sólo fueron pactados años atrás, sino que además quedaron sin efecto tras la retirada unilateral promovida por Washington un tiempo después.

Irán
Una iraní pasa junto a una valla que hace referencia al estrecho de Ormuz y en la que se lee en persa «Para siempre en manos de Irán», en una plaza de Teherán
Efe

Sea como fuere, el cese de las hostilidades siempre es una noticia positiva porque implica, como primera y feliz consecuencia, la terminación de los ataques militares; es decir: el fin de la violencia, las muertes y los heridos que inevitablemente una guerra siempre trae consigo. Más allá de este aspecto fundamental, la tensión acumulada en la región irá progresivamente rebajándose. A una escala más amplia, cabe esperar la normalización del tráfico marítimo internacional después de que la zona quede libre de minas y pueda garantizarse una navegación segura por el estrecho de Ormuz.

El uranio enriquecido

En cualquier caso, resulta descorazonador comprobar cómo la guerra que se ha desarrollado en estos meses coloca a sus “jugadores”, prácticamente, en la “casilla de salida”. Es más, la estrategia bélica inicial desplegada el 28 de febrero no ha conllevado un saldo positivo para sus instigadores: Estados Unidos e Israel (con la salvedad de los avances territoriales obtenidos por este último en el sur del Líbano). Así puede concluirse si se tiene en cuenta que, entre otras cosas, Irán podrá -según parece- desarrollar uranio enriquecido con fines civiles; mantener su posición en el estrecho de Ormuz y recuperar parte de los activos que tenía congelados.

Resuenan así con fuerza las palabras de William Faulkner: “El pasado nunca muere; ni siquiera es pasado”. Quizá esta sea la mejor manera de interpretar todo cuanto está sucediendo. Pero más allá de este círculo pernicioso que nos muestra cómo el pasado regresa disfrazado de futuro, hay una pregunta que se impone: ¿de qué ha servido este enfrentamiento militar? La respuesta resulta difícil de eludir: si la meta termina asemejándose tanto al punto inicial, el coste humano y material de estos meses de guerra adquiere una dimensión difícil (sino imposible) de justificar. Lo que está claro es que este conflicto será juzgado por la historia con gran severidad dada la futilidad de los resultados obtenidos. Ello debería obligar a quienes lo iniciaron a formularse una pregunta tan sencilla como incómoda: si los beneficios derivados de este conflicto han sido tan exiguos, ¿mereció realmente la pena recorrer el tortuoso camino de la guerra?