25 Aniversario

La historia del agente del FBI que pudo evitar los atentados del 11-S: “Me persigue todos los días de mi vida”

Mark Rossini conoció en enero del año 2000 una pista sobre dos futuros secuestradores, pero la información no llegó entonces al FBI

TORRES GEMELAS
Imagen de archivo que muestra las Torres Gemelas en llamas después del atentado del 11-S en Nueva York.
EFE

Hay decisiones que duran apenas unos segundos y persiguen durante toda una vida. Para Mark Rossini, ese momento llegó en enero de 2000, cuando trabajaba como agente del FBI destinado dentro de la unidad de la CIA encargada de perseguir a Osama bin Laden. Ante él apareció una información que consideró lo suficientemente importante como para trasladarla inmediatamente a sus compañeros: un miembro conocido de Al Qaeda tenía un visado válido para entrar en Estados Unidos.

La información nunca llegó entonces al FBI. Rossini recibió la orden de no comunicarla y obedeció. Veinte meses después, Khalid al-Mihdhar y Nawaf al-Hazmi, los dos hombres que los servicios estadounidenses habían seguido durante una reunión de radicales islamistas en Kuala Lumpur, participaron en el secuestro del vuelo 77 de American Airlines que terminó estrellándose contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001.

El agente del FBI infiltrado en la unidad de Bin Laden

Mark Rossini llevaba años trabajando contra el terrorismo internacional cuando llegó a Alec Station, la unidad especial de la CIA dedicada exclusivamente a Bin Laden y Al Qaeda. Se había incorporado al FBI en 1991 y, tras los atentados contra las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania de 1998, pasó a trabajar directamente sobre la organización yihadista.

En 1999 fue destinado a la sede de la CIA en Langley como representante de la unidad antiterrorista del FBI de Nueva York. Allí trabajaba junto a otro agente federal, Doug Miller, en un momento en el que la rivalidad institucional y las restricciones para compartir inteligencia entre organismos dificultaban enormemente el flujo de información.

Como recogen en 2o Minutos, el periodista Álvaro Soto reconstruye ahora aquel episodio en Agente Rossini. La historia del hombre que pudo haber evitado el 11-S, fruto de cuatro años de investigación y decenas de horas de conversaciones con el antiguo agente.

La información que nunca llegó al FBI

Mark Rossini

El punto de ruptura llegó el 5 de enero de 2000. La CIA estaba siguiendo una reunión de miembros de Al Qaeda en Kuala Lumpur cuando descubrió que Khalid al-Mihdhar disponía de un visado estadounidense. Para Mark Rossini y Doug Miller, aquella información tenía una implicación inmediata: el FBI debía saber que un individuo vinculado a Al Qaeda podía entrar legalmente en Estados Unidos.

Miller preparó un informe para transmitir el hallazgo. Pero el documento quedó bloqueado dentro de la CIA. Rossini protestó ante una responsable de la agencia y recibió una negativa tajante. Él mismo ha explicado después que saltarse aquella orden habría supuesto vulnerar las normas sobre información clasificada, perder su autorización de seguridad e incluso afrontar consecuencias penales.

Diez días después, Al-Mihdhar y Al-Hazmi aterrizaron en Los Ángeles. El FBI no había sido advertido. Poco después se instalaron en San Diego, donde permanecieron durante meses sin que los investigadores federales conocieran su presencia.

La gran oportunidad perdida antes del 11-S

Hasta qué punto aquella información habría cambiado la historia es imposible de demostrar. La Comisión del 11-S identificó posteriormente la falta de comunicación sobre Al-Mihdhar y Al-Hazmi como una de las oportunidades perdidas por las agencias estadounidenses, aunque evitó asegurar que una actuación distinta hubiera impedido necesariamente los ataques.

Rossini es mucho más categórico. Álvaro Soto recoge también el testimonio de antiguos responsables de la lucha antiterrorista que consideran que, de haber conocido la presencia de ambos hombres, el FBI habría iniciado una vigilancia intensiva sobre sus movimientos, contactos, domicilios y operaciones financieras.

Mark Chidichimo, entonces analista jefe de inteligencia de la unidad dedicada a Al Qaeda, lo expresó años después de forma directa: “Habríamos podido evitar el 11-S si nos hubiéramos pasado mejor la información”. Richard Clarke, coordinador antiterrorista de la Casa Blanca, también ha defendido que seguir a aquellos hombres podría haber permitido localizar a otros miembros de la célula.

John O’Neill, la pérdida que convirtió el error en algo personal

Mark Rossini
Una flor puesta en el Monumento y Museo Nacional del 11 de Septiembre en Nueva York.
Efe

Para Mark Rossini, el 11-S tuvo además una dimensión íntima. Entre las casi 3.000 personas asesinadas estaba John O’Neill, uno de los principales expertos estadounidenses en Al Qaeda y mentor del propio Rossini dentro del FBI.

O’Neill había abandonado la agencia pocas semanas antes para asumir la dirección de seguridad del World Trade Center. Murió en las Torres Gemelas durante los ataques. Su muerte convirtió para Rossini aquel informe bloqueado de enero de 2000 en algo imposible de separar de su propia vida.

“Este dolor nunca se me escapa. Me persigue todos los días de mi vida”, cuenta Rossini en el libro de Soto, como recogen en 2o Minutos. La pregunta sigue siendo la misma un cuarto de siglo después: qué habría ocurrido si hubiera desobedecido.

El gran fracaso del intercambio de inteligencia

Las investigaciones oficiales posteriores al 11-S encontraron problemas mucho más amplios que una única decisión. El Inspector General del Departamento de Justicia describió deficiencias sistémicas en la manera en la que el FBI analizaba, investigaba y compartía información, mientras la Comisión del 11-S reconstruyó una cadena de oportunidades perdidas alrededor de Al-Mihdhar y Al-Hazmi.

Por eso la historia de Mark Rossini no demuestra que un solo agente tuviera en sus manos la capacidad segura de salvar a casi 3.000 personas. Sí muestra algo quizá más inquietante: Estados Unidos llegó a disponer de información crucial sobre dos futuros secuestradores mucho antes de los atentados y esa información no alcanzó a quienes podían investigarlos dentro del país.

Rossini sigue regresando mentalmente a aquel enero de 2000. Su conclusión, después de 25 años, es dolorosamente sencilla: sabía que el FBI debía conocer aquella información, pero no comprendió entonces que merecía la pena arriesgar su carrera para transmitirla. El resto pertenece a una de las preguntas sin respuesta más perturbadoras de la historia reciente.

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